Una caricatura de un perro sentado en un cuarto, calmadamente afirmando “Esto está bien” mientras que estaba siendo devorado por las llamas, ha circulado ampliamente en los medios de comunicación sociales y se ha convertido en el símbolo de facto del 2016.

Hemos escuchado a muchos líderes decir durante años que el mundo “va cuesta abajo y sin frenos.” En estos días, los líderes más jóvenes se encogen de hombros con cada noticia desmoralizante que dice que “nada importa” y que afirma que la situación política es un “incendio en cestos de basura.”

Este lenguaje fue cooptado por el senador emergente de Nebraska Ben Sasse en un comunicado de prensa: “El Senador Sasse no estará asistiendo a la convención y en vez de asistir estará llevando a sus niños a ver algunos ‘incendios en cestos de basura’ a través del estado, que gozan de mayor popularidad que los candidatos favoritos actuales.”

Mientras tanto, la cuenta de Twitter de Hillary Clinton alcanzó un momento crítico retórico cuando le dijo al candidato Donald Trump, “Borra tu cuenta,” repitiendo como un loro una respuesta común que se utiliza para poner fin a una conversación en vez de iluminar cualquier tipo de verdad. Muchos líderes evangélicos utilizan parpadeantes metáforas apocalípticas para referirse al estado del planeta Tierra.

Cada una de estas afirmaciones conscientemente hiperbólicas pueden ser explicadas, aun defendidas. En muchos aspectos, el 2016 ha sido horrendo. Una elección desalentadora caracterizada por un debate aturdidor, una continua repetición de violencia, y una falta total de unidad nacional o empatía se nos ha pegado a todos nosotros los que nos gusta estar informados.

Este tipo de conmiseración es hasta cierto punto, saludable y valiosa. En cantidades moderadas, un arrebato retórico hiperbólico puede ayudar a los que están alienados a sentir que se conocen entre ellos y se entienden.

Pero en medio de una elección con Twitter como su fibra, la preocupación existencial se ha convertido en la postura nacional. Aun líderes cristianos se han llevado las manos a la cabeza en público en aparente exasperación y han tomado una actitud que está peligrosamente cerca de la desesperación.

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Estas micro-afirmaciones, ya sea que las escribamos, re tweetiémos, o que nos gusten, con el tiempo se convierten en posturas. En el curso de un año, se vuelven hábitos de nuestro corazón y nuestra mente colectivas.

Hasta el punto que la iglesia pueda tomar una postura audaz en contra de estos simples males que se hacen presentes en este año en particular, hemos hecho algo bueno. Pero nuestra actitud hacia el mal debería ser distinta. “No os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza” (1 Tes. 4:13). Pablo dirige a sus lectores hacia un enfoque claramente prometedor: la resurrección, tanto de Cristo como de la iglesia. “Por lo tanto, anímense unos a otros con estas palabras.”

A diferencia, muchos de nosotros este año hemos rasgado nuestra respuesta de las páginas de Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.” Pero Eclesiastés existe para prepararnos para algo mejor. Pone claramente el fundamento para la esperanza, no una postura no comprobada de nihilismo. Lo que aprendemos de Pablo es que la resurrección de Cristo nos da una respuesta definitiva sobre el mal y el sufrimiento.

Por supuesto no podemos esperar ingenuamente. Los cristianos son llamados a admitir la verdad de nuestra presente situación. Una de las más sorprendentes realizaciones del 2016 ha sido que los males personales y sistémicos presentes que vemos tienen raíces profundas y persistentes. Isaías declaró en el año en que el rey Uzías falleció, “Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos.” Para nosotros, tal parece, eso no es ni la mitad de la historia.

La política alejada de Dios y la discordia racial que hemos visto este año no salieron de la nada. Ambas han existido por siglos, alternadamente a la vista de todos, y luego olvidadas, enterradas bajo la superficie. La verdadera actitud no es actuar como si el 2016 hubiera salido de la nada como un autobús a alta velocidad, sino trabajar para comprender por qué era inevitable, tal vez hasta merecido.

Los noticieros y los medios de comunicación sociales tienden a tratar los nuevos acontecimientos como si fueran lo único, cada “gran cosa terrible” se presenta como leña para echarle al fuego que arde intensamente alrededor de la caricatura de nuestro perro mascota. Sin embargo, no podemos aceptar el decuidado marco de referencia sensacional que se le da a cada evento individual. Son mucho más que simple coincidencia.

Los presentes dolores no nada más nos sucedieron. Nosotros somos parte de dichos dolores, y ahora ellos son parte nuestra. Sólo después de dar un paso atrás, admitiendo nuestras maldades personales y colectivas, y dependiendo completamente en Dios para salvación, somos libres, luego, para actuar.

Al actuar con cuidado, preocupación, y esperanza, podemos dar pequeños pasos para traer orden a este caos. Ninguno de nosotros puede enmendar los errores espectaculares que han salido a la luz este año, pero sí podemos dar pasos individuales hacia el orden en nuestros propios caminos. Podemos traer orden a nuestras comunidades a través de hablar con la verdad, y no a través de llevarnos las manos a la cabeza en desesperada frustración ni en comunicar el fin del mundo antes de que la trompeta suene.

Richard Clark es director editorial en línea de CT.

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