Había pasado más de un año desde que la había visto. Habíamos tenido nuestra cuota de buenas conversaciones cuando nuestros hijos asistían juntos a una escuela privada cristiana, pero su ceño fruncido marchando entre la multitud en mi dirección me hizo buscar alguna vía de escape.

Ella llegó con las manos extendidas para tomarme de los hombros mientras me miraba de pies a cabeza, sacudiendo ese ceño en mi dirección.

"Te he echado de menos," dijo. "¡Qué horrible que te tuviste que ir!"

Respiré. "No es horrible. Lejos de eso."

Ella agarró mi mano.

"No, en serio," le dije. "La escuela pública es el lugar donde Dios nos quería. Fue difícil irnos, pero la escuela ha sido una bendición.”

Ella me guiñó un ojo. "Que bueno que puedes decir eso."

"No solamente estoy diciendo eso. Lo digo en serio."

"Estoy segura que así es."

Y así era. Habíamos dejado la escuela privada porque no podíamos pagar la matrícula. Años de enfrentar—primero empleo por debajo de nuestra preparación y luego desempleo—agravado por la creciente deuda médica, te puede llevar a eso. Pero yo había percibido a Dios llamándonos a nuestra escuela pública local durante mucho tiempo.

Pero miss Cara Ceño Fruncido, obviamente, no podía creer eso. Tampoco lo pudo creer la gente que nos compadecía durante nuestra temporada "terrible" de estar en la ruina. No se puede creer algo así dentro de un tranquilo sistema de creencias que ha crecido bastante insidiosamente entre los fieles.

Es un sistema de creencias que estaba implícito cada vez que un cristiano me decía que tuviera fe, que dejara a nuestros niños matriculados en la escuela cristiana porque Dios iba a proveer. Es un sistema de creencias que muchos cristianos no “nombran” ni “afirman” abiertamente pero que si abrazan sutilmente. Es la creencia de que Dios confirma nuestra fidelidad añadiendo ceros a los talones de pago, al mantenernos sanos, al darnos cónyuges y bebés. Que mientras que Dios puede permitir—de vez en cuando—un paso hacia atrás o un tropiezo, en realidad Dios está en el negocio de siempre ir para arriba y adelante, para lo más grande y lo mejor.

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Es un sistema de creencias que no va a considerar a un Dios que no tiene en cuenta nuestra comodidad, que no se puede imaginar un Padre celestial que dio a Salomón sabiduría y riqueza, pero a nosotros nos da paciencia y un roce con la pobreza. Es un sistema de creencias que deja poco espacio para un Dios que pudiera quitarnos algo con el fin de enriquecernos en maneras que no tienen nada que ver con la salud o la riqueza.

La mayor parte de nosotros eludiríamos explícitamente el evangelio de la prosperidad. Aún así, creo que se ha inmiscuido, a través del tiempo y el lugar, de sus raíces pentecostales para llegar a las caras sonrientes de los pastores de las mega-iglesias, y aún hasta la alas más conservadoras de la fe evangélica. Dicho evangelio cruza las fronteras raciales y socio económicas y se enrosca cálidamente alrededor de nuestro corazón, sujetándonos en una garra de la que no nos queremos desprender.

Festejo o hambre

Por supuesto que yo no quería desprenderme de este evangelio de la prosperidad—ni cuando Jehová Jireh estaba proporcionando montones y montones por encima de nuestras posibilidades. Ni tampoco durante los días cuando yo creía que la corriente sólida de ingresos era Dios bendiciéndonos, recompensándonos por nuestra fe y nuestras ofrendas. Ciertamente tampoco quería hacerlo el día en que mi esposo entró en la cocina y puso un sobre en el mostrador.

"Abre esto," dijo. Dentro había un cheque del primer trimestre de su negocio, por mucho más de lo que habíamos ganado todo el año anterior. Lo abracé, no me esperaba nada menos. Mi esposo es brillante y trabajador, y nosotros habíamos dedicado la empresa a un Dios que bendice ese tipo de ingenio. Y así lo hizo.

Durante un tiempo. Pero después de sobrevivir una desgarradora desesperación financiera, cuando una pésima economía hizo caer a plomo el negocio que una vez era próspero, seguido de los nacimientos sin seguro médico y otros gastos médicos—Se me hace difícil creer que nuestros años de prosperidad, o de tener más dinero del que sabíamos que hacer con él, de vacaciones de lujo, de no tener que pensar en los costos de comestibles o de calefacción, de enviar a los niños a escuelas con etiquetas de precios elevados, eran realmente bendiciones en lo más mínimo.

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Eso es, si mi nueva manera de entender lo que significa la bendición es correcta.

Mirando hacia atrás a esos años de "festejo," tengo que entrecerrar los ojos para poder ver a Dios en mi vida. Él estaba allí, por supuesto, pero yo apenas lo notaba mientras bailaba alrededor de la cocina con el cheque en la mano.

Contrasto eso con las años de "hambre"—en los cuales no sabíamos cómo íbamos a completar para los pagos, cuando nos preocupaba que podríamos perder nuestra casa. O lo que fue el día más desesperado, cuando mi esposo me dijo que estábamos acabados, quebrados, sin dinero, sin crédito, el día que puse en duda la verdad de las palabras de Jesús. ¿Qué sobre proveer el pan de cada día? ¿Qué acerca del “pedid y recibiréis”? ¿Qué pasa con el buen Padre que da un pescado y, no serpientes? Cuando pienso en ese día—en esos días—cuando caí como una pesada piedra a lo que fue el punto más bajo de mi fe, cuando había aterrizado en ese pozo de la desesperación, allí están con toda lucidez: la memoria de tiempos que brillan con la presencia y la bondad de Dios.

La mejor cosa

Antes de esa época, yo no entendía cómo Jesús pudo decir que los pobres—en espíritu o de algún otro tipo de pobreza—eran bienaventurados. Tampoco entendía por qué podía ser tan difícil para los ricos entrar en el reino. No lo pude entender mientras crecí y viví en un barrio residencial y asistí a una iglesia donde los pobres eran compadecidos y los ricos eran temerosos de Dios. Cuando oí hablar de ser "bendecido," por lo general se trataba de tener una buena salud o haber recibido alguna promoción. Me parece bien, supongo. Es una perspectiva del Antiguo Testamento de un Dios que bendijo materialmente a las personas (véase Abraham, Salomón, Job), como me lo recordó un amigo.

"Tuvimos la bendición de que nos pasaran de los asientos de clase económica a primera clase en el avión," uno podía decir en mis círculos sin temor a reproches. "Hawái es un vuelo tan largo."

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Aunque si es cierto que las bendiciones financieras inesperadas o que llegan justo a tiempo pueden hablar de cómo Dios provee el pan de cada día; sin embargo, la prosperidad ininterrumpida de las casas de verano, las promociones en el trabajo, y el perfecto estado de salud, el nunca tener que pedirle a Dios nada o depender de él, no suelen llevarnos más cerca de él. Las estaciones fáciles y cómodas de la vida no nos empujan a nuestras rodillas, buscando un respiro en su poder y misericordia. No levantan nuestras manos en alabanza por su provisión y sus maravillas. No lo hacen como lo pueden hacer el estar en necesidad, el estar en la ruina—en sus diversas definiciones.

Mirando hacia atrás a esos años de "festejo," tengo que entrecerrar los ojos para poder ver a Dios en mi vida. Él estaba allí, por supuesto, pero yo apenas lo notaba mientras bailaba alrededor de la cocina con el cheque en la mano.

La desesperación intenta aplastarnos. Pero para aquellos que siguen a Jesús, aún los momentos que más drenan nuestro espíritu pueden ser bendecidos si nos recargamos en las manos de la esperanza. Esta es la materia de los Salmos (véase 142 y 143 para empezar) y las palabras de confianza y seguridad de Pablo. Después de su tiempo en la cárcel, escribió, "perdimos la esperanza de la vida misma . . . Pero eso sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos sino en Dios "(2 Co. 1: 8-9). La transliteración de la versión del Mensaje continúa: "Fue lo mejor que nos pudo haber pasado."

En efecto. La desesperación bien hecha (la que se despliega, se clama, y se entrega delante de Dios) nos lleva a la presencia de Dios como ninguna otra cosa. Tener que depender de Dios, aprender a mantener los ojos bien abiertos buscándolo a él, y experimentar su presencia, su sustento—encontrar a Dios bueno en medio de lo malo—es una bendición.

Pero para experimentar esto, tenemos que confesar el estrangulamiento que el evangelio de la prosperidad tiene sobre nosotros. Tenemos que reemplazarlo con otro evangelio, el evangelio del “desesperado” en lugar del “próspero,” si se quiere expresar así. Es el mismo evangelio que David descubrió en los pozos fangosos, el que Pablo desenterró en la cárcel, el que yo descubrí esas noches que pensé que me iba a derrumbar bajo el peso de las facturas pendientes de pago y los cobradores llamando. Es el que otros han encontrado mientras enterraban a sus seres queridos antes de tiempo, mientras sufrían los sueños o las oportunidades que se han ido, o sufrían a través de cualquier noche oscura del alma—sobrevivir una noche y por la mañana encontrarse con tiernas misericordias y la presencia misteriosa—y el sustento—de un Dios bueno.

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Nada que temer

Aunque mi familia y yo no hayamos salido totalmente del bosque financiero, estoy agradecida porque lo peor parece haber pasado, porque ahora podemos trabajar para pagar las deudas y poder pagar las cuentas a tiempo. Pero a medida que nos alejamos de esos momentos más oscuros y profundos de nuestra desesperación, tengo miedo de perder el contacto con Dios.

Hasta ahora, sin embargo, Dios me ha mostrado que no tengo nada que temer. A pesar de que hemos "prosperado" un poco económicamente, Dios no ha eliminado esta espina de la desesperación o de la necesidad de clamar para ser rescatada ("Querido Dios, ¡el IRS!"). En las últimas semanas, mis amigos me sacaron, a fuerza de oración, de un “ataque de locura” sobre las finanzas cuando lo único que podía hacer era agitar mis puños a los cielos. Dios no apagó los incendios financieros, pero él caminó con nosotros a través de ellos. Y al igual que Isaías sabía, no fui quemada viva. El que me llama por mi nombre me salvó.

La bendición que he encontrado es la que el evangelio de arriba y adelante, despreocupado y cómodo, nunca ofrecerá. Es una paz que la prosperidad no puede proclamar. Y esto es muy buenas nuevas para los desesperados y quebrados .

Caryn Rivadeneira, escribe con regularidad para Her.meneutics, es la autora de Broke: What Financial Desperation Revealed about God’s Abundance [En bancarrota: Lo que la desesperación financiera me reveló sobre la abundancia de Dios], (InterVarsity Press). Visítela en carynrivadeneira.com.

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