La avalancha de historias de la policía maltratando a afroamericanos—desde pararlos por "conducir en estado de negro" hasta disparar a adolescentes desarmados—ha tomado a muchos norteamericanos blancos por sorpresa. Con la legislación aprobada durante el movimiento de derechos civiles en efecto, y un presidente afroamericano, muchas personas creían que el racismo se había extinguido. Y tiene a muchos preguntándose, después de todo el progreso, si eso es posible ahora.

La respuesta corta, por supuesto, es no: el racismo no ha sido extinguido, y no lo será en nuestros tiempos. Pero escondido en esta respuesta hay algo de esperanza realista.

Muchos líderes bien intencionados, en su intento por “erradicar toda forma de racismo,” abogan por leyes y programas que eliminen o al menos debiliten el racismo en Estados Unidos. Pero las leyes solo pueden ayudar hasta cierto punto. Finalmente, nos vemos obstaculizados por una tensión racial continua, como señaló recientemente Matthew Loftus, un médico a las afueras de Baltimore, para la publicación First Things:

Comentaristas conservadores—y liberales predispuestos a hacer el bien—miran por igual Sandtown, el barrio en el que vivo, y se encogen de hombros . . . los agentes de policía justifican la brutalidad hacia los ciudadanos porque las condiciones aquí son crueles, lo cual sólo hace el nihilismo más fuerte cuando las personas que nunca han sido respetados por la ley a su vez no tienen ninguna razón para respetar la ley.

Cuando la desesperación está en el aire, tanto los poderosos como los débiles están de acuerdo: la paz y la justicia pueden ser asegurados solamente por medio de la violencia.

Una definición simple de diccionario del racismo es "discriminación . . . en contra de alguien de una raza diferente, basado en la creencia de que nuestra propia raza es superior." El racismo, como todos los pecados, es el resultado de algo bueno que se volvió algo malo—en este caso, afecto por sus seres queridos. Tal afecto posibilita el orgullo familiar, étnico, y racial, así como el amor y el sacrificio a favor de la familia y la comunidad. Pero así como la atracción sexual saludable a menudo se convierte en lujuria, y la autoestima saludable en el orgullo, así la lealtad saludable propia demasiado a menudo se convierte en racismo.

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El punto es este: dada la condición humana, nunca vamos a liberarnos del racismo en esta era, de la misma manera que no vamos a liberarnos de la lujuria o del orgullo. Y sin embargo, lo que parece ser causa para la desesperación en realidad previene la desesperación.

Nada más porque no podemos erradicar el racismo no significa que tenemos que sucumbir a sus expresiones desagradables. Toma la lujuria, aunque no podamos eliminarla, todavía creamos normas sociales y leyes para mantenerla bajo control. Esperamos que los hombres se abstengan de hacer comentarios lascivos a las mujeres, y procesamos a aquellos empleadores que explotan sexualmente a sus empleados.

La iglesia tiene dos regalos que ofrecer en este respecto. El primero es teológico: la doctrina del pecado original. Muchos estudios recientes de los prejuicios raciales inconscientes afirman la verdad del pecado original—como el estudio publicado en la publicación American Journal of Sociology que mostró que los delincuentes blancos recién liberados experimentan un mayor éxito en la búsqueda de trabajo que los jóvenes negros sin antecedentes penales. Un artículo de CNN publicado después de los disturbios en Ferguson señaló, “algunos blancos limitan racismo al ... Ku Klux Klan y a los comentarios racistas en público.” Pero los estudiosos dicen que en lugar de usar una capucha, “[el racismo] hace que personas desprevenidas vean al mundo a través de un lente racista.” Eduardo Bonilla-Silva un sociólogo de la Universidad de Duke llama a esto “racismo sin racistas” (también el título de su libro reciente). Es la razón por la que Doreen E. Loury, director del programa de estudios en la Universidad Panafricana Arcadia, dice que el racismo "impregna todas las facetas de nuestros poros de la sociedad.”

Sí, y aquí está la paradoja: Sólo cuando reconocemos la inutilidad de erradicar el pecado podemos evitar la desesperación. Ennoblecidos por la confesión honesta—empoderada por un perdón seguro—podemos abandonar las esperanzas utópicas y en su lugar centrarnos en metas más modestas y alcanzables: asegurarnos que las peores expresiones de racismo son confrontadas y crear el tipo de iglesia en la que los negros y los blancos disfrutan cierto nivel de reconciliación.

Esto lleva al segundo regalo de la iglesia: su poder para congregar. Las iglesias locales pueden reunir negros y blancos a escucharse uno al otro. Como la psicóloga social Christena Cleveland (quien es también la más nueva columnista de CT—espera su debut en la edición impresa de septiembre) lo pone, “grupos [es decir blancos y negros] que están acostumbrados a estar en desacuerdo uno con el otro deben reconocer las quejas que existen y luego hacer lo que se necesita para hacer la paz.”

El proceso no es diferente a la reconciliación en el matrimonio. Como cada persona casada sabe, la reconciliación es un proceso permanente que requiere paciencia y tolerancia. No se trata de la erradicación de todas las tensiones, sino de la creación de acuerdos donde la gente se puede tratar con gracia asegurando al mismo tiempo una medida de paz y justicia. Mientras tanto, esperamos la conciliación que sólo podemos soñar ahora, cuando "una gran multitud . . . de todas naciones, y tribus y pueblos y lenguas" (Apocalipsis 7:9) juntos adorarán a su Dios.

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