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olía asumir que Dios debía darme una larga vida: tiempo suficiente para desarrollar mi vocación, tener una familia y vivir lo suficiente como para llegar a ser abuelo. Luego, a los 39 años me diagnosticaron con cáncer incurable. Mis planes de vida se vieron drásticamente alterados. Ahora, como paciente de cáncer, mis expectativas son muy diferentes: es probable que la enfermedad me quite décadas de vida. Mientras tanto, a diario sufro dolor y la fatiga me roba las fuerzas. Aunque mis expectativas anteriores podían haber parecido razonables, he descubierto que involuntariamente había abrazado una variante del evangelio de la prosperidad: creía que Dios debía darme una larga vida.

Este tipo de razonamiento está ahora muy extendido. De acuerdo a un estudio realizado por el Pew Research Center, entre los estadounidenses que dicen creer en Dios, el 56 por ciento afirma que “Dios concederá buena salud y sanará las enfermedades de los creyentes que tienen suficiente fe”. En otras partes del mundo, el porcentaje de cristianos que sostienen esta visión es aún mayor.

De cierta manera, esta creencia encaja con las enseñanzas del Antiguo Testamento acerca de cosechar lo que sembramos. “Al pecador lo persigue el mal, y al justo lo recompensa el bien”, dice Proverbios 13:21 (NVI). El evangelio de la prosperidad toma perlas de sabiduría como esta y las combina con el ministerio sanador de Jesús, de tal manera que explican la enfermedad con un simple axioma: como Dios nos ama, no quiere que estemos enfermos. Así que, si no tenemos buena salud, debe ser una consecuencia de nuestros pecados, o al menos de falta de fe de nuestra parte. De una forma u otra, el enfermo tiene la culpa. Si bien muchos evangélicos rechazarían esta forma “extrema” del evangelio de la prosperidad, muchos de nosotros aceptamos una versión más “suave”, un razonamiento como este: si estoy buscando obedecer a Dios y vivir con fe, entonces puedo esperar una larga vida de prosperidad terrenal y relativo confort.

Recientemente, una amiga me habló sobre su trabajo como consejera de adolescentes de entre 12 y 15 años de edad en un campamento cristiano de verano. Un día, los jóvenes participaron en una actividad diseñada para ayudarles a desarrollar empatía hacia las personas que viven con discapacidades físicas. A algunos estudiantes les fueron vendados los ojos, a otros, se les cubrieron los oídos, mientras que a otros se les hizo sentar en una silla de ruedas, y todos tuvieron que realizar de esta forma las actividades del día.

A mitad del día, una chica se arrancó la venda de los ojos y se negó a volver a ponérsela. “Si me quedara ciega, Dios me sanaría”, dijo. Ella tenía fe en Jesús y estaba tratando de obedecer a Dios. Así que, como si se tratara de una transacción, consideraba que, si ella hacía su parte, podía contar con que Dios haría la suya y le daría una vida próspera: si se quedaba ciega, Dios lo arreglaría.

El problema con este enfoque no es la creencia de que Dios nos ama y nos puede sanar. El problema es que el Dios de la Biblia nunca promete el tipo de bienestar que esta joven esperaba con tanta confianza. Ciertamente, ser sanados es siempre un regalo de Dios, incluso cuando sucede por medio de tratamiento médico. Cuando sentimos que estamos en un oscuro “sepulcro”, como el salmista (Salmos 30:1–3), podemos y debemos lamentarnos y pedir que Dios nos libere del dolor y la enfermedad. Podemos pedir sanidad a Dios, de la misma forma en que le pedimos nuestro pan de cada día en la oración del Padre Nuestro. Sin embargo, la sanidad, como nuestro pan de cada día, es efímera, pasajera. Ya sea que vivamos solo unos pocos años o varias décadas, Eclesiastés dice: “Tal como salió del vientre de su madre, así se irá: desnudo como vino al mundo, y sin llevarse el fruto de tanto trabajo” (5:15).

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Tarde o temprano, cada uno de nosotros será derribado por la muerte, un golpe que ningún medicamento puede evitar. Aunque Proverbios tiene razón cuando nos dice que cosechamos lo que sembramos, esto no es una ley divina: el universo no siempre funciona así. Job era “recto e intachable” pero sufrió la calamidad de perder a sus hijos, sus siervos, su riqueza y su salud (Job 1:1, 13–19; 2:7–8). El apóstol Pablo es un ejemplo de fe y sacrificio por Cristo y la Iglesia, sin embargo, Dios no lo libró del “aguijón en la carne”, como escribe en 2 Corintios 12:7–10. Nadie está exento de morir ni de las pérdidas que acompañan a la muerte. Aunque en nuestra vida diaria tendemos a apartar esa realidad de nuestra mente, he descubierto algo sorprendente: para nosotros, los cristianos, recordar diariamente nuestra mortalidad nos puede ayudar a refrescar nuestras almas sedientas.

Vale la pena morir por el Evangelio

El Salmo 39 nos recuerda que nuestra vida es “efímera” y nuestros días “breves” en relación con la eternidad de Dios. Hasta que el Señor de la creación venga de nuevo a hacer todas las cosas nuevas, nos unimos al salmista en su oración:

Hazme saber, Señor, el límite de mis días, y el tiempo que me queda por vivir; hazme saber lo efímero que soy. Muy breve es la vida que me has dado; ante ti, mis años no son nada. ¡Un soplo nada más es el mortal! (vv. 4-5)

Esta oración contrasta con las suposiciones culturales comúnmente compartidas en la actualidad. La tendencia a elaborar historias sobre nosotros mismos en Facebook e Instagram, por ejemplo, es parte de una liturgia cultural más amplia —un conjunto de prácticas que dan forma a nuestros deseos— que sutilmente lleva a muchos de nosotros a asumir que estamos en el centro del universo y que nuestra historia y nuestros años de vida en la tierra no tendrán fin. La crisis provocada por la pandemia actual ha mostrado que esta suposición es una ilusión. El hecho de que camiones refrigerados fueran necesarios para reunir los cuerpos de los muertos en ciudades como Nueva York y Detroit es un testimonio inquietante de que las naciones altamente desarrolladas no son inmunes a la muerte inesperada.

Además, como han revelado las protestas por los asesinatos de personas de raza negra que no portaban armas, la suposición que mencionamos antes que dice “mi historia nunca terminará” es un privilegio cultural. La iglesia negra y otras comunidades marginadas son dolorosamente conscientes de la naturaleza fugaz de la vida humana. “Escapar, escapar, escapar hacia Jesús” dice un antiguo canto espiritual de los esclavos negros, porque “...no estaré mucho tiempo aquí”.

Las generaciones anteriores no podían evitar pensar en la mortalidad con la facilidad con la que lo hace nuestra generación. Más allá de la realidad de que las enfermedades contagiosas eran una amenaza siempre presente, la cultura de la muerte en Estados Unidos era parte de la comunidad. Los servicios funerarios servían como recordatorios constantes de la mortalidad humana, en tanto que era común que congregaciones enteras asistieran a los mismos, incluidos los niños. Tradicionalmente, estos servicios se centraban en que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que pertenecemos a Cristo, en la vida y en la muerte. Por el contrario, ahora es más común contar con servicios funerales personales, diseñados para exaltar la historia de vida del difunto, con la asistencia casi exclusiva de familiares y amigos. Tal vez nos preocupemos por la muerte de otra persona, pero sólo en la medida en que esta sea significativa para nuestra propia historia. Nuestra historia es la que importa. La muerte es algo que les pasa a otras personas.

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Si bien el Salmo 39 derriba estas falsas ilusiones, también está cargado de esperanza. Aunque somos criaturas temporales, podemos florecer verdaderamente si depositamos nuestros amores más profundos en el único que es eterno: el Señor. Peter Craigie, un comentarista particularmente perspicaz de los Salmos, señala que el valor de la vida debe entenderse a la luz de su finitud. “La vida es extremadamente corta”, escribió Craigie. “De encontrar su significado, este deberá encontrarse en el propósito de Dios, el dador de toda vida”. De hecho, reconocer la “naturaleza transitoria” de nuestras vidas es “un punto de partida para alcanzar la cordura en nuestro peregrinar por este mundo loco”. Craigie escribió estas palabras en 1983, en el primero de los que, según planeó, serían tres volúmenes sobre el Libro de Salmos en una prestigiosa serie de comentarios académicos. Dos años más tarde, murió en un accidente automovilístico, dejando su serie de comentarios incompleta. Tenía 47 años.

La vida de Craigie fue tomada de forma inesperada, tanto para él, como para sus seres queridos, antes de que pudiera alcanzar sus valiosas metas aquí en la tierra. Sin embargo, en su transitoria existencia, dio testimonio del impresionante horizonte de la eternidad. Dio testimonio de cómo el reconocimiento de nuestra mortalidad va de la mano con ofrecer nuestros cuerpos mortales al Señor de la vida. No somos héroes en este mundo, y no es mucho lo que podemos hacer. Pero podemos amar generosamente, y podemos dar testimonio de Aquel que es el origen y el fin de la vida misma: el Dios eterno, el Alfa y la Omega, el Salvador crucificado y resucitado, quien ha logrado y logrará lo que nunca podríamos hacer nosotros mismos.

El antídoto contra la negación de la muerte

Nuestra fe no debe ser utilizada como un escudo protector contra la solemne realidad de nuestra propia mortalidad. De hecho, esa actitud que niega la muerte, tan común hoy en día en el evangelio de la prosperidad, es innecesaria debido a nuestra esperanza en Dios para la resurrección de los muertos. Al final, no vale la pena tener una fe que es incapaz de enfrentar nuestro total desamparo ante el poder de la muerte. El apóstol Pablo lo admite abiertamente: “Y, si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes” dice en su famoso capítulo sobre la resurrección de Cristo. “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera solo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales.” (1 Corintios 15:14,19). Admitir diariamente nuestra impotencia ante la muerte puede ser una forma de entregarnos al Señor resucitado en lugar de depender de nuestros propios esfuerzos para crear una vida de prosperidad terrenal.

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Extrañamente, admitir esta realidad puede liberarnos de la esclavitud del miedo a la muerte. Algunos sociólogos, en una escuela de pensamiento inspirada en el libro ganador del Premio Pulitzer, La negación de la muerte, de Ernest Becker, han documentado cómo las culturas tienden a idolatrar a héroes políticos o a las gestas nacionales como una forma de negar sus límites mortales. Cuando los humanos negamos nuestra mortalidad, nos ponemos a la defensiva, confiando solo en nuestro propio partido político o en nuestros propios grupos raciales o culturales. Pero vivir en la esperanza de la resurrección elimina la necesidad de idolatrar a líderes llenos de defectos o de “blanquear” causas ideológicas pecaminosas. Podemos admitir abiertamente que no podemos derrotar a la muerte, y vivir confiados en que, en el día final, “Cuando lo corruptible se revista de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: ‘La muerte ha sido devorada por la victoria’” (1 Corintios 15:54). Ese día aún no ha llegado, pero lo anhelamos, y vendrá cuando el reino de Cristo se manifieste en plenitud. Esperar ese día confiando en los propósitos de Dios más que en los nuestros hace una gran diferencia en cómo vivimos cada día.

A la luz de la esperanza de la resurrección, Pablo creía que, aunque “por fuera nos vamos desgastando” (2 Corintios 4:16), nuestra decadencia corporal no tendrá la última palabra. Además, incluso nuestras aflicciones corporales son parte de la realidad que nos sostiene: nuestra unión con el Señor crucificado y resucitado. “Pues a nosotros, los que vivimos, siempre se nos entrega a la muerte por causa de Jesús, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo mortal” (v. 11). Tengamos o no vista o movilidad, ya sea que vivamos 5, 40 o 90 años, nuestros cuerpos pertenecen al Señor, y el proceso de decaer externamente puede ser un testimonio del humilde amor de nuestro Salvador. Sorprendentemente, parte de la obra del Espíritu Santo en el mundo incluye incluso nuestras debilidades corporales. Al ser testigos de Cristo, el decaimiento mismo de nuestro cuerpo muestra “que ese poder tan grande viene de Dios y no de nosotros” (v. 7, DHH). De este modo, el ancla de nuestra esperanza no es la liberación de este proceso de decadencia, sino la unión con Cristo crucificado y resucitado. Esta unión con Cristo florecerá plenamente en la resurrección venidera, compartiendo “una gloria eterna que vale muchísimo más” que nuestros problemas actuales (v. 17).

El regalo de recordar nuestra mortalidad

Según Martín Lutero, incluso cuando nuestros cuerpos se sientan vigorosos y morir pareciera pertenecer a un país lejano, deberíamos hacer de la muerte un compañero frecuente. “Debemos familiarizarnos con la muerte durante nuestra vida”, escribió en un sermón de 1518, “invitándole a nuestra presencia cuando todavía está distante y sin moverse”. ¿Por qué Lutero aconsejaría esto? Su razón no es una propensión enfermiza, sino la misma razón por la que el salmista se refiere a la vida como “un soplo nada más” delante de Dios: la muerte desinfla nuestra arrogancia, nuestra sensación de que el mundo es un drama en el que somos el centro de atención. Los recordatorios de nuestra muerte señalan al Dios de la vida —el Dios que puso carne en huesos secos— como nuestra única esperanza, tanto ahora como en la era venidera. Como nos recuerda Lutero, “ya que todos debemos partir, volvamos nuestros ojos a Dios, que es a quien nos lleva y dirige la senda de la muerte”.

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Tanto en los días difíciles como en los días fáciles, entre la alegría y el dolor, he llegado a aceptar la mortalidad como un regalo, extraño, pero bueno. Un regalo que me lleva a reconocer que no soy más que un mortal delante del Dios eterno. Vivimos en la esperanza de que la fragilidad y la decadencia de nuestros cuerpos no serán la medida final de nuestra vida. Vivimos en la esperanza de que nuestra vida no es el centro del universo. En cambio, viviendo como pequeñas criaturas, podemos regocijarnos en el maravilloso acto del amor de Dios en Cristo.

Nuestra vida presente terminará, como la de Job, cuando seamos despojados de familia, fortuna y de un futuro terrenal. Pero incluso a la luz de este fin mortal —de hecho, especialmente por eso—, podemos decir junto con el apóstol Pablo: “Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Romanos 8:38–39).

J. Todd Billings es el Profesor “Gordon H. Girod” de Investigación de Teología Reformada en el Western Theological Seminary en Holland, Michigan. Este artículo incluye material adaptado de su último libro, Christian Life: How Embracing Our Mortality Frees Us to Truly Live.

Traducido por Pedro Cuevas

Editado por Livia Giselle Seidel

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