Más de un millón de jóvenes americanos con educación universitaria cruzan las líneas estatales cada año según una nueva investigación que reportó The New York Times. Yo pertenezco a esa generación móvil, y cada cambio de residencia me obliga a decir adiós a mis compañeros de la infancia, de la universidad, de mis estudios de postgrado, y demás.

Estoy agradecida de tener varios amigos que considero almas gemelas—a quienes puedo llamar a cualquier hora y con quienes puedo hablar sobre cualquier cosa, quienes me escuchan con cuidado, se preocupan profundamente por mí, y oran por mí sin cesar.

Todos y cada uno de estos amigos viven fuera del estado donde yo vivo.

Gracias a los teléfonos celulares y al acceso constante por línea, esa distancia no importa tanto como quizás haya importado antes. Los amigos se envían mensajes urgentes de peticiones de oración y proveen información de último momento. A través de medios sociales, podemos mantenernos al día sobre los aspectos comunes de nuestra vida diaria respectiva.

Cuando los psicólogos y antropólogos investigan como la tecnología moderna afecta nuestras relaciones, con frecuencia mencionan la gran cantidad de “amigos”—la persona promedio en Facebook tiene 338. Y miran a las maneras en que los medios sociales ayudan a crear una red creciente de conexiones y conocidos superficiales.

Sin embargo, para personas como yo, los medios sociales nos permiten mantener a ciertas personas como parte de nuestro círculo cercano a pesar de la distancia, de esta manera desviando nuestras energías lejos de nuevos conocidos en persona. En una paradoja de los tiempos, la tecnología ha ayudado a esta generación a mantener cerca emocionalmente a los amigos que viven a distancia mientras que se mantienen emocionalmente distanciados de los amigos que viven cerca. Podemos mantener a los amigos que hicimos en la universidad y durante los estudios de postgrado cuando nos mudamos a diferentes lugares en busca de empleo. Aunque quizás hacemos nuevos amigos localmente, la tecnológica nos permite regresar para apoyarnos en los viejos amigos cuando surge una crisis. Un rápido texto o un pequeño reporte de últimos acontecimientos frecuentemente toman el lugar del trato cara a cara y en persona.

Un aumento en la movilidad también causa que muchos de mis colegas vacilen en cuanto a darle prioridad a la amistad con los vecinos y amigos de la localidad. ¿Quién sabe cuándo nos mudaremos otra vez? Es más fácil mantener la relación con las personas con las que ya tenemos años de relación, llevándolos con nosotros a donde quiera que nos mudemos.

Sin embargo, lo que la tecnología nos presenta es una oferta de Fausto. Aunque ganamos la habilidad para mantenernos cerca de amigos que están a gran distancia de nosotros por medio de textos, correos electrónicos, y medios sociales—una forma de comunicación mucho más inmediata que las cartas y el teléfono en que dependían generaciones anteriores—podemos fácilmente perdernos de otras formas de comunidad.

En sus mejores momentos, la iglesia local es la comunidad donde podemos ser conocidos plenamente y amados plenamente. Pero si los creyentes jóvenes ya estamos recibiendo nuestro apoyo emocional y espiritual de amigos que viven lejos, vamos a buscar menos el apoyo de nuestras hermanas y hermanos en Cristo de la iglesia local. Algunos de nosotros optamos por darnos a “conocer solo un poco,” una cara conocida en los cultos y los estudios de grupo. Pero quizás no nos ofrecemos para estar presentes cuando los otros miembros de la iglesia nos necesitan.

El llamado a comprometerse con la comunidad local no es sólo por el bien del prójimo, sino también por nuestro propio bien—particularmente en esta edad digital. Gozamos de un acercamiento singular y nos sentimos responsables hacia aquellos que nos ven en persona con regularidad. En estas relaciones, he descubierto un lazo aún más auténtico: No puedo escoger retirarme negándome a regresar una llamada o texto. Tengo que enfrentar mis faltas, a la vista de la otra persona, y en este contexto, he experimentado verdadera gracia también.

Yo sé que Dios me llama a comprometerme al lugar donde él me ha plantado ahora—para poder él usar a mis amigos que viven lejos y cerca para revelar mi corazón y mostrarme su gracia. Dios le dijo a los israelitas exiliados en Babilonia que construyeran casas, plantaran huertos, que se casaran y tuvieran hijos, y que buscaran el bienestar de la ciudad a donde él los había enviado (Jer. 29).

Estas actividades fomentan el florecer de nuestras comunidades al mismo tiempo que nos fuerzan a hacer conexiones con las personas que viven a nuestro derredor. Dios usa relaciones así para fomentar el crecimiento espiritual, aun en aquellos lugares donde nos sentimos como exiliados.

Tristemente, el horario ocupado de muchos cristianos jóvenes no se presta para ritmos de una vida diaria compartida donde pueda surgir un compañerismo de corazón a corazón. Esa es la razón por la cual, en algunas ocasiones, la tecnología es una bendición, al permitirnos mantener amistades perdurables a pesar de las millas que nos separan. Pero cuando eso hacemos, no nos perdamos de lo que Dios tiene para nosotros aquí y ahora. Si hacemos un esfuerzo por hacer nuestra parte y estar presentes donde vivimos, quizás nos sorprendamos al encontrar almas gemelas en la puerta vecina.

Liuan Chen Huska es una escritora que le fascina el cambio social y cultural. Vive en el área de Chicago.

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