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Hubo casos de acoso sexual dentro de Christianity Today. Nunca se les dio el seguimiento adecuado.

Varias mujeres denunciaron conductas inapropiadas de parte de dos altos directivos durante más de doce años. No se hizo nada al respecto.
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Hubo casos de acoso sexual dentro de Christianity Today. Nunca se les dio el seguimiento adecuado.
Christianity Today

Aviso: Este reportaje fue presentado por Daniel Silliman, editor de noticias de CT, editado por Kate Shellnut, editora sénior de noticias, y fue publicado sin la revisión previa de ningún ejecutivo del ministerio. Ninguno de estos editores tuvo acceso a los archivos del personal, ni a reuniones relacionadas con las acusaciones o con la investigación. Lea la declaración del presidente y CEO de CT, Timothy Dalrymple, aquí [enlaces en inglés].

Este reportaje fue publicado originalmente en inglés el 15 de marzo de 2022.

Durante más de doce años, nadie en Christianity Today le pidió cuentas a dos líderes del ministerio por acoso sexual en las oficinas ubicadas en Carol Stream, Illinois.

Varias mujeres denunciaron conductas humillantes, inapropiadas y ofensivas por parte del exeditor en jefe Mark Galli y del exdirector de publicidad Olatokunbo Olawoye. Sin embargo, la conducta de estos hombres no fue amonestada ni tampoco recibieron ningún tipo de disciplina, según concluye una evaluación sobre la cultura del ministerio realizada por una entidad externa privada y cuyos resultados fueron publicados el martes 8 de marzo de 2022.

El informe identifica un par de problemas en la emblemática revista del evangelicalismo estadounidense: un deficiente proceso de «denuncia, investigación y resolución de las acusaciones de acoso» y una cultura de sexismo inconsciente que puede resultar «hostil para las mujeres». CT ha hecho públicos los resultados de la evaluación.

«Queremos practicar la transparencia y la rendición de cuentas que predicamos», dijo Timothy Dalrymple, presidente de CT. «Es imperativo que seamos irreprochables en estas cuestiones. Si fallamos en cumplir aquello que el amor nos exige, queremos saberlo, y queremos corregirlo».

En una cobertura independiente, el editor de noticias de CT entrevistó a más de dos docenas empleados y exempleados de CT, quienes escucharon estos doce relatos de acoso sexual de primera mano.

Hubo mujeres en CT que fueron tocadas en el trabajo de maneras que las hicieron sentir incómodas. Escucharon a hombres en puestos de autoridad sobre sus carreras hacer comentarios acerca de lo sexualmente deseables que eran sus cuerpos. Y, en al menos dos ocasiones, escucharon a jefes de departamento dar a entender que estaban abiertos a una aventura.

Entre mediados del año 2000 y hasta el año 2019, más de seis empleadas presentaron denuncias de acoso por parte de Galli u Olawoye ante algún gerente o ante el área de recursos humanos. Sin embargo, ninguno de estos líderes recibió una advertencia por escrito, ni se les señaló formalmente su conducta inapropiada, ni fueron suspendidos o sancionados de algún otro modo. No existe registro de que Christianity Today haya tomado ninguna acción correctiva, ni siquiera después de haber recibido quejas por ofensas casi idénticas en repetidas ocasiones.

«Cuando yo trabajaba allí, la cultura era la de proteger la institución a toda costa», dijo Amy Jackson, editora asociada que en 2018 dejó lo que ella dijo que se había convertido en un ambiente laboral hostil. «Nunca se le pidió cuentas a nadie. Sin duda Mark Galli fue protegido».

Puede que los casos de conductas inapropiadas en CT no estén al nivel de los peores ejemplos expuestos por el movimiento #MeToo, pero el ministerio nunca se ha medido a sí mismo por esos estándares.

«En medio de nuestro mundo desagradable», escribió Galli en 2015, «Christianity Today ofrece un oasis donde se halla lo verdadero, lo bueno y lo bello».

Durante el periodo en que desarrolló la marca de CT «Hermosa Ortodoxia» [Beautiful Orthodoxy], Galli realizaba comentarios inapropiados acerca de las mujeres. Tres personas dijeron que lo recuerdan hablando en la oficina, por ejemplo, acerca de cómo le gustaba mirar cuando las golfistas se inclinaban. Galli niega ese comentario en particular, pero dice que es posible que en algún momento se haya referido a las mujeres en el campo de golf como «un placer para la vista».

Los comentarios sobre los cuerpos de las mujeres, e incluso una ocasional mano fuera de lugar, pueden ser tomados simplemente como «groserías», dijo la editora de redacción digital, Andrea Palpant Dilley, quien fue una de las personas que impulsaron la evaluación externa. Pero esa conducta había tenido un impacto sobre las mujeres que trabajaban en CT.

«Existe un miedo físico con respecto al acoso sexual, pero el mayor miedo, para mí, es el del menosprecio y la falta de respeto», dice Palpant Dilley. «Es una amenaza para mi profesionalidad, y eso es en esencia una amenaza para mi capacidad de prosperar y confiar en que puedo ser respetada como mujer en CT».

Las quejas presentadas ante recursos humanos tenían consecuencias

Richard Shields, director de recursos humanos entre 2008 y 2019, se negó a hacer comentarios sobre cualquier empleado o sobre acusaciones específicas para esta historia. Sin embargo, se opuso a la idea de que el área de recursos humanos haya fallado.

«Yo siempre me tomé las quejas con mucha seriedad y mucha, mucha confidencialidad», le dijo al editor de noticias de CT. «Estoy muy seguro de que utilizamos los procesos que teníamos implementados de manera muy coherente, muy minuciosa y muy efectiva».

La política de CT dictaba que el área de recursos humanos documentara cualquier acusación de mala conducta y que después informara al equipo ejecutivo. Sin embargo, el equipo ejecutivo no tenía directrices corporativas claras con respecto a las consecuencias por infracciones, según Harold Smith, presidente y CEO desde 2007 hasta 2019.

No fue sino hasta después de que comenzaran los movimientos de #MeToo y #ChurchToo en las redes sociales que el liderazgo de CT comenzó a revisar sus políticas y a capacitar a la plantilla de personal sobre el acoso sexual.

«Estábamos tratando de ponernos al día», dice Smith. «Y, lamentablemente, fueron las mujeres quienes llamaron nuestra atención sobre este tema… las que tristemente se encontraban esperando, y guardaban la esperanza de alguna resolución».

Cuando alguien hacía una acusación, el departamento de recursos humanos abría expedientes y tomaba notas. Sin embargo, después no pasaba nada, dejando a muchas empleadas y exempleadas con la impresión que de que no había consecuencias para cualquier mala conducta a menos que fuera un delito grave.

En algunos casos, informar a recursos humanos simplemente empeoró las cosas. Para una mujer, haber presentado una queja a recursos humanos le trajo una respuesta negativa tan grande que cambió totalmente su experiencia en CT.

Su nombre se mantiene confidencial, al igual que los nombres de otras mujeres que experimentaron acoso sexual, siguiendo las políticas de CT para el informe de abusos. Los detalles de cada historia, sin embargo, han sido confirmados por múltiples fuentes que observaron el mismo incidente, se enteraron de primera mano en su momento o presenciaron ocasiones de acoso idénticas.

Cuando se contrató a esta mujer como redactora a mediados de los 2000, alguien bromeó con que solo la habían contratado porque el editor sénior quería tener sexo con ella. Ella no informó de esto a recursos humanos, pero un colega sí lo hizo. Después de eso, la mujer escuchó comentarios de forma regular de parte de hombres en CT acerca de lo rápido que ella identificaba todo como acoso sexual.

Galli en particular comenzó a preguntarle si es que le ofendía que él le abriera la puerta, recuerda ella. Él hacía alguna declaración banal sobre género, dijo ella, y luego añadía: «¿Vas a denunciar esto?».

Se le hizo creer que si denunciaba cualquier cosa se la trataría como una alarmista. «Era bastante espeluznante», dice ella.

Poco tiempo después, el director de publicidad de CT, Olawoye, entró a su oficina y cerró la puerta. Le hizo un comentario acerca de lo bien que se veía, recuerda ella. Entonces él comenzó a hablar de lo infeliz que se encontraba en su matrimonio y colocó la mano sobre su pierna.

Ella no informó de esto a recursos humanos. No pensó que mereciera la pena.

«Es difícil para la gente presentar denuncias de acoso… muy duro», dice Sonal Shah, subdirectora de servicios de derecho laboral en HR Source. «La mayoría de las quejas no se reportan, así que si tienes múltiples quejas, entonces el problema probablemente sea más serio y generalizado de lo que parece».

Diferentes mujeres que trabajaron en CT entre 2000 y 2019 dijeron que ni siquiera tenían claro si el área de recursos humanos era responsable de las quejas por acoso sexual. El estado de Illinois ordenó que se pusieran en marcha capacitaciones sobre acoso sexual en todos los lugares de trabajo en 2019, y ahora CT requiere que los empleados completen un curso anual en línea. Antes de eso, recuerdan las mujeres, la impresión general era que en el departamento de recursos humanos no estaban interesados en las acusaciones de acoso sexual y solo trataban despidos, contrataciones y planes de jubilación.

El director de recursos humanos, Shields, también estaba vinculado con un grupo de hombres del ministerio que jugaban al golf, incluyendo a Galli, Olawoye y algunos otros. Algunas de las mujeres dijeron que se decidieron por no denunciar el acoso porque les parecía más probable que él simpatizara con otros hombres en puestos de liderazgo, que con mujeres jóvenes presentando sus acusaciones.

«Me dijeron que no esperara nada de recursos humanos», dijo una exempleada, «que solo hablara con otras mujeres».

Mujeres ayudando a otras a evitar el acoso sexual

Las mujeres de la oficina se organizaron de manera informal para protegerse entre sí de la atención no deseada de parte de Olawoye, quien era conocido en CT por su apodo «Toks». Varias describen cómo le advirtieron a las nuevas contratadas que él no respetaba los límites personales, y que frecuentemente se autoinvitaba a los despachos de las mujeres de la oficina, cerraba la puerta y se enzarzaba en largas conversaciones privadas.

Algunas incluso hicieron un pacto para fingir que tenían reuniones entre sí para tener una excusa y así terminar educadamente las conversaciones con aquel hombre de alto rango.

A pesar de estos esfuerzos, tres mujeres más tuvieron experiencias idénticas de acoso. Cada una de ellas contó, de forma independiente, que Olawoye les hizo comentarios sobre su apariencia física, les habló de que su esposa ya no era tan atractiva como antes y mencionó que no estaba teniendo tanto sexo como le gustaría.

«Mi cuerpo entero se tensó y quería vomitar», recuerda una mujer. «Yo estaba como: “Ay, ay, ay… no quiero ser tu amiga. No quiero estar aquí. No quiero hablar con esta persona nunca más”».

Ninguna de estas mujeres denunció los incidentes a la gerencia o a recursos humanos. Una dice que sentía como si estuviera lidiando con ello por sí sola, y otras dicen que se sintieron avergonzadas y no pensaron que ayudaría.

Puede que tuvieran razón. Cuando otras denunciaron a Olawoye por conducta inapropiada, se encontraron con que las trataron como si ellas fueran el problema.

Una mujer le dijo a la gerente que Olawoye se quedaba mirando sus pechos durante las reuniones. La respuesta de la gerente fue: «Ayudaría que llevaras una bufanda».

La gerente, que es una mujer, confirmó ese relato pero señaló que ella no había recibido capacitación sobre cómo manejar los casos de acoso sexual cuando obtuvo su ascenso, y no sabía cómo presentar una queja formal.

Otro gerente, un hombre, presentó una queja. Fue a recursos humanos y dijo que Olawoye había pasado una cantidad excesiva de tiempo hablando con una becaria universitaria. Parecía estar haciéndole preguntas inapropiadas: si tenía novio, si alguna vez lo había tenido y si le gustaría ir a cenar a su casa.

Pocos días después Olawoye irrumpió en la oficina del gerente que lo había denunciado y exigió una disculpa. Había descubierto la queja y estaba furioso por la posibilidad de una «marca espantosa» en su expediente.

El gerente no presentó más quejas a recursos humanos durante su tiempo en Christianity Today.

No queda registro de que Olawoye fuera reprendido formalmente por ese incidente ni de que eso dejara ninguna clase de nota en su expediente.

La carrera de Olawoye en CT terminó cuando fue arrestado por agentes federales en una operación encubierta en 2017. Había intentado pagar por sexo con una adolescente. Finalmente se confesó culpable y fue sentenciado a tres años de prisión.

Hoy vive en las afueras de Chicago y está registrado como delincuente sexual. No respondió a las múltiples invitaciones a que presentara sus comentarios para esta historia.

Después del arresto de Olawoye, el área de recursos humanos ofreció consejería a los empleados que se hubieran podido sentir alterados o disgustados por el incidente, pero no investigó si alguien había sido agraviado por Olawoye durante su tiempo en las oficinas, según el testimonio de múltiples empleados. En cambio, los líderes de CT animaron al equipo a mostrar gracia hacia Olawoye y recordar que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Galli acusado de tocar a ocho mujeres

En el departamento editorial de CT fue Mark Galli quien compartió las noticias del arresto de Olawoye y quien compartió el mensaje de la suspensión del juicio. Le dijo a al menos dos mujeres a las que supervisaba que comprendía cómo un hombre se podía sentir tentado a pagar por sexo con una adolescente. Según las mujeres, Galli dijo que él también tenía impulsos sexuales insatisfechos y que era una experiencia común en los hombres. Lo importante era aprender a no llevar adelante esos impulsos.

Ambas se preguntaron más adelante por qué él les contó aquello. Ambas fueron tocadas de manera inapropiada más adelante por el entonces editor en jefe.

En total, ocho mujeres han dicho que Galli las tocó inapropiadamente.

Seis denunciaron el incidente a recursos humanos. Una no lo hizo. La otra hizo que un colega denunciara el incidente. Galli no fue reprendido por escrito ni se le dio ninguna clase de advertencia formal por su comportamiento.

«Se supone que recursos humanos está ahí para protegernos», dijo una exempleada. «Se supone que debe manejar estas situaciones, pero una y otra vez yo vi que recursos humanos tenía autoridad nominal, pero no la autoridad real para hacer nada».

Ninguna de las mujeres vio que Galli sufriera ninguna repercusión, y varias dicen que parecía restar importancia a las quejas como si se tratara de una molestia menor, una diferencia generacional o un problema de la cultura de lo «políticamente correcto».

Hoy Galli ve las acusaciones como malentendidos.

«Nunca he hecho nada malo de manera consciente y deliberada», le contó al editor de noticias de CT. «Me alegra disculparme en aquellas áreas en las cuales me comuniqué mal o hice pensar a las personas una cosa cuando en realidad estaba intentando hacer otra. Me alegra hacerlo».

Galli expresó su frustración con respecto a que CT permitiera que el malentendido «se enconara» y dijo que hubiera deseado que el ministerio hubiese facilitado una reconciliación entre él y las mujeres que lo habían acusado de conducta inapropiada.

«Algunas personas pudieron haber interpretado cualquier clase de toque como un avance sexual», dice. «Ante cualquier cosa que yo haya hecho para atribular, ofender o molestar a cualquiera, incluso dos años después de dejar la compañía, agradecería la oportunidad, aunque sea con la presencia de una tercera persona, de comprender lo que están diciendo».

Los relatos compartidos con el editor de noticias de CT siguieron patrones casi idénticos. La mayoría de las mujeres dijeron que él acarició la parte baja de su espalda con la mano y tocó el broche de su sujetador.

Algunas dicen que este toque les pareció de naturaleza sexual y se sintieron abusadas. Otras dicen que no pensaron que él tratara de tener un avance sexual, pero que les molestó que no respetara los límites. Él actuaba, dicen, como si pudiera cruzar cualquier línea personal o profesional que quisiera.

En un incidente de 2008 o 2009, Galli se puso detrás de una mujer en la fotocopiadora y colocó la mano en la parte baja de su espalda, dice la mujer. No era obviamente sexual, según la exempleada. Pero la hizo sentir incómoda, y pensó: «¿Por qué necesita tocarme la parte baja de la espalda?».

La mujer denunció el incidente a recursos humanos. Se reunió con Shields. El director de recursos humanos tomó notas, dice, y parecía comprender por qué la conducta la hizo sentir incómoda.

Después, no pasó nada. Unas pocas semanas más tarde, cuenta, Galli se acercó a ella y le dijo: «Solo tienes que venir y decírmelo a mí directamente la próxima vez». No fue sino hasta más tarde que ella se dio cuenta de que él daba por hecho de que iba a haber una próxima vez.

«No me sentí cómoda hablando con recursos humanos después de eso», dijo ella.

Otra exempleada cuenta cómo Galli la tocó dos veces de maneras que a ella le parecieron inapropiadas, incluyendo acariciar su hombro desnudo cuando se sentaron uno junto al otro en un evento a finales de los 2000. Según los correos electrónicos escritos en aquel momento, ella denunció la conducta a su gerente, pero él decidió no presentar una queja a recursos humanos.

Una tercera mujer recuerda que, en 2012, Galli le dijo que se suponía que él no debía abrazarla, pero que lo iba a hacer de todos modos. Ella sintió cómo él dejó su mano sobre el broche de su sujetador.

Una cuarta mujer dice que Galli le acarició la espalda y dejó la mano firme bajo su sujetador. Cuando ella se lo contó al vicepresidente, el líder sugirió que quizá ella había malinterpretado la situación y la animó a que «no hiciera de esto un tema para recursos humanos».

«Las palabras específicas que me dijo fueron: “Nadie lo ha denunciado nunca”, “No hay quejas en recursos humanos contra él”, “Tiene un expediente inmaculado”», dijo la mujer. «Recuerdo que lo dijo de tres maneras diferentes y yo pensé: Quizá yo soy el problema».

La empleada fue a recursos humanos de todos modos. Más adelante le dijeron que, debido a que Galli lo había negado, a que no había testigos y a que no había documentación previa por tocamientos inapropiados, no se podía hacer nada.

Galli confirmó múltiples conflictos por tocar a personas en el trabajo, pero puso en tela de juicio la interpretación de las mujeres de lo que él había hecho.

«No es posible que mi mano estuviera en su espalda más de un segundo», contó al editor de noticias de CT. «Obviamente, violé su espacio. Lo siento mucho. No estaba sintiendo su sujetador… Solo estaba tratando de afirmar físicamente que me acercaba como alguien amigable que quería tener una conversación con ella».

«Por supuesto, traspasé los límites»

Después de repetidas quejas presentadas ante el área de recursos humanos, Galli consideró la idea de convertir en su política personal el no tocar a las personas en la oficina, pero después, rechazó la idea, según le contó al editor de noticias de CT. Él tocaba a la gente para animarlos, para conectar y comunicarse eficazmente, dijo, y pensó que simplemente tendría que vivir con algunos malentendidos.

«Por supuesto, traspasé los límites», dice. «No debería sorprender a nadie que me conoce que, al haber trabajado allá por treinta años, probablemente crucé límites. Sí, eso pasó. Para que quede claro, nunca tuve ningún interés romántico o sexual con nadie en Christianity Today».

Galli también traspasó otros límites. A principios de los 2000 le dijo a una mujer que trabajaba bajo su supervisión que la encontraba atractiva, según el testimonio de la mujer y de seis colegas más que lo supieron en aquel momento. Después de que ella renunciara, Galli le dijo: «Tú eres la clase de mujer con la que habría tenido una aventura».

En 2018, Galli irrumpió en un despacho en donde una empleada estaba sacándose leche materna. Se había anunciado que una madre acababa de tener a su bebé y que necesitaría privacidad, y que habría un cartel de «No molestar» en la puerta. Galli miró el cartel y dijo en voz alta: «Eso no aplica a mí», según dos personas que estaban allí.

El incidente fue denunciado a recursos humanos. Galli no fue reprendido o disciplinado formalmente.

Galli no cruzó los límites con todas las mujeres que trabajaban para él. Algunas empleadas y exempleadas dicen que tuvieron buenas experiencias: Galli las animó, capacitó, ascendió y defendió.

Muchas más, sin embargo, dicen que era difícil trabajar para él como jefe. Tanto hombres como mujeres dicen que llevaba una línea fuertemente autoritaria y un humor impredecible. A veces se ponía furioso, reaccionaba exageradamente a las críticas, gritaba y golpeaba cosas en la oficina.

Nadie con autoridad pareció reconocer esta conducta ni controló a Galli de ninguna manera, dicen los empleados y exempleados. Él actuaba de forma inapropiada y después bromeaba con que era un mal jefe como el personaje de Michael Scott en The Office.

«El próximo incidente se tomará en serio»

Ese statu quo continuó hasta agosto de 2019, cuando a Galli se le acusó de tocar de manera inapropiada a tres mujeres en tres días.

Primero, se acercó a una mujer y la abrazó por la espalda por sorpresa. Un gerente lo vio e informó de ello a recursos humanos, según múltiples personas que estaban allí.

Jaime Patrick, sucesor de Richard Shields como director de recursos humanos en 2019, llevó el informe a Timothy Dalrymple, el nuevo presidente y CEO. Dalrymple, que había sido elegido tres meses antes, se dirigió a Galli y le dijo que esa conducta era inaceptable. Fue una advertencia verbal.

Sucedió otro incidente al día siguiente. Durante una foto de grupo en una salida pública, Galli rodeó con su brazo a una colega y dejó la mano sobre su trasero. Dejó la mano allí, dijo la mujer en una declaración escrita a recursos humanos, hasta que tomaron la foto.

Dalrymple se ha negado a hablar sobre quejas específicas presentadas ante el área de recursos humanos contra empleados en particular para esta historia. Según personas que tuvieron conocimiento de la situación, sin embargo, él pidió a recursos humanos documentación sobre conductas inapropiadas previas, así como que buscaran opciones legales para suspender o despedir a Galli. En ese momento, tras casi treinta años de Galli como empleado del ministerio, un miembro del equipo de recursos humanos no encontró pruebas de acciones disciplinarias contra él.

Antes de que ocurriera nada más, recursos humanos recibió una tercera queja de una mujer que dijo que Galli la había sujetado por los hombros y la había zarandeado mientras le contaba una historia.

Dalrymple presentó una advertencia formal. Galli dice que él firmó una declaración reconociendo la reprimenda. Fue la primera vez que una acusación dejaba un registro en su expediente de recursos humanos.

Según las normas de buenas prácticas en recursos humanos, debería haber consecuencias prácticas y escalonadas para malas conductas, dice Shah, experta de HR Source. Por lo general, la primera y la segunda ofensa reciben una advertencia, la tercera supone una suspensión, después viene una advertencia final y, en última instancia, un despido.

También debe estar minuciosamente documentada la investigación y cualquier acción correctiva, dice ella, para que una organización pueda demostrar frente a un juez que se ha castigado a las personas de manera consistente, sin importar el estatus u otros factores, y que se llevaron a cabo las medidas oportunas para proteger a los empleados.

«Decir: “Oye, no lo vueltas a hacer” no es suficiente», dice Shah. «Eso no es tomárselo en serio».

Galli, sin embargo, no había recibido nada más que reprimendas verbales antes de la notificación de Dalrymple.

«El siguiente incidente», le dijo un miembro del equipo de recursos humanos a una mujer que presentó una queja en 2019, «se tomará muy seriamente».

Galli anunció su jubilación dos meses después, en octubre de 2019. En diciembre publicó un editorial pidiendo que Donald Trump fuera apartado de su cargo. En enero, se jubiló.

Sin embargo, hubo un incidente más en 2021. En una reunión en Wheaton, Illinois, Galli abrazó a una empleada actual de CT y recorrió toda su espalda con la mano.

«No hay duda de que me tocó», contó ella al editor de noticias de CT.

Después él se apartó y la miró de arriba abajo. Ella interpretó la mirada como «descaradamente sexual». Aunque ella no creyó que se pudiera hacer nada, puesto que en ese momento él ya era un exempleado, denunció el incidente a su gerente, quien presentó la queja a Dalrymple.

Después de eso, varias mujeres, incluyendo a la editora de redacción digital, Palpant Dilley, presionaron a CT para que contratase a una empresa externa para evaluar por qué se había permitido que el acoso sexual de Galli pasara desapercibido durante tanto tiempo.

«Realmente necesitamos protocolos y procedimientos robustos para que cuando la gente se equivoque, el sistema que hay detrás de esas personas no lo haga», le comentó Palpant Dilley al editor de noticias de CT. «Debemos tener un sistema de pesos y contrapesos. Como cristianos, nosotros somos los primeros que deberíamos tener una perspectiva realista y decidida de la naturaleza humana que considere y nos prepare para los errores humanos».

Guidepost Solutions, una empresa consultora, fue contratada en septiembre de 2021 para revisar el modo en que CT gestionaba las acusaciones de acoso, evaluar las políticas y procedimientos del ministerio y recomendar cambios concretos.

El 13 de marzo, Guidepost concluyó que, aunque no había «un patrón o una cultura extendida de acoso sistemática», CT podría manejar estos casos de mucho mejor manera.

«La defectuosa respuesta institucional de CT a las acusaciones de acoso podría haber estado influida, en parte, por un sexismo inconsciente», dice el informe. Los líderes del ministerio «a veces intentaban minimizar o racionalizar» el acoso sexual, calificándolo simplemente como la conducta «de un hombre mayor que estaba fuera de contexto con las costumbres actuales en el lugar de trabajo», en vez de reconocerlo como «inapropiado bajo cualquier circunstancia, para cualquier persona».

Guidepost recomendó cambios para que CT mejore la respuesta del departamento de recursos humanos al crear un sistema de denuncias anónimas y establecer procedimientos para las investigaciones. La investigación externa señaló que CT no tenía «disposiciones de confidencialidad» acerca de las investigaciones de recursos humanos.

Dalrymple dijo que CT implementará las recomendaciones y revisará otros posibles cambios durante los próximos seis meses.

«Las prácticas de empleo existen por una razón», dice él, «y creo que necesitamos dejarles claro a nuestros empleados que las denuncias por mala conducta son bienvenidas, que estarán libres de represalias y que sus preocupaciones se tomarán en serio».

Mayores problemas culturales

Ninguna de las personas afectadas en CT cree que la cultura del ministerio sea particularmente sexista. Algunos han tenido experiencias peores en otros centros de trabajo cristianos. Sin embargo, el sexismo supone una carga extra para las mujeres, que ahora representan más de la mitad de los empleados de CT.

Los hombres en el ministerio suelen dar por hecho que una mujer soltera siempre quiere casarse y tener hijos, dicen algunos de los empleados y exempleados. Y los líderes de departamento dan por hecho que las madres de la compañía siempre priorizarán de tal forma a sus familias que su trabajo nunca será tan importante para ellas como lo es para sus colegas masculinos.

Empleados y exempleados dicen que ha habido problemas constantes con hombres que interrumpen a las mujeres en las reuniones. Y se consideraba aceptable cuando algunos hombres en el liderazgo decían que las diferencias biológicas entre sexos llegaban incluso hasta la inteligencia y que los hombres debían ser más inteligentes.

Unos cuantos exempleados le echan la culpa del sexismo a la cultura evangélica, diciendo que sus normas acerca del género pueden borrar la línea entre lo aceptable y lo inaceptable en términos de conducta.

Agnieszka Zielińska, exredactora de CT, quien ha dejado el cristianismo y se considera «una agnóstica feliz», recuerda su experiencia en la compañía entre 2000 y 2006, y ve problemas evidentes.

«La cultura evangélica tiende a promover que la gente tenga convicciones intensas y que haga revelaciones sin tener límites bien definidos», dice ella. «Promueve el tratamiento de los compañeros de trabajo como si fueran miembros de la familia. Esto puede ser agradable. Pero también crea problemas, como un desprecio por los límites profesionales en el trabajo».

Otros, sin embargo, estaban decepcionados por cómo el ministerio no llegó a poner en práctica sus compromisos cristianos ni la misión específica de CT. Muchos señalan un editorial de 2015 en donde CT hacía un llamado a ser «testigos honestos de un fracaso moral».

El artículo dice que los escándalos de líderes evangélicos individuales son un problema. Pero el hecho de que muchas personas lo supieran y no hicieran nada es devastador.

«Si sabes algo, díselo a alguien», escribió Ted Olsen, quien entonces era el gerente editor de noticias y es el actual editor ejecutivo de CT. «Si esperas que algo se arregle solo, te debería dar más miedo que vaya a explotar terriblemente. Si estás orando para que Dios saque algo a la luz, escucha su llamado: “No tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas” (Efesios 5:11, NVI)».

Muchas de las personas que se vieron afectadas en CT han tomado las noticias de una evaluación externa con cautela. Aunque el compromiso de Dalrymple con la transparencia ha despertado algo de esperanza, todavía queda una buena capa de escepticismo.

Empleados y exempleados dicen que les preocupa que el ministerio llegue a pensar demasiado rápido que todos los problemas han quedado en el pasado. Les preocupa qué ocurrirá la próxima vez que alguien tenga una queja que deban llevar ante recursos humanos. Les preocupa que sea demasiado fácil mirar hacia otro lado, demasiado fácil permitir que más hombres crucen los límites y demasiado fácil no hacerlos rendir cuentas.

«Me he quedado sin gracia para esto», dice la directora de proyectos creativos Joy Beth Smith, «y, honestamente, no sé si la institución lo ha hecho también».

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Sofía Castillo y Livia Giselle Seidel.

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