Trabajo aburrido: Bueno para el alma

No importa lo monótono, desapercibido, u ordinario que sea, nuestro trabajo puede transformarnos poderosamente haciéndonos semejantes a Cristo.
Trabajo aburrido: Bueno para el alma
Image: Jill Chen / Stocksy

Antonio es un hombre en sus 50s que trabaja en una finca de frutas y verduras en el condado de Dutchess, Nueva York. Desde la salida del sol hasta la puesta, seis días por semana, pasa cada hora cosechando chícharos o manzanas, según la temporada del año. Por ese arduo trabajo le pagan $8 dólares por hora sin pagar tiempo y medio por las horas extras. “Me siento cansado,” le dijo al The New York Times el verano pasado. “En este momento, me duelen mucho las rodillas porque paso todo el día trabajando agachado o de rodillas.” Igual que los millones de trabajadores en EE.UU. que cosechan la mayor parte de la comida que comemos, los días de Antonio son monótonos, largos y, al parecer, vacíos de significado espiritual.

Stephanie es una madre joven con cuatro hijos. Su típico día incluye despertar por la madrugada, ponerle el pañal y alimentar a uno de sus hijos mientras viste a otro, preparar lonche para el resto, lavar un par de cestos de ropa, cocinar la cena, y poner a dormir a los niños—todo eso antes de caer ella misma sobre la cama, exhausta. El cansancio se siente hasta en los huesos. ¿Acaso no hay cosas más importantes que debiera estar haciendo? Se pregunta, lamentando que no tiene la energía para orar y estudiar. Muchos días, sufre calladamente y a solas.

Para todos nosotros que luchamos por encontrar significado espiritual en nuestro trabajo diario, las historias de Antonio y Stephanie resuenan. Y entre más tiempo pasemos encarrilados en nuestras rutinas, nuestras preguntas se vuelven más apremiantes: ¿De qué manera está este trabajo formando mi corazón y mi mente? ¿Está fortaleciendo mi relación con Dios y con mi prójimo? ¿Importa de alguna manera mi trabajo en este mundo?

Para contestar estas preguntas, muchos líderes y escritores contemporáneos de la iglesia describen las maneras en que el trabajo—pagado y sin pago—puede formar nuestras comunidades y bendecir a nuestro prójimo. Y eso es muy cierto. Pero también encontramos respuestas enriquecedoras entre hombres y mujeres del siglo cuarto y quinto, quienes vivieron en el desierto de Egipto, Palestina y Siria. Allá afuera en el desierto, las tareas más insignificantes toman un significado de mayor envergadura para el alma.

Papel de lija celestial

Para los grandes padres y madres del desierto, el trabajo con las manos era trabajo del alma. Cargaba significado eterno—en parte—porque Jesús lo honró en su vida encarnada, al trabajar como carpintero. El trabajo con las manos también muestra por adelantado la Segunda Venida, donde la nueva creación es la meta suprema de todos los propósitos de Dios (2 Pe. 3:13; Ap. 21:1-4). Los monjes de la antigüedad creían que las tareas diarias podían transfigurar la vieja creación de pueblo caído en la nueva creación de humanidad deificada por Cristo.

Las responsabilidades del diario vivir eran como el papel de lija celestial. Podían moldear el carácter, limpiar la impureza, y transfigurar a una persona de tal manera que reflejara la belleza de Cristo. Para los monjes, “el lugar de trabajo” era un huerto espiritual. Veían el trabajo no solo como el lugar en que labrábamos la tierra, sino donde la tierra nos labraba a nosotros.

Muchos de nosotros asumimos que la santidad se cultiva primordialmente escapando del trabajo monótono diario, tal como cuando nos vamos a algún retiro lejos de nuestra vida “normal.” Si tan solo pudiéramos orar en quietud, entonces podríamos experimentar la santidad de Dios y llegar a ser más como él. Algunos de los habitantes del desierto asumieron lo mismo—pero luego se arrepintieron.

Tome por ejemplo a Juan el Enano (339-409). En una historia tomada de sus primeros días en el desierto, le dijo a su hermano mayor, “Me gustaría estar libre de toda preocupación, como los ángeles, quienes no trabajan sino que ofrecen alabanza a Dios sin cesar.” Se quitó su manto y se fue al desierto.

Juan regreso una semana después. Cuando tocó a la puerta, su hermano le preguntó, “¿Quién eres?” “Soy Juan, tu hermano,” dijo él.

Su hermano dijo, “Juan se volvió un ángel, y por lo tanto ya no se encuentra entre los hombres.” Juan le rogaba diciendo, “Soy yo.” Pero su hermano no lo dejaba entrar, sino que lo dejó afuera angustiado hasta el siguiente día. Luego, abriendo la puerta, dijo, “Tú eres un hombre, y debes otra vez volver a trabajar para poder comer.” Juan se postró frente a él, diciendo, “Perdóname.”

Le tomó a Juan una semana de fracaso y una noche fría de meditación para aprender que, no importa qué tanto intentó escapar su mortalidad con toda su labor ordinaria, seguía siendo un ser humano que necesitaba ganarse su pan.

La meta del trabajo, la meta de la vida

La palabra misma pocas veces aparece en la literatura de los padres del desierto, pero teosis—que significa semejanza a Dios o deificación—se encuentra en el corazón de la teología sobre el trabajo de los padres y las madres del desierto. Ellos creían que nuestra vocación mayor no es el tipo de trabajo que hacemos, sino el tipo de personas que llegamos a ser al hacer dicho trabajo.

Teosis se asocia principalmente con la Ortodoxia Oriental, pero también tiene resonancia entre los católicos y los protestantes de diferentes tipos. Significa que Dios creó a los humanos con el fin de que maduraran llegando a ser cada día más y más como su Creador. Pero después de que Adán y Eva se desviaron de esta senda, Dios se hizo humano e hizo por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos: En Cristo, Dios restauró nuestra unión perdida con él mismo. Nosotros ahora podemos participar en la vida de Dios a través de la comunión con Cristo en el Espíritu Santo.

Nuestra vocación mayor no es el tipo de trabajo que hacemos, sino el tipo de personas que llegamos a ser al hacer dicho trabajo.

Esta unión transformadora ocurre a través de la adoración, la oración, la sumisión, y las obras de amor. Por gracia, nos convertimos en “divinos”—pero no en el sentido de que llegamos a ser el cuarto miembro de la Trinidad o adquirimos poderes divinos. Sino que, porque Dios se hizo humano en Cristo Jesús, nosotros podemos llegar a ser participantes de la naturaleza divina (2 Pe. 1:4). Teosis es un proceso de toda la vida por medio del cual apropiamos la semejanza a Cristo mientras avanzamos “de gloria en gloria” (2 Co. 3:18).

Teosis ofrece una manera antigua y poderosa para encontrar el propósito de Dios en nuestro trabajo diario. Nuestro lugar de trabajo no es tan solo un lugar paga ganarnos la vida, sino que puede convertirse en un lugar de redención. No es que el trabajo nos redima por medio de las obras mismas, como si de alguna manera pudiéramos ganarnos la salvación por el simple hecho de ser buenos y honestos en todos nuestros tratos. Sino que, el trabajo de cada persona es una tarea sagrada que le ha sido dada por la Providencia, con el fin de poder llegar a ser semejante a Cristo. Nuestras tareas y nuestras relaciones diarias se vuelven las manos de Dios para formarnos y hacernos semejantes a la imagen de su hijo amado. Teosis es la meta del trabajo, de la misma manera que es la meta de la vida.

Desierto mortal y tareas diarias

Por definición, el desierto es un lugar de muerte. La vida es escasa, el agua limitada.

El desierto fue un lugar donde el pueblo de Dios se arrepintió y donde sus pecados fueron perdonados. En el Antiguo Testamento, el desierto probaba el corazón y lo entrenaba para la obediencia (Dt. 8:2). En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote ponía sus manos sobre la cabeza del macho cabrío y lo mandaba a lo profundo del desierto, para nunca más regresar. En el Nuevo Testamento, el desierto es un lugar de guerra espiritual: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días, y era tentado por el diablo” (Lucas 4:1-2).

Los padres y las madres del desierto entendieron estas imágenes bíblicas. Es por eso que el desierto y sus paisajes inhóspitos proveyeron el ambiente externo para fomentar la labor interna de la santidad. Su lugar de trabajo los llamaba a morir a sí mismos. Era un lugar donde Dios obraba en ellos tanto como él obraba a través de ellos. A través de la guerra del corazón, las pasiones eran conquistadas y el fruto del Espíritu crecía. Plantar verduras o tejer alfombras no eran simplemente una manera de ganarse la vida; era una manera de integrar el trabajo del alma con las tareas cotidianas.

El desierto y nuestros lugares de trabajo son más semejantes de lo que quizás nos hayamos dado cuenta. El lugar en el que laboramos es donde nuestro carácter se forma y somos hechos semejantes a Cristo. Mucho de nuestro trabajo, especialmente las tareas más insignificantes, nos enseñan a arrepentirnos y a morir diariamente a nuestros pecados.

Lavar platos, limpiar la casa, y cocinar los alimentos son las manos de Dios que forman un ramo de virtudes piadosas en el corazón del que hace los quehaceres de la casa. Teosis—la semejanza a Dios—se desarrolla cuando al tener que lidiar con un cliente grosero en la tienda, el empleado aprende la gracia espiritual de la paciencia. Una naturaleza semejante a la de Cristo aparece silenciosamente en el corazón del doctor cuando sacrifica el sueño para ir a las 2 de la madrugada a atender de emergencia a uno de sus pacientes. Un obrero de fábrica gradualmente se convierte en una oración viviente mientras integra la monotonía de la línea de ensamblaje con el consejo de Pablo de “orar sin cesar” (1 Te. 5:17). Nuestro lugar de trabajo es una arena donde nos entrenamos para transformar nuestro quehacer diario en causas espirituales. Con frecuencia, o nos convierte en grandes santos o en grandes pecadores.

Cuando yo era vendedor de carros, estas verdades llegaron a ser tan reales para mí que cuando salía de casa partía diciéndole a mi esposa: “Barb, llegó el momento de que me vaya a mi monasterio. Dios me está esperando allí con el fin de trabajar en mi corazón y hacerme semejante a su hijo.”

Nuestra vida diaria es nada menos que una senda sagrada hacia el ser de Dios. Nuestra más importante tarea espiritual, por lo tanto, se encuentra en el lugar donde nos encontramos. Ese es el lugar donde labramos la tierra de nuestro trabajo, y donde la tierra de nuestro trabajo nos labra a nosotros. Es donde Dios nos encuentra, nos transfigura, y nos guía de gloria en gloria. Nuestro lugar de trabajo es nuestro monasterio.

Bradley Nassif es profesor de estudios bíblicos y teológicos en North Park University en Chicago, y autor de Bringing Jesus to the Desert [Traer a Jesús al desierto] (Zondervan).

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Posted:
June
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