Lutero el enigma
Image: Wikimedia Commons

Tiendo a ver los perfiles de los famosos de la misma forma en que veo un frasco de mayonesa que quedó olvidado en el sol: lo más seguro se ha echado a perder y no era nada saludable para empezar. La portada actual de Esquire anuncia “¡Michael Fassbender da el golpe inicial!” GQ declara “¡Ryan Reynolds!” Si mi actitud se registra en lo más mínimo, tiende a generar una santurronería engreída. Dios, te doy gracias porque no soy como los que conocen a tal o cual personaje de fama.

Sin embargo, mi lista de artículos de revistas favoritas de todos los tiempos está repleta de perfiles de personajes famosos. Los artículos de David Foster Wallace sobre Roger Federer y John Ziegler. Los de Malcolm Gladwell sobre Ron Popeil. El artículo clásico de Gay Talese, “Frank Sinatra está resfriado.” ¿Qué pasa conmigo entonces? No es tan sólo que me gustan los perfiles de famosos, siempre y cuando sean mis famosos: Aparte de Mr. Rogers, no me había interesado en ese tema. Además, mis pérfiles favoritos se inclinaban más por descubir lo que el personaje revelaba sobre el mudo en que vivimos que por aumentar su fama. Lo mismo sucede con algunos de mis artículos favoritos de CT. Vea el perfil de Melissa Steffan del 2013 sobre Jesús llamando sobre la autora Sarah Young, que realmente era sobre cómo oramos y esperamos que Dios conteste.

Este año damos inicio al 500 aniversario de las 95 tesis de Martín Lutero, y pensamos sobre cuánta atención prestarle a Lutero. Es una persona fascinante y enorme, vale la pena explorarlo a fondo. Hemos olvidado que tan grande celebridad era: a principio de los años 1520, posters de su cara grabados en madera se vendieron tan pronto como fueron hechos y aparecieron en toda Europa. De muchas formas, a Lutero le agradaba la celebridad y la facilitaba. No obstante, sabía que él no era la historia: “Desháganse de la opinión exaltada que tienen de mí, y no esperen más de lo que yo les pueda dar, porque yo no soy nadie, y no puedo hacer nada, y cada día me estoy convirtiendo más en un enigma,” le escribió a uno de su primeros seguidores.

En lugar de exhaltar a Lutero, en esta edición estamos, en la mayor parte, tomando el consejo que él dio años después, pidiendo que lo usaramos solo en lo que nos es de ayuda para que podamos ver con mayor claridad su fuente original: “Yo básicamente enseñé, y escribí la palabra de Dios; aparte de eso, no hice nada. Y luego, mientras dormía, bebía cerveza Wittenberg con mis amigos . . . la Palabra debilitó tanto al papado que jamás un príncipe o emperador le hizo tanto daño. Yo no hice nada. La Palabra lo hizo todo.”

Ted Olsen es el Director de desarrollo editorial a Christianity Today. Siga a Ted Olsen en Twitter @TedOlsen.

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