Clic … clic … clic. Podía escuchar a mis padres en el otro cuarto usando un contador manual mientras recitaban las mantras. En un día en nuestro hogar, el conteo podía llegar hasta los 1,000 clics, o el equivalente de 2 horas de meditación. Recitaban sus cantos repetitivos con el fin de aclarar sus mentes y purificarse, buscando la iluminación perfecta de acuerdo al camino de Buda.

Cada mañana, despertaba al aroma de incienso. En un cuarto diseñado para la meditación se ofrecían pastel de naranja y piña frente a las estatuas de Buda. Nuestro hogar era como un templo. En cada pared colgaba un retrato de Buda, sumando más de 30 dioses en nuestra casa. Una estatua del "Gran Maestro," reverenciado como el Buda viviente, se encontraba en el centro de nuestro hogar. Mis padres frecuentemente hablaban sobre la disciplina, la sabiduría, y el entrenar la mente según las Cuatro Nobles Verdades.

Quizás usted se imagina que nuestro hogar se encuentra anidado en alguna calle en Tailandia o en China, sin embargo, la historia de mi vida empieza en Lawrence, Kansas, hogar del famoso equipo universitario de basketball de los Jayhawks. Mi padre era profesor de ciencia y mi madre trabajaba en casa cuidándonos a mis dos hermanas y a mí. La influencia de lo que llaman el Premio Guggenheim—un padre ganador y una "madre tigre" mantuvo la presión para sacar los mejores grados. Los tres no negociables en mi búsqueda por la aprobación de mis padres lo componían: los logros, la ambición, y el avance académico.

Mi linaje familiar taiwanés incluye generaciones de budistas, por lo tanto, la religión estaba destinada a formar una parte integral de la formación de mi identidad propia. Sin embargo, fuera de mi hogar nuestros vecinos seguían una fe completamente diferente a la mía. Mientras practicaba el violín los domingos por la mañana, mi atención vagaba a los sonidos de carros que se estacionaban afuera. Las familias, vestidas en sus mejores vestuarios, salían y caminaban a una de las muchas iglesias cerca de mi casa. Los miraba y luego regresaba a mi ensayo de violín. De alguna manera viví 18 años de mi vida sin escuchar nunca las Buenas Nuevas de Jesús.

Irradiando amor

A mediados de los años noventa llegué a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign (UIUC) con los ojos bien abiertos, deseoso de empaparme de todo lo que la vida universitaria tuviera que ofrecer. Había escogido UIUC por su programa de ingeniería y por su cercanía a mi casa, además de su diversidad y de sus organizaciones estudiantiles muy activas. En Lawrence, regularmente me recordaban que yo era parte de una minoría étnica. En la universidad, por primera vez en mi vida, me encontré no con una persona, ni dos, sino con toda una multitud de gente que se parecía a mí, que se había criado en una manera similar a la mía y sabía lo que era ser bicultural en una cultura mayoritaria anglosajona.

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Mi dormitorio estaba lleno de cristianos apasionados con Dios: los estudiantes de la Comunidad Cristiana InterVarsity (IVCF) compartían un lazo estrecho entre ellos y parecían irradiar amor. Ellos fueron los primeros cristianos asiáticos que conocí. Se preocupaban por cosas que eran importantes para mí—como vivir con propósito y tener compasión por una causa más allá de uno mismo. Al vivir con ellos me di cuenta que el budismo de mi infancia no estaba en mi corazón.

Durante mi segundo año universitario me entró la curiosidad sobre el cristianismo y le pedí a un amigo si podía acompañarlo a las reuniones estudiantiles de IVCF. Allí escuché por primera vez las promesas de Dios en cantos de adoración y pude ver a hombres y mujeres adorando a Dios. Pronto me uní a un grupo que se llamaba "Grupos que Investigan a Dios" y empecé a estudiar mi primera Biblia, comenzando con el Evangelio de Juan. Me maravilló la autoridad con la que Jesús hablaba; parecía como si las palabras saltaran de la página, hablándome a mí directamente.

Antes de poder depositar mi fe en Jesús, necesitaba saber que había una base racional de las verdades fundamentales del cristianismo. A principios de ese verano asistí a un retiro espiritual patrocinado por IVCF donde participé en una serie de estudios de apologética. Escuché explicaciones bien fundamentadas sobre la inspiración de las Escrituras, el problema del mal, y la singularidad del evangelio. Después de que se hizo la defensa satisfactoria de las doctrinas, el líder de mi grupo me sugirió que enfocara mi investigación en la persona de Jesús, para que de esa manera no dejara que mis investigaciones filosóficas sin fin me distrajeran del personaje principal de las Escrituras. La demostración de justicia y compasión de Cristo en la cruz tenía un sentido perfecto, y mis reservas se disiparon. Y contrario a la manera en que los medios pintan al cristianismo (como un fe estrecha, loca, y dada a poner en juicio a todo mundo), descubrí que el cristianismo era la cosmovisión más estimulante con la que yo me había encontrado.

En octubre de 1997, durante mi penúltimo año, decidí tomarme un descanso de mis estudios. Empecé a leer el folleto escrito por John Stott "Llegar a ser cristiano," que había traído de una reunión de IVCF. Mientras lo leía me vino una convicción de mi pecado y de mi necesidad de ser perdonado. Manejé a una área forestal esa noche, me arrodillé sobre el césped bajo las estrellas, y le entregué mi vida a Cristo. Había sido criado en medio de un mar de dioses, sin embargo nunca tuve ninguna relación con ninguno de ellos. Ese día, tuve la experiencia de conocer al Dios viviente, Emanuel: "Dios con nosotros." Una paz me inundó mientras contemplaba los cielos. Esa noche me convertí en el primer creyente en Cristo en nuestro linaje familiar.

Honrar a mis padres

El folleto de Stott había sellado mi conversión al presentar el evangelio en una manera profunda y sencilla. Pero más de una docena de creyentes me habían guiado hasta ese punto. Había escuchado el evangelio tanto a través del mensaje como de los mensajeros, quienes encarnaban la Palabra de Dios en sus vidas. Algunos de estos creyentes tenían un estilo intelectual y podían contestar mis preguntas más difíciles. Otros compartieron conmigo la marca que Jesús había hecho en sus vidas. Unos cuantos de ellos me invitaban con regularidad a participar en eventos cristianos. Dios envió a su único Hijo como mensaje y mensajero. De la misma manera, la comunidad de IVCF sirvió de mensaje y mensajero, unida en un mismo testimonio fiel.

Por meses oré sobre cómo decirle a mis padres lo que había ocurrido. Cuando fui a casa durante las vacaciones de invierno, me senté en la sala para leer Following Jesus Without Dishonoring Your Parents [Siguiendo a Jesús sin deshonrar a tus padres]. Mi padre estaba sorprendido por lo que había escogido para leer, pero también complacido del buen título del libro (escrito por un equipo de ministros Asiático Americanos que incluyen a Peter Cha y a Greg Jao). Cuando me preguntó la razón por qué estaba leyendo ese libro, le dije que me había convertido en un creyente en Cristo.

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Esa misma noche, mi padre, siempre muy estudioso, se llevó mi Biblia a su oficina y pasó horas leyéndola para aprender de mi nueva fe. Como mis padres son de una cultura colectivista, siguieron insistiendo que la religión de nuestra familia era el budismo. Mi madre reconocía a Jesús como un hombre humilde y de buen carácter, pero decía que él era sólo uno de muchos dioses. Tanto mi padre como mi madre guardaban la esperanza de que volvería a mi buen juicio y regresaría a la fe budista.

Conforme el pasar de los años, la presencia de Dios en mi corazón fue profundizándose y empecé a discernir un llamado al ministerio. Mis padres me dijeron que si seguía adelante con este plan, me cortarían de la familia. Al sentir la falta de unidad en mi hogar, decidí permanecer en casa y cuidar de mi padre quien para entonces estaba luchando con una enfermedad del corazón. Mi presencia y mi devoción forjaron un respeto mutuo y ayudaron a preservar nuestra relación. Dentro del tiempo del Señor, mi familia se fue ablandando en cuanto a mi esperanza de ser pastor. Mis padres siguen compartiendo conmigo sus experiencias budistas y yo sigo compartiendo con ellos mi fe. Mi madre ora a Jesús regularmente pidiéndole que me bendiga y me proteja.

El día de hoy sirvo como miembro del equipo ministerial de una iglesia que se reúne en lugares múltiples en los suburbios de Chicago. Ayudo a equipar miembros para ser embajadores de justicia y misericordia dentro de un radio de diez millas alrededor de la iglesia. Tuve la oportunidad de haber experimentado el amor de Dios y ahora tengo el privilegio de pastorear a personas para que vivan el evangelio. Hubo varias curvas y vueltas en el camino para lograr llegar hasta aquí. Pero cada estación de mi vida es en respuesta al amor de Dios, no un luchar por alcanzar y obtener. Aquel que empezó una buena obra en mí la terminará. A través del poder de la resurrección de Cristo, mi búsqueda de afirmación producto de mi cultura fundamentada en la vergüenza ha sido transformada y redimida por gracia. Soy obra de Dios, aprobado y sin nada de que avergonzarme (2 Ti. 2:15).

Alexander Chu es el pastor de alcance de la Iglesia Christ Church en Lake Forest y Highland Park, Illinois. Es un candidato al doctorado de Trinity Evangelical Divinity School.

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