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Amar a mi hermana-hermano
Image: Tom Maday

“Míralo de esta manera: No estás perdiendo un hermano. Estás ganando una hermana,” dijo mi hermano, de 46 años de edad, durante la cena una noche. Un mes antes yo había notado el maquillaje en su rostro. Cuando le pregunté sobre el maquillaje, su respuesta fue sencilla: “Me siento mejor sobre mí mismo con maquillaje.” Asumí que era homosexual.

Mientras permanecíamos sentados en su balcón en Chicago, comiendo salmón y pan italiano, lo escuché mientras me leía su declaración personal en voz alta. La carta, que escribió para su jefe, explicaba su decisión de hacer la transición a vivir como mujer y sus nuevas expectativas para los demás. Para cuando terminó su lectura, las lágrimas corrían. Mi hermano esperó mi respuesta en silencio.

Mi único hermano. Mi aliado. Cuando éramos niños, nuestra relación eran una muralla de defensa en el campo minado del matrimonio disfuncional de mis padres. Nos escapábamos al bosque detrás de nuestra casa de rancho y navegábamos nuestros botes de juguete en el arroyo. Nos manteníamos ocupados creando fuertes de cobijas y jugando con soldados en nuestro cuarto después de que nuestros padres nos mandaban a la cama. El me llamaba “M.M.L.” Yo le llamaba “Chobey.” El era mi hermano, y nosotros hacíamos cosas que a los muchachos les gustaba hacer. Ni una sola vez pensé, él se está portando como niña.

Nos criamos en una familia Cristiana. A nuestro padre se le podía describir mejor como un “gato silvestre,” aventurero y volátil, a nuestra madre como bella y refinada. Mi hermano entregó su vida a Cristo mientras asistía a una cruzada en Arkansas cuando tenía 6 años de edad. El ministerio de Billy Graham me trajo a la salvación cuando yo tenía 7 años de edad. Los dos fuimos bautizados y confirmados, y asistimos al campamento Honey Rock Camp patrocinado por Wheaton College. Mi papá enseñaba nuestra clase de escuela dominical. Nuestra familia era “normal.”

Mientras nos comíamos el postre, mi hermano me contó más de su historia de transición. Después del trabajo y de cenar con su familia, viajaba de regreso a la ciudad. Se cambiaba de ropa en su carro y se paseaba por el barrio Boystown de Chicago tratando de hacer amigos transexuales, luego se cambiaba de ropa otra vez para regresar a casa, decirle buenas noches a su hijo, e irse a dormir.

Mientras escuchaba, sentí las placas tectónicas de mi corazón dar un giro, sacudido por una combinación de compasión e interrogantes. ¿Cómo puede vivir así y por qué lo hace? ¿Qué pasó? ¿Cuándo empezó? ¿Cómo lo voy a llamar ahora? Contemplé el quebrantamiento de su corazón, respeté su valor, y pude responder con un callado, “lo siento mucho.”

Para mi sorpresa él me respondió de golpe, “¿No me vas a juzgar?” Mi corazón se dolió al ver que mi fe se mal entendía y al reconocer que la perspectiva de los Cristianos como gente que juzga a los demás prevalece fuertemente, aún en la mente de aquellas que están más cerca de nosotros. Me tomé mi tiempo y le expliqué que juzgar no es mi labor. Esa es la labor de Dios. Todo lo que yo puedo hacer es amar a la gente de la mejor manera de acuerdo a la gracia y la bondad que el Espíritu Santo me ha dado y de acuerdo a mis creencias. Me vino a la mente la historia de Jesús y la mujer que fue descubierta en adulterio. ¿Quién soy yo, una pecadora, para tirarle piedras a mi hermano? Los graves pecados que yo he cometido no son menos o más livianos que los pecados con los que camina mi hermano. Si estoy siguiendo en el camino de Jesús, entonces he sido llamada a responder en esta conversación de la misma manera que lo hizo Jesús: “Ni yo te condeno: vete, y no peques más” (Juan 8:11).

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