Esta es una versión revisada y corregida de la traducción publicada en enero de 2014.

Para muchos de nuestros contemporáneos, nadie resume mejor a los misioneros de otras épocas como Nathan Price. Price, el patriarca de la novela La Biblia envenenada de Barbara Kingsolver, publicada en 1998, intenta bautizar a los nuevos cristianos congoleños en un río lleno de cocodrilos. Él exclama ¡Tata Jesús es bangala!, pensando que dice “Jesús es amado”. En realidad, la frase significa “Jesús es venenoso”. A pesar de ser corregido muchas veces, Price repite la frase hasta su muerte: una metáfora nada sutil para exponer la insensatez de las misiones modernas cuando son insensibles culturalmente.

Por alguna razón, nadie ha escrito un best seller sobre la vida de John Mackenzie. Él no es un personaje ficticio, sino un verdadero misionero del siglo XIX. Cuando los colonos blancos de Sudáfrica amenazaron con arrebatarles la tierra a los nativos, Mackenzie ayudó a Khama III, su amigo y aliado político, a viajar a Gran Bretaña. Allí, Mackenzie y sus colegas presentaron peticiones, tradujeron a Khama y a otros dos jefes en sus mítines políticos, e incluso organizaron una reunión con la reina Victoria. Al final, sus esfuerzos convencieron a Gran Bretaña de promulgar un acuerdo de protección de la tierra, sin el cual, hoy no existiría la nación de Botsuana.

Los anales de las misiones del Occidente protestante incluyen a personajes como Nathan Price, por supuesto. Sin embargo, gracias a un sociólogo tranquilo y persistente llamado Robert Woodberry, ahora sabemos de cierto que también incluyen a muchos como John Mackenzie. De hecho, la obra de misioneros como Mackenzie resultó ser el factor que ha tenido mayor influencia al garantizar la salud de las naciones.

“Dios me hizo para esto”

Hace catorce años, Woodberry era estudiante de posgrado en Sociología en la Universidad Chapel Hill de Carolina del Norte (UNC, por sus siglas en inglés). Hijo de J. Dudley Woodberry, profesor de estudios islámicos y ahora deán emérito del Seminario Teológico Fuller, comenzó a estudiar en el respetado programa de doctorado de la UNC con una de sus figuras más influyentes, Christian Smith (ahora en la Universidad de Notre Dame). Sin embargo, cuando Woodberry intentó encontrar una línea de investigación propia y fructífera, se sintió descontento.

“Gran parte de las investigaciones que había estudiado trataban de la religión estadounidense”, dice sobre sus inicios en el programa de posgrado. “No era mi pasión, y no lo sentía como un llamado, como algo a lo que pudiera dedicar mi vida”.

Una tarde asistió a una conferencia obligatoria que puso fin a su búsqueda vocacional. Se trataba de una conferencia por Kenneth A. Bollen, profesor de la UNC en Chapel Hill y uno de los expertos principales en la medición y el seguimiento de la expansión de la democracia a nivel mundial. Bollen señaló que seguía encontrando una conexión estadística significativa entre la democracia y el protestantismo. “Alguien tiene que estudiar el motivo de dicha correlación”, dijo Bollen.

Woodberry se inclinó hacia delante en su asiento y pensó: Ese soy yo. Soy el indicado.

Pronto se encontró a sí mismo descendiendo a los archivos de la UNC en Chapel Hill en búsqueda de antiguos datos sobre religión. “Descubrí un atlas [de 1925] de todos los puntos misioneros del mundo, con montones de datos”, dice Woodberry con gran alegría. Descubrió datos del “número de escuelas, profesores, imprentas, hospitales y médicos, y con referencias a atlas anteriores. Pensé: Vaya, esto es enorme. Es impresionante. Dios me hizo para esto”.

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Woodberry tenía la intención de rastrear las evidencias para la conjetura de Bollen de que la religión protestante y la democracia estaban relacionadas de algún modo. Estudió mapas amarillentos, pasó meses trazando la longitud y latitud de las antiguas estaciones misioneras, indagó en los archivos de Londres, Edimburgo y Serampore en la India, y habló con historiadores de la iglesia de toda Europa, Norteamérica, Asia y África.

En esencia, Woodberry estaba indagando en uno de los mayores enigmas de la historia moderna: por qué algunas naciones desarrollan democracias representativas estables —en las cuales los ciudadanos disfrutan del derecho a votar, a hablar y a reunirse con libertad— mientras que países cercanos sufren a gobernantes autoritarios y conflictos internos. La salud pública y el crecimiento económico también pueden diferir en gran medida de un país a otro, incluso entre países que comparten geografías, trasfondos culturales y recursos naturales similares.

En búsqueda de respuestas, Woodberry viajó a África Occidental en 2001. Salió de viaje una mañana por una carretera polvorienta en Lomé, la capital de Togo, y se dirigió a la biblioteca de la Universidad de Togo. La encontró escondida en un edificio de la década de 1960. Las estanterías contenían más o menos la mitad de los libros que él tenía en su colección personal. La enciclopedia más reciente databa de 1977. Al final de la calle, la librería del campus vendía bolígrafos y papel, no libros.

—¿Dónde compran sus libros? —paró Woodberry a un estudiante para preguntarle.

—Oh, nosotros no compramos libros —respondió él—. Los profesores leen los textos en voz alta y nosotros los transcribimos.

Al otro lado de la frontera, en la librería de la Universidad de Ghana, Woodberry había visto estanterías que ocupaban la pared entera, repletas de cientos de libros, incluyendo textos impresos por académicos locales. ¿A qué se debía aquel claro contraste?

La razón era clara: durante la era colonial, los misioneros británicos en Ghana habían establecido todo un sistema de escuelas y de imprentas. Sin embargo, Francia, el poder colonial en Togo, restringió duramente a los misioneros. Las autoridades francesas solo se interesaron en educar a una pequeña élite intelectual. Más de cien años después, la educación todavía seguía bastante limitada en Togo. En Ghana, estaba floreciendo.

Como una bomba atómica

Los que conocen a Woodberry fácilmente se lo pueden imaginar en África Occidental: un hombre alto, desgarbado, buscando respuestas con obstinación y precisión. Podría pasar por el detective privado de una película clásica si le colocaras una gabardina en los hombros, le subieras el cuello y lo mandaras por un callejón oscuro.

“Fue divertido observar su proceso de descubrimiento”, dice Smith, quien supervisó el comité de tesis de Woodberry. “Fue recogiendo evidencias muy raras y dispersas y las unió en un conjunto de datos coherente. En cierto sentido, esto era demasiado grande para un estudiante de doctorado, pero él era obstinado, independiente y meticuloso”.

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Lo que comenzó a salir a la luz fue un patrón consistente y controvertido: un patrón que podría dañar la carrera de Woodberry, advirtió Smith. “Yo pensaba que era un proyecto grande e importante, pero le advertí de que a muchas personas no les gustaría la historia que exponía”, dice Smith. “Antes de que él sugiriera que el movimiento misionero había tenido aquella fuerte influencia positiva sobre la democratización liberal… no podrías pensar en una historia más increíble y ofensiva que contar a un montón de académicos seculares”.

Pero las evidencias seguían saliendo a la luz. Mientras estudiaba el Congo, Woodberry realizó uno de sus primeros descubrimientos más importantes. La explotación de la era colonial del Congo era bien conocida: los colonos, tanto los franceses como los belgas, obligaron a los lugareños a extraer caucho de la jungla. Como castigo por no lograrlo, quemaban aldeas, castraban a hombres y cortaban los miembros de los niños. En el Congo francés las atrocidades tenían lugar sin ningún comentario ni protesta, más allá de algún informe en algún periódico marxista de Francia. Pero en el Congo belga los abusos levantaron el mayor movimiento de protesta internacional desde la abolición de la esclavitud.

¿Cuál fue la diferencia? Tratando de elaborar una corazonada, Woodberry siguió el rastro de las estaciones misioneras de todo el Congo. Resultó ser que solo se permitieron misioneros protestantes en el Congo belga. Entre aquellos misioneros se encontraban dos bautistas británicos llamados John y Alice Harris que tomaron fotografías de las atrocidades —incluyendo la famosa fotografía de un padre contemplando los restos de su hija— y después las sacaron de contrabando fuera del país. Con las pruebas en la mano, viajaron por Estados Unidos y Gran Bretaña para levantar la presión pública y, junto a otros misioneros, ayudaron a que se alzaran protestas contra los abusos.

Para convencer a los escépticos, sin embargo, Woodberry necesitaba más casos de estudio. Cualquiera podía encontrar a unos John y Alice Harris aislados, o a un John Mackenzie, descartar a los Nathan Price, y montar un mosaico favorecedor. Pero Woodberry estaba capacitado para hacer algo que nadie más había hecho: observar los efectos a largo plazo de los misioneros usando la lente gran angular de los análisis estadísticos.

En su quinto año de doctorado, Woodberry creó un modelo estadístico que podría poner a prueba la conexión entre la obra misionera y la salud de las naciones. Junto a unos cuantos asistentes de investigación, pasó dos años recogiendo datos y afinando los métodos. Esperaba computar el promedio de los efectos duraderos que habían tenido los misioneros en todo el mundo. “Estaba muy nervioso”, dice. “Pensaba: ¿y si ponemos en marcha los análisis y no encontramos nada? ¿Cómo salvaré mi tesis?”.

Una mañana, en un laboratorio informático polvoriento y sin ventanas, iluminado por luces fluorescentes, Woodberry llevó a cabo la primera gran prueba. Después de terminar de preparar el programa estadístico en su computadora, hizo clic en el botón “Intro” y se inclinó hacia adelante para leer los resultados.

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“Estaba impresionado”, dice Woodberry. “Fue como una bomba atómica. El impacto de las misiones en la democracia global era enorme. Seguí añadiendo variables al modelo —factores que otra gente había estudiado y sobre los que habían escrito en los últimos cuarenta años— y los barrió a todos. Era impresionante. Entonces supe que estaba ante algo realmente importante”.

¿Causa o correlación?

Woodberry ya tenía la prueba histórica de que los misioneros habían educado a las mujeres y a los pobres, habían promovido una imprenta generalizada, habían liderado movimientos nacionalistas que empoderaron a los ciudadanos de a pie, y habían impulsado otros elementos de la democracia. Ahora las estadísticas lo respaldaban: los misioneros no eran solo otra parte de la imagen. Eran el centro.

“Los resultados eran tan contundentes que me puse nervioso”, dice Woodberry. “Esperaba un efecto, pero no esperaba que fuera tan amplio y poderoso. Pensé: Mejor me aseguro de que es real. Mejor voy con cuidado”.

Determinado a ser su mayor escéptico, Woodberry comenzó a medir las teorías alternativas usando una técnica llamada análisis de variables instrumentales de mínimos cuadrados en dos etapas. En cualquier trabajo estadístico, sabía, era fácil confundir la correlación con la causalidad. Existe una conexión, por ejemplo, entre comer avena y desarrollar cáncer. Pero eso no significa que si comes mucha avena estés condenado. Resulta que la gente más anciana, los que tienen mayor riesgo de desarrollar cáncer de por sí, son los que más a menudo suelen comer avena para el desayuno. En otras palabras, la avena no provoca cáncer.

En el caso de la historia de las misiones, Woodberry tenía que preguntarse: ¿y si los misioneros se trasladaron a lugares ya predispuestos para la democracia? ¿O, que tal si el país colonizador —Nueva Zelanda, Australia o Gran Bretaña— era el verdadero catalizador?

Al igual que un mecánico que desmonta un motor para volver a armarlo, él tuvo que refutar su propia teoría para fortalecerla. Eso significó controlar muchos otros factores: el clima, la salud, la localización, la accesibilidad, los recursos naturales, el poder colonial, la prevalencia de las enfermedades y otra media docena de cosas. “Mis asistentes iban introduciendo todas estas variables, y la variable de las misiones era sorprendentemente robusta”, dice Woodberry. “La teoría seguía en pie. Fue bastante divertido, en realidad”.

Divertido, pero difícil de creer. Los resultados de Woodberry sugerían, en resumen, que cincuenta años de investigación sobre el auge de la democracia habían pasado por alto el factor más importante.

“Cuando comencé a presentarlo, nadie estaba interesado”, dice Woodberry. “Como mucho conseguía reunir a dos personas en las sesiones de conferencias. No le importaba a nadie”. Cuando aparecían los académicos, Woodberry esperaba preguntas hostiles y la ocasional interrupción furiosa.

Sin embargo, en una conferencia de 2002 Woodberry tuvo un descanso. En la sala se sentaba Charles Harper Jr., entonces vicepresidente de la Fundación John Templeton, que en aquel momento se dedicaba a financiar proyectos de investigación sobre cambios religiosos y sociales. (Entre sus importantes beneficiarios se encontraba Christianity Today). Tres años después, Woodberry recibió medio millón de dólares del Spiritual Capital Project de la fundación, contrató a casi cincuenta asistentes, y montó un enorme proyecto de base de datos en la Universidad de Texas, donde había conseguido una plaza en el departamento de Sociología. El equipo pasó diez años recopilando más datos estadísticos y realizando más análisis históricos, con la intención de confirmar su teoría. Con estos resultados y la investigación de su tesis, ahora Woodberry podría apoyar una afirmación de gran envergadura:

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Las áreas en donde los misioneros protestantes tuvieron una presencia significativa en el pasado están, en promedio, más desarrolladas económicamente hoy, con una salud comparativamente mejor, menor mortalidad infantil, menor corrupción, mayor alfabetización, mayores logros educativos (especialmente para las mujeres), y cuentan con membresías más robustas en las organizaciones no gubernamentales.

En resumen: ¿quieren una democracia floreciente hoy? La solución es sencilla… si tienen una máquina del tiempo: manden a un misionero en el siglo XIX.

Sorprendente para los investigadores

A pesar de la preocupación de Smith, al trabajo histórico y estadístico de Woodberry finalmente se le prestó atención. La suma de sus catorce años de investigación —publicado en 2012 en el American Political Science Review, la máxima publicación de su disciplina—, ha ganado cuatro grandes premios, incluyendo el prestigioso Luebbert Article Award al mejor artículo de política comparada. Su título es impresionante: “Las raíces misioneras de la democracia liberal”.

“[Woodberry] presenta una teoría grande y bastante ambiciosa acerca de cómo los ‘protestantes que convertían’ contribuyeron a la construcción de sociedades democráticas”, dice Philip Jenkins, distinguido profesor de historia de la Universidad de Baylor. “Intenté encontrarle fallas tanto como pude, pero la teoría se sostiene. Tiene grandes implicaciones para el estudio global del cristianismo”.

“¿Por qué algunos países se vuelven democráticos, mientras que otros entran en la ruta de la teocracia o la dictadura?”, pregunta Daniel Philpott, profesor de Ciencia Política y estudios de la paz en la Universidad de Notre Dame. “El que Woodberry demostrara a través de un análisis minucioso que los protestantes que convertían son cruciales para que hoy esos países sean democráticos es notable de muchas maneras. No se trata de un factor más: resulta ser el factor más importante. No puede ser más que sorprendente para los investigadores de la democracia”.

“Creo que es el mejor trabajo que hay acerca del desarrollo económico y religioso”, dice Robin Grier, profesora de economía y estudios internacionales de la Universidad de Oklahoma. “Es increíblemente sofisticado y está bien cimentado. No he visto nunca nada así”.

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Cuando Woodberry habla de su trabajo, suena a un académico cuidadoso que no quiere darle demasiada importancia a su tesis. Pero también se puede observar su pasión por dejar las cosas claras.

“No tenemos que negar que hubo, y hay, misioneros racistas”, dice Woodberry. “No tenemos que negar que hubo, y hay, misioneros que hacen las cosas pensando en sí mismos. Pero si ese hubiera sido el efecto promedio, hubiéramos esperado que los lugares donde los misioneros tuvieron influencia fueran peores que aquellos donde no se les permitió la acción o se les restringió. Nos encontramos exactamente en el caso opuesto de todos los posibles resultados. Incluso en los lugares donde se convirtieron pocas personas, [los misioneros] tuvieron un profundo impacto económico y político”.

Los educadores de las naciones

Todo esto tiene un importante matiz: el efecto positivo de los misioneros sobre la democracia se aplica únicamente a los “protestantes que convierten”. El clero protestante financiado por el estado, así como los católicos misioneros antes de la década de 1960, no tuvieron un efecto comparable en las áreas donde trabajaron.

La independencia del control del estado marca una gran diferencia. “Uno de los principales estereotipos acerca de las misiones es que estaban estrechamente conectadas con el colonialismo”, dice Woodberry. “Pero los protestantes misioneros no financiados por el estado por lo general fueron muy críticos con el colonialismo”.

Por ejemplo, la campaña de Mackenzie a favor de Khama III formó parte de su esfuerzo durante treinta años por proteger la tierra africana de los colonos blancos. Mackenzie no era un caso aparte. En China los misioneros trabajaron para terminar con el comercio de opio; en India lucharon para restringir los abusos de los terratenientes; en las Indias Occidentales y otras colonias, jugaron papeles clave en la construcción del movimiento abolicionista. De regreso a casa, sus aliados aprobaron una legislación que regresaba la tierra a los Xhosa nativos de Sudáfrica y además protegía a las tribus de Nueva Zelanda y Australia de ser arrasados por los colonos.

“Puedo decir con seguridad que ninguno de estos movimientos habría tenido lugar sin que los hubieran impulsado los misioneros no subvencionados por el estado”, dice Woodberry. “Los misioneros tenían una base de poder entre la gente corriente. Fueron ellos los que transformaron estos movimientos en movimientos de masas”.

Él señala que la mayoría de los misioneros no marcharon allá con la idea de convertirse en activistas políticos. Los lugareños asociaron el cristianismo con sus abusadores coloniales, así que, para poder evangelizar eficazmente, los misioneros se distanciaron de los colonos. Hicieron campaña contra los abusos por razones personales y prácticas, igual que por razones humanitarias.

“Pocos [misioneros] fueron reformadores sociales de modo sistémico”, dice Joel Carpenter, director del Instituto Nagel para el Estudio del Cristianismo Mundial en el Calvin College. “Creo que, antes que nada, fueron personas que amaron a otras personas. Les importaban los demás, vieron dónde se les había agraviado y quisieron arreglarlo”.

Aunque los misioneros llegaron a la reforma colonial por la puerta trasera, la alfabetización y la educación masivas fueron proyectos más deliberados: la consecuencia de una visión protestante que derribó las viejas jerarquías en nombre del “sacerdocio de todos los creyentes”. Si todas las almas son iguales ante Dios, todo el mundo debería tener acceso a la Biblia en su propia lengua. También tendrían que saber cómo leerla.

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“Se centraron en enseñar a leer a la gente”, dice Dana Roberts, directora del Centro para el Cristianismo Global y la Misión de la Universidad de Boston. “Suena a algo muy básico, pero si observas la pobreza mundial, la alfabetización es el principal factor que te ayuda a salir de la pobreza. A menos que tengas una amplia alfabetización de base, no puedes tener movimientos democráticos”.

Como observa Woodberry, aunque los chinos inventaron la imprenta ochocientos años antes que los europeos, en China la tecnología se usaba en gran medida para las élites. Entonces llegaron los misioneros protestantes en el siglo XIX y comenzaron a imprimir decenas de miles de textos religiosos, haciéndolos accesibles para las masas, y enseñando a las mujeres y a otros grupos marginales a leer. Hasta ese momento ninguna autoridad de Asia había comenzado a imprimir de forma generalizada.

Extiende un mapa, dice Woodberry, señala cualquier lugar donde los “protestantes que convertían” fueron activos en el pasado y sin duda encontrarás que allí se imprimen más libros y hay más escuelas per cápita. También descubrirás que en África, en Oriente Medio y en algunas partes de Asia la mayoría de los primeros nacionalistas que condujeron a los países a la independencia se graduaron en las escuelas de las misiones protestantes.

“Yo no soy religioso”, dice Grier. “Nunca me sentí cómodo con la idea [del trabajo misionero]; me parecía vergonzoso. Entonces leí sobre el trabajo de Bob. Pensé: Vaya, eso es increíble. Dejaron un gran legado. Cambió mi perspectiva y me hizo pensar”.

Señales de propósitos mayores

Por supuesto, sigue habiendo escépticos. En 2010, cuando Woodberry presentó su artículo a la American Political Science Review, los editores le pidieron que ampliara los casos de estudio, que añadiera más regresiones y que hiciera públicos todos los datos y modelos. Para el artículo, produjo 192 páginas de material de apoyo.

“Haber conseguido publicar su trabajo en una revista que es un buque insignia es un testimonio extraordinario de su coraje y su perseverancia”, dice Philpott. “Para que su artículo tomara vuelo, no dejó piedra sin levantar y anticipó todas las hipótesis. Es un artículo cuya meticulosidad sobrepasa todo lo que he visto”.

Sin embargo, Bollen, cuya conferencia impulsó la investigación inicial de Woodberry (y que más tarde copresidió su comité de tesis), ofrece una palabra de precaución. “Es un estudio excelente. No veo ningún fallo en particular, pero sería arriesgado afirmarlo como un hecho establecido. Solo es un estudio. Tenemos que ver si otras personas pueden replicarlo, o sacar otras conclusiones”.

Hasta el momento, más de una docena de estudios han confirmado los descubrimientos de Woodberry. El creciente corpus de investigación está comenzando a cambiar el modo en que los académicos, los trabajadores humanitarios y los economistas piensan en la democracia y en el desarrollo.

La iglesia también tiene algo que aprender. Para los cristianos occidentales hay algo excitante, e incluso subversivo, en una investigación que va contra la historia común y transforma a un personaje a menudo feo —el misionero— en un protagonista extravagante e involuntario que a todos nos encanta adorar.

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Sin duda, Woodberry moderaría todo nuestro triunfalismo, para estar seguro, recordándonos que todos estos resultados positivos fueron, de algún modo, no intencionados, una señal de los propósitos mayores de Dios poniéndose en marcha a través de las vidas de personas devotas, aunque imperfectas.

Aun así, hay una pequeña afirmación que parece apropiada. Como señala Dana Roberts: “La investigación de Bob muestra que el total es más que la suma de sus partes. Los cristianos marcaron la diferencia en la sociedad de manera colectiva”.

Echando ahora la vista atrás, más de un siglo después, vemos hasta dónde puede perdurar esa diferencia transformadora.

Andrea Palpant Dilley, escritora de la ciudad de Austin, Texas, pasó parte de su infancia en Kenia como hija de misioneros cuáqueros. Es la autora de Faith and Other Flat Tires (Zondervan).

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