Escena 1: El escenario es la iglesia bautista a la que yo acostumbraba asistir. Entré inmediatamente antes de que empezara el servicio, listo para notar todas las patentes deficiencias que causaron que abandonara la tradición Bautista un par de años atrás. Ahora soy anglicano, y como muchos en mi recién descubierta tribu, mi gran vicio es creer que yo he acaparado los ricos tesoros de la historia Cristiana. Espero hacer una mueca de pena cuando abra el boletín y vea que no habrá Cena del Señor hoy. Espero gemir al escuchar el lenguaje sencillo y al ver la ausencia de oraciones formales.

Más tarde, al estar sentado con mis muy queridos amigos quienes todavía son miembros de esa iglesia, experimento algo enteramente diferente. Para mi sorpresa, estoy muy consciente de mi solidaridad con estos creyentes levanta manos. Conozco todas sus faltas con ese tipo de intimidad que se alcanza solamente a través de una larga familiaridad, pero, en medio de todo, recuerdo que compartimos un mismo bautismo. Y nada—ni siquiera un cambio durante mi media edad en afiliación de iglesia—puede cancelar ese lazo bautismal que es más fuerte que la más gruesa cadena de ancla.

Escena 2: El escenario es una iglesia anglicana, donde ahora adoro. Sentado a mi lado está mi amigo católico Ron. Nos arrodillamos al mismo tiempo y oramos al unísono. Recitamos el mismo credo en voz alta—“Creo en Dios, el Padre Todopoderoso . . . y en Cristo Jesús, su único Hijo, nuestro Señor”—y recitamos la misma oración de confesión.

Cuando llega el momento de tomar la Cena del Señor, camino hacia el sacerdote y acomodo mis manos para recibir el pan. Ron se para en el altar al lado mío. Cruza sus brazos sobre su pecho para indicar que no va a recibir el pan y el vino, en obediencia a las enseñanzas de la iglesia que impide que los católicos tomen la Cena del Señor con otras tradiciones hasta el día en que se logre una unidad teológica.

Mi sacerdote ora una bendición a favor de Ron mientras acerco la copa a mis labios. Juntos caminamos de regreso a nuestra banca y nos arrodillamos a orar. Ron está a mi lado, codo a codo, inclinado a mi lado. Creo que lo escucho repetir las palabras que yo estoy susurrando: “Padre, te pido por aquellos que creen, para que todos seamos uno.”

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Escena 3: Un poco tiempo más tarde, Ron me invita a misa. Le digo que sí, alegremente. Conozco casi toda la liturgia: sigue los mismos patrones Cristianos que el servicio anglicano. Ron abre el libro rojo que contiene las oraciones y los himnos, y me señala los lugares correctos. Cantamos juntos con fuerza, haciendo buen uso de la fortaleza aprendida durante nuestra niñez cantando himnos en la iglesia bautista. Y otra vez nos arrodillamos al mismo tiempo y oramos las mismas palabras.

De la misma manera que lo hizo Ron en mi iglesia, me acerco al sacerdote con mis brazos cruzados. El sacerdote hace una oración a mi favor pero no me ofrece ni el pan ni el vino, puesto que no soy miembro de la iglesia católica y no me he confesado con el sacerdote. Camino de regreso a mi banca sabiendo que Ron y yo hemos sido bautizados en el nombre del mismo Dios Trino. Y también sé que me siento triste, impresionado nuevamente por la inmensidad del golfo que nos impide comer alrededor de la misma mesa.

Mientras esperamos a que Dios sane el fracturado cuerpo de Cristo, algunos de mis amigos y yo estamos buscando maneras concretas para expresar nuestra confianza que Dios un día hará exactamente eso.

¿Qué es lo que estas escenas tienen en común? Entre otras cosas, esto: Mientras esperamos a que Dios sane el fracturado cuerpo de Cristo, algunos de mis amigos y yo estamos buscando maneras concretas para expresar nuestra confianza que Dios un día hará exactamente eso. El apóstol Pablo visualiza el momento en que la iglesia “con un solo corazón y a una sola voz glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ro. 15:6 NVI). En pequeñas maneras, que a veces parecen ineficaces, mis amigos y yo buscamos experimentar una probadita de ese momento. Estamos tratando de seguir el consejo del erudito bautista Steven Harmon:

Si estás bien fundamentado en la tradición de una denominación y sigues activamente involucrado en la adoración, la tarea, y el testimonio de una iglesia específica que pertenece a dicha tradición, no existe substituto para aprender sobre otra denominación que intencional y regularmente participar en su adoración y apropiar sus prácticas de devoción personal.

Nosotros, como creyentes individuales, no podemos solucionar los problemas de cómo todos los creyentes bautizados pueden un día compartir la misma Cena del Señor. No podemos asumir que adorar juntos de vez en cuando sane las diferencias y divisiones reales entre las denominaciones. Lo que sí podemos hacer es decir con nuestros cuerpos que, a pesar de las divisiones, nosotros pertenecemos juntos, arrodillados uno al lado del otro, tomando de los dones que el Espíritu nos ha distribuido.

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Wesley Hill enseña Nuevo Testamento en Trinity School for Ministry en Ambridge, Pennsylvania, y está escribiendo un libro sobre la amistad.

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