¿Van los bebés al cielo? No puedo pensar en otra pregunta teológica que se me hace más a menudo.

Aunque la tasa de mortalidad infantil en el Occidente ha disminuido por los últimos siglos, el eterno destino de bebés permanece como punto de preocupación para muchos cristianos. La pregunta es fácil de hacer, pero difícil de contestar. Y tiene grandes implicaciones sobre lo que pensamos de Dios, no digamos de los niños.

La urgencia emocional de la pregunta exige una respuesta. Pocos pastores o amigos quieren decir, “No sé.” Como resultado, muchos de nosotros somos tentados a comprobar con versículos—usando citas aisladas fuera de contexto de las Sagradas Escrituras para demostrar una posición. Así que salimos con respuestas como:

Sí. Jesús deja a los niños venir a Él (Lucas 18:15–16).

No. Todos los humanos son pecadores en Adán hasta que hayan creído en Cristo (Rom. 5:12–21).

Sí. David sabía que vería a su hijo en el más allá (2 S 12:15–23).

No. No a menos que sean bautizados: “Nadie puede entrar al reino de Dios a menos que no haya nacido de agua y del Espíritu” (Juan 3:5).

Sí. Si sus padres son creyentes: El niño es santificado por uno de los padres cristiano (1 Cor. 7:14).

Y así sucesivamente. Aunque ninguno de estos pasajes, aun cuando se leen en contexto, en realidad nos dice si los bebés van al cielo, nuestro deseo de una respuesta sólida nos conduce a encontrar una.

Un número de teólogos han tratado de contestar la pregunta en forma más extensa. La Confesión de Fe de Westminster afirma que algunos bebés son elegidos, pero no dice cómo distinguir entre un bebé elegido y el que no lo es. El catecismo católico dice que los bebés pueden ser salvos sin el bautismo, pero se detiene de afirmar que todos lo serán—aunque Juan Pablo II, en su Evangelium Vitae, insinúa que los bebés no nacidos lo serán.

Algunos evangélicos destacados, como Albert Mohler y John Piper, creen que todos los bebés serán salvos. Los bebés, afirman ellos, no pueden entender mentalmente la naturaleza de Dios y por lo tanto no están “sin excusa” como el resto de la humanidad (Rom. 1:20). Mientras tanto, los teólogos ortodoxos mueven la cabeza con desdén, creyendo que si no fuera por la influencia de Agustín en el Cristianismo Occidental, no estaríamos haciendo tal pregunta. (La Iglesia Oriental en su totalidad ha rechazado el punto de vista de Agustín que el pecado de Adán es imputado a todos los humanos, incluyendo a los bebés.)

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Por años yo me preguntaba por qué la Biblia guardaba silencio en este asunto. Teológicamente, encontré que el argumento “sí”— especialmente cuando se toma en consideración la capacidad mental de los niños, y por lo tanto su responsabilidad de rendir cuentas ante Dios—persuasivo. Yo todavía lo hago. Personalmente, yo nunca me pregunté si mis niños irían al infierno si fallecieran de repente. Todavía no lo hago. Pastoralmente, yo estaba feliz de asegurarle a la gente de mi congregación que sus bebés fallecidos estaban con Jesús. Todavía estoy feliz de hacerlo.

Sin embargo, me seguía molestando que las Sagradas Escrituras no fueran claras en este asunto. Yo tengo dos niños que tienen necesidades especiales que tal vez no puedan entender por completo el evangelio. Si se nos dio la Biblia para hacernos sabios en relación a la salvación (2 Tim. 3:15), yo me preguntaba, ¿por qué es la Biblia tan inconclusa en esto?

Luego, hace algunos años, yo estaba en un panel de una conferencia con dos amigos, recibiendo preguntas de adolescentes. Alguien me hizo esa pregunta, y uno de mis amigos sugirió un experimento de reflexión. “Imagínate,” dijo, “que un pasaje de la Escritura diera una respuesta clara. Digamos que este texto indudablemente afirma que todos los bebés que fallecieron antes de la edad, digamos, de 5 años serían salvos. Si así fuere, alguna secta enfermiza hubiera aparecido que matara a los niños antes de que cumplieran los 5 años, para mandarlos al cielo. Las sectas han sido fundadas en mucho menos.”

Repentinamente, vi que hay algunos temas donde la Escritura no es clara—para nuestro bien. Algunas preguntas son mejor contestadas más como conjeturas que en vez de certezas. La claridad puede traer seguridad, pero también puede producir suposición. Algunas promesas nos pueden llevar al gozo, pero en malas manos, nos pueden llevar al genocidio.

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Así que he venido a creer que es suficiente saber y, cuando a uno se le pregunta sobre tales cosas, decir: Podemos confiar en el carácter de Dios—aquel que nos ama tanto que vino y se dio a sí mismo por nosotros. Podemos tener la confianza que sus juicios son siempre justos, su naturaleza es siempre buena, su misericordia es siempre grande, y su deseo de que la gente sea salva es mayor aún que la nuestra.

Andrew Wilson es anciano en Kings Church de Eastbourne, Inglaterra, y autor más recientemente de The Life You Never Expected. Sígalo en Twitter @AJWTheology.

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