Mi abuelo era predicador en Beaverdam, una iglesia bautista negra en Alabama. Periódicamente, cuando su ministerio lo separaba del púlpito, el pastor asociado tomaba su lugar. La broma en mi familia era que cada vez que el pastor asociado predicaba, elegía el mismo texto: Ezequiel y el valle de huesos secos (Ezequiel 37:1–14). En el pasaje, el Espíritu lleva al profeta a un lugar donde los restos de los muertos están esparcidos. Dios manda a Ezequiel a profetizar sobre ellos, y cuando lo hace, los huesos se vuelven a cubrir de carne y resucitan.

Según mi madre, el pastor asociado predicó sobre este pasaje durante siete años consecutivos. Cada vez que empezaba con "esos huesos", ella y yo nos mirábamos con una sonrisa bien conocida, mientras ahogabamos una risita. No obstante, cuando miro hacia atrás ahora, su decisión de volver a visitar esta historia una y otra vez no parece poco reflexiva o humorística. Parece prudente. Tal vez la visión de Ezequiel sea la respuesta a la pregunta más importante que podemos hacer, especialmente en este momento presente. ¿Qué hará Dios frente a obstáculos aparentemente insuperables? ¿Qué hará en un mundo rodeado de muerte?

En estos momentos, el mundo entero está convulsionando con la muerte, la enfermedad y el colapso económico. COVID-19 se ha llevado la vida de demasiados, y cierto miedo persiste mientras esperamos a que el virus se abra paso hacia nuestras comunidades. No nos queda mucho por hacer sino seguir el consejo de los profesionales, dar a los necesitados y orar por ellos, actualizar nuestras fuentes de noticias ...

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