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Como un accidente de tren, así fue mi conversión
Image: Photo by Jimmy Smith

La palabra Jesús se quedó clavada en mi garganta; a pesar de mis intentos, no podía sacarla. Aquéllos que profesaban el Nombre demandaban mi ira y piedad. Siendo una profesora de la universidad, me cansé de los estudiantes que creían que "saber de Jesús" significaba saber de poco más. Los cristianos, en particular, eran malos lectores, siempre aprovechando cualquier oportunidad para insertar un versículo de la Biblia en alguna conversación, con la misma intención con que se utiliza un signo de puntuación: para concluir con la platica en lugar de profundizarla. Tontos, sin sentido y amenazantes. Eso era lo que pensaba de los cristianos y su dios Jesús, que en la pintura parecía tan poderoso como un modelo comercial de Shampoo Breck.

Como profesora de inglés y de estudios de la mujer, en camino a convertirme en una titular radical, me preocupaba por la moral, la justicia y la compasión. Ferviente a las teorías de Freud, Hegel, Marx y Darwin, me esforcé por estar junto a los desamparados. Valoraba la moral y probablemente podría haberme tragado a Jesús y su grupo de guerreros, de no haber sido por las fuerzas culturales que apoyaban el movimiento del Christian Right [cristianismo derechista]. El comentario ligero que hizo Pat Robertson durante la Convención Nacional Republicana de 1992 me llevó al límite cuando dijo en tono de burla: "El feminismo anima a las mujeres a abandonar a sus maridos, a matar a sus hijos, a practicar la brujería, a destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas." En efecto, el sonido envolvente del dogma cristiano mezclado con la política Republicana exigía mi atención.

Jesús triunfó. Y yo era un desastre. Mi conversión fue como un accidente de tren. No quería perder todo lo que amaba. Pero la voz de Dios cantó una canción de amor entre los escombros de mi mundo.

Tras la publicación del texto que me consolidó como profesora, utilicé mi puesto para favorecer las alianzas de una profesora lesbiana izquierdista. Mi vida era feliz, significativa y completa. Mi pareja y yo compartíamos muchos intereses vitales: activismo contra el SIDA, a favor de la salud y la alfabetización de los niños, del rescate de perros, y de nuestra iglesia Unitaria Universalista, por nombrar algunos. Incluso si se creyeran las historias de fantasmas promulgadas por Robertson y sus secuaces, era difícil argumentar que mi compañera y yo éramos ni más ni menos que buenas y caritativas ciudadanas. La Asociación de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transgéneros (GLBT) valoraba la hospitalidad, practicándola con habilidad, sacrificio e integridad.

Comencé a investigar sobre el movimiento del cristianismo derechista y su política de odio contra los homosexuales como yo. Para ello, habría que leer el libro que, en mi opinión, había descarrilado a tanta gente: la Biblia. Mientras estaba en la búsqueda de algún estudioso de la Biblia para ayudarme en mi investigación, lancé el primer ataque a la trinidad no santa (Jesús, la política Republicana y el patriarcado) a través de un artículo en el periódico local acerca del movimiento de los Guardadores de Promesas [Promise Keepers]. Era 1997.

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