Mi abuelo era predicador en Beaverdam, una iglesia bautista negra en Alabama. Periódicamente, cuando su ministerio lo separaba del púlpito, el pastor asociado tomaba su lugar. La broma en mi familia era que cada vez que el pastor asociado predicaba, elegía el mismo texto: Ezequiel y el valle de huesos secos (Ezequiel 37:1–14). En el pasaje, el Espíritu lleva al profeta a un lugar donde los restos de los muertos están esparcidos. Dios manda a Ezequiel a profetizar sobre ellos, y cuando lo hace, los huesos se vuelven a cubrir de carne y resucitan.

Según mi madre, el pastor asociado predicó sobre este pasaje durante siete años consecutivos. Cada vez que empezaba con "esos huesos", ella y yo nos mirábamos con una sonrisa bien conocida, mientras ahogabamos una risita. No obstante, cuando miro hacia atrás ahora, su decisión de volver a visitar esta historia una y otra vez no parece poco reflexiva o humorística. Parece prudente. Tal vez la visión de Ezequiel sea la respuesta a la pregunta más importante que podemos hacer, especialmente en este momento presente. ¿Qué hará Dios frente a obstáculos aparentemente insuperables? ¿Qué hará en un mundo rodeado de muerte?

En estos momentos, el mundo entero está convulsionando con la muerte, la enfermedad y el colapso económico. COVID-19 se ha llevado la vida de demasiados, y cierto miedo persiste mientras esperamos a que el virus se abra paso hacia nuestras comunidades. No nos queda mucho por hacer sino seguir el consejo de los profesionales, dar a los necesitados y orar por ellos, actualizar nuestras fuentes de noticias y redes sociales, y esperar los resultados de las pruebas junto con nuestros amigos, familiares y vecinos.

La sombría temporada de Cuaresma parece perfectamente adecuada para este momento. Este es un tiempo de lamento nacional. Pero mientras nos acercamos a la Pascua, ¿nos deberíámos atrever a decir más? ¿Nos deberíamos atrever a hablar de alegría y resurrección en un mundo que siente como si estuviera a la sombra de la muerte?

Si los profetas del Antiguo Testamento tienen algo que enseñarnos, es que precisamente en los momentos más oscuros de nuestra historia, necesitamos una esperanza divinamente inspirada y recién articulada.

Eso encontramos en el libro de Ezequiel. El profeta es parte del primer grupo que sale de Jerusalén después de que los babilonios toman la ciudad. Él vive con personas que han sufrido traumas profundos y han perdido a sus seres queridos por el asedio, y ahora su futuro está en manos de los mismos gobernantes extranjeros que destruyeron sus vidas. Gran parte de Ezequiel es un lamento por el pecado de Israel, que condujo al exilio, pero el libro también contiene pasajes que miran a la futura restauración de Israel por parte de Dios después de que el período de prueba haya terminado.

El más famoso de estos pasajes de restauración es la narrativa de los huesos secos en el capítulo 37. El punto de la historia es bastante claro: así como parecía imposible que cosas muertas resucitaran, también parecía imposible que Israel fuera restaurado. Pero Dios cumplió su promesa a los israelitas.

Por supuesto, tenemos que tener cuidado de no aplicar mal la historia de Israel a nuestra propia experiencia; sin embargo, nosotros, como cristianos, sabemos que la visión de los huesos secos no es meramente metafórica y que la fidelidad de Dios sí llama cosas muertas a la vida. Los israelitas sabían que la capacidad de Dios para salvarlos no tenía límites, por muy grave que fuera la situación. Cuanto más profundo el problema, mayor la gloria de la obra redentora de Dios. Para Ezequiel, entonces, el profundo sufrimiento humano tuvo un encuentro con las promesas de Dios, y el resultado fue una visión del futuro que permanece con nosotros hoy: huesos secos que cobran vida.

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Del mismo modo, en la tradición de la iglesia negra, los espirituales y los himnos que miran a un mejor futuro tienen poder precisamente porque fueron escritos cuando aún no éramos libres. Esas canciones eran una profecía, escrita en la sangre de nuestros antepasados y antepasadas, declarando que Dios tenía un futuro mejor para nosotros. Tal vez no ahora, pero algún día.

Parece, entonces, que el apogeo de la pandemia COVID-19 es precisamente el momento de hablar de la esperanza arraigada en las promesas de Dios. Estas promesas no se tratan de la economía estadounidense. Dios no ha hecho ninguna garantía en ese sentido. Él tampoco ha garantizado que todos sobreviviremos. No lo haremos. Entonces, ¿qué ha prometido? Que ni siquiera las puertas del infierno prevalecerán sobre la Iglesia. (Mateo 16:18)

No sé qué nos depara el futuro del cristianismo en las semanas y meses venideros. Pero sí sé, sin embargo, que la iglesia no será vencida por un virus. Sé que este no es el final, y sé que de hecho adoraremos juntos de nuevo.

Pero, ¿es posible decir aún más? ¿Es posible decir, como Ezequiel, que el intenso dolor de esta temporada puede conducir a una visión más grande de un pueblo revitalizado de Dios? ¿Es posible decir que al final de todo esto, no simplemente reanudaremos nuestro trabajo, sino que ampliaremos y creceremos la iglesia con confianza renovada en la providencia de Dios? Estoy ansioso de ver qué tipo de iglesia emerge de esta prueba. Ruego que sea gloriosa.

Esta esperanza de transformación de la iglesia es fundamental para el reino, pero la promesa más central para los cristianos es la derrota de la muerte por parte de Dios. Las palabras de Jesús en el aposento alto llegaron durante un tiempo oscuro en la vida de sus discípulos. Él sabía que el tiempo de su pasión se acercaba y que las cosas empeorarían antes de mejorar. Les dijo: "Ciertamente les aseguro que ustedes llorarán de dolor, mientras que el mundo se alegrará. Se pondrán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría." (Juan 16:20 NVI) No les estaba prometiendo que no llorarían. Les estaba prometiendo alegría al otro lado de su luto.

¿Cuál era la fuente de esta alegría venidera? Su propia resurrección. Entonces, ¿qué es lo que da esperanza a la Iglesia en medio de esta pandemia? La resurrección de los muertos y la vida eterna. Es la promesa de Dios, escrita en la sangre de su Hijo, que Él nos ama con un amor más fuerte que la muerte y que al final, Él nos llamará de la tumba para verlo como un amigo y no como un enemigo.

La celebración de la Pascua nos dice lo que está al otro lado de COVID-19 y al otro lado de todas nuestras pruebas: la vida con Dios. Este mensaje es necesario no porque estemos tropezando hacia el Domingo de Pascua como un pueblo de Dios disperso y asediado. Es necesario porque la verdad del Evangelio brilla más radiantemente en tiempos oscuros. "Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla". (Juan 1:5)

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Esta Pascua, no importa si no podemos estar juntos en nuestras iglesias locales. Todavía podemos gritar como un solo pueblo, "¡Aleluya, Cristo ha resucitado!" Dios escucha nuestros gritos triunfantes, no importa cuán obstaculizados estén por los temores del desempleo, la enfermedad y la muerte. Satanás y los poderes del mal también los oyen y tiemblan.

Incluso si estamos encadenados a nuestros hogares, el Evangelio permanece libre y continúa haciendo su obra. Nada, ni siquiera una pandemia, puede cambiar eso.

Esau McCaulley es un sacerdote en la Iglesia Anglicana en América del Norte y profesor asistente de Nuevo Testamento en Wheaton College. Es el autor del próximo libro Reading While Black: African American Biblical Interpretation as an Exercise in Hope (IVP Academic).

Traducido por Livia Giselle Seidel

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