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Durante 70 años, Colombia ha sido una nación en guerra consigo misma.

Guerrilleros marxistas, paramilitares derechistas, carteles del narcotráfico y las fuerzas armadas nacionales han desmembrado familias y han dejado una cicatriz en la conciencia del pueblo, generando un total de más de un millón de vidas perdidas y expulsando a más de ocho millones de personas de sus hogares tan solo durante la última generación.

A finales de 2016, y durante un breve periodo de tiempo, la comunidad internacional pensó que la violencia por fin había llegado a su fin cuando una delegación de guerrilleros de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) firmó un acuerdo de paz con el gobierno del entonces presidente Juan Manuel Santos.

Se tomaron fotografías y Santos recibió el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, las matanzas seguían.

En lo que va de este año, 68 masacres han tenido lugar en Colombia. Desde que se firmó el acuerdo de paz en La Habana, Cuba, más de 440 líderes comunitarios han sido asesinados. Muchos de estos líderes comunitarios eran pastores [cristianos], cuya resistencia a la violencia y activismo a favor de los campesinos desposeídos, así como del cuidado del medioambiente, los convirtió en blancos de los grupos armados.

Sus historias empiezan a darse a conocer, más recientemente en el documento “El rol de los evangélicos en el conflicto colombiano”, un informe entregado a la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad a inicios de este mes. Sin embargo, este informe clave, el cual es una crónica de eventos entre 1959 y 2016, no es más que la punta del iceberg.

Hace 1 800 años, Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia, señaló que el cristianismo había florecido a pesar de la persecución imperial salvaje, declarando de manera desafiante: “Nos multiplicamos cuando nos siegan. La sangre de los cristianos es semilla” (Tertuliano, Apologeticus 50.13). Ya que la sangre de creyentes ha mojado el suelo colombiano, con base en la lógica de Tertuliano, bien podríamos esperar que la fe en Colombia estuviera prosperando.

Sin embargo, tendríamos razón solo de forma parcial: la violencia en Colombia ha sido un crisol. Por un lado, purificando y galvanizando a algunos creyentes hacia una justicia extraordinaria y, por otro, fundiendo la fe del resto con agendas políticas que poco tienen que ver con el Mesías crucificado de Nazaret.

Este artículo da un vistazo a los dos lados del cristianismo colombiano, y observa que tienen mucho que enseñar a la iglesia estadounidense.

Valientes y compasivos en medio del conflicto

Más allá de las grandes ciudades colombianas, lejos de los políticos y fotógrafos, hay comunidades cristianas que han pasado décadas arriesgándose para cuidar de las víctimas del violento conflicto.

Una de estas comunidades es la Iglesia Cristo el Rey, que se congrega en un edificio ordinario, tostado por el sol, en el municipio de Tierralta, Córdoba. En 1996, la congregación se vio sumergida en la realidad del conflicto cuando 50 familias campesinas llegaron agotadas al municipio, guiando a sus perros y al poco ganado que pudo aguantar el viaje de 40 kilómetros desde su pueblo en las montañas. Expulsados de sus hogares por la guerrilla y sin ningún refugio, se sentaron exhaustos en la plaza de la ciudad, quemándose bajo el sol inclemente.

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Nadie recuerda exactamente quién fue quien les abrió las puertas de Cristo el Rey; el pastor estaba en una reunión cuando recibió el mensaje de que alguien había dado ingreso a los desplazados. Cuando llegó, ellos se habían instalado en el santuario, rodeados por sus animales y abrumados por el trauma. La iglesia decidió dejarlos quedarse.

La comunidad suspendió sus cultos (ya que el templo se había convertido en un campo de refugiados) y, como su pastor actual compartió conmigo: “Durante semanas, nuestro culto fue meramente sentarnos con ellos, escuchar sus historias y llorar juntos.” Después, la pequeña congregación de Cristo el Rey comenzó a construir, ayudando a crear nuevos asentamientos para las personas en situación de desplazamiento —un ministerio de compasión que costó las vidas de algunos de sus líderes jóvenes.

Eventualmente, algunas de las personas en condición de desplazamiento volvieron a las montañas, pero, en 2008, fueron violentamente expulsados de nuevo, esta vez por fuerzas paramilitares. Años después, se atrevieron a regresar una segunda vez.

Aquella comunidad actualmente es pastoreada por Marcos, una víctima del desplazamiento, cuyo hermano recibió nueve disparos durante el culto dominical a manos de unos guerrilleros, los cuales luego buscaron matarlo también. A pesar de ello, Marcos decidió volver a las montañas para servir a aquella comunidad herida, a sabiendas de lo que su decisión le podría costar.

Ahora Marcos y su esposa viven, con sus dos hermosas hijas, en una choza al lado de su iglesia. No tienen agua corriente. No tienen seguridad física. Ni siquiera tienen una puerta con cerradura. Pero están alimentando a sus ovejas, y el rebaño está creciendo.

¿Es la sangre de los mártires la semilla de la iglesia? A veces. Pero no siempre. Se necesita una perspectiva histórica más amplia.

De la solidaridad en la persecución a la polarización política

La historia de las últimas tres generaciones del protestantismo colombiano no se puede contar sin hablar del conflicto violento.

De 1948 a 1958, un periodo conocido hoy simplemente como La Violencia asoló Colombia. En la batalla entre el Partido Liberal y el Partido Conservador (y durante la siguiente década), la mayoría de los evangélicos se alinearon con los liberales, en gran medida porque el Partido Conservador estaba estrechamente vinculado con la Iglesia Católica. La persecución que los protestantes padecieron durante aquella época dejó una cicatriz que permanece en la conciencia evangélica de Colombia hasta el día de hoy.

Cuando la formación de una coalición entre los dos partidos supuestamente concluyó La Violencia, se formaron grupos guerrilleros marxistas —los más famosos de los cuales son las FARC y el ELN (Ejército de Liberación Nacional)—, teóricamente en aras de defender la causa de los campesinos oprimidos. Después, como reacción a las atrocidades cometidas por las guerrillas, se formaron grupos paramilitares de derecha, los cuales perpetraron aún más masacres que su contraparte guerrillera.

En las décadas de 1970 y 1980, los evangélicos gradualmente atenuaron su afiliación con el Partido Liberal, optando por una postura apolítica —en parte, a causa del alto precio que pagaron por su identificación política anterior—. Pero ser teóricamente apolíticos no los protegió: como lo observa el informe entregado a la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, facciones armadas tanto de la derecha como de la izquierda llegaron a sospechar que ellos colaboraban con grupos de ideología opuesta.

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Después de los eventos ocurridos al inicio de la década de 1990, un cambio drástico tuvo lugar. Como resultado de un acuerdo de paz con el grupo guerrillero M-19, se convocó la Asamblea Nacional Constituyente, y en 1991 se ratificó una nueva Constitución. Una consecuencia de este nuevo marco político fue la garantía de la libertad de conciencia y de culto, la cual fomentó el subsecuente crecimiento del protestantismo en el país.

Con el paso del tiempo, la iglesia evangélica se volvió un electorado más potente y comenzaron a formar partidos políticos pequeños. (Los protestantes actualmente representan por lo menos el 16% de la población colombiana). El informe indica cómo los protestantes empezaron a diversificarse políticamente y a polarizarse, una realidad que se volvió patente con el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz con las FARC que tuvieron lugar en La Habana.

La comunidad internacional quedó asombrada cuando, el 2 de octubre de 2016, Colombia votó en contra del Acuerdo de Paz con las FARC (con un margen de menos del 1%), decidiendo perpetuar la guerra de cincuenta años con el grupo guerrillero más antiguo del mundo.

La opinión nacional se dividió en líneas geográficas. Las regiones del país más afectadas por la violencia votaron a favor del referendo de paz, mientras que las menos afectadas y la mayoría de los centros urbanos (salvo Bogotá) votaron en su contra, en parte por temor de que los guerrilleros desmovilizados se trasladaran de la selva a las ciudades.

Las comunidades protestantes reflejaron esta fisura, y los evangélicos, especialmente las megaiglesias urbanas pentecostales, fueron actores clave en la victoria del voto en contra. Los pentecostales rurales y las denominaciones históricas —tales como los metodistas, luteranos y menonitas— mayoritariamente votaron a favor del referendo. [Véase la explicación de CT: Why Many Colombian Protestants Opposed Peace with FARC Fighters].

La lógica política (y el juego de manos) detrás del voto evangélico en contra fue revelador, especialmente porque emergió de nuevo dos años después en la elección del actual presidente, Iván Duque Márquez. (Duque representa la postura política y los intereses del popular expresidente Álvaro Uribe Vélez [2002-2010], conocido por su firme postura contra la guerrilla. Uribe actualmente está bajo investigación por presunta manipulación de testigos y ha sido acusado de vínculos con grupos paramilitares y de ser cómplice de violaciones contra los derechos humanos).

Tres componentes fueron especialmente decisivos en la movilización del voto evangélico en contra del referendo.

Primero, el Acuerdo de Paz fue percibido como una garantía de “impunidad” para los guerrilleros, como resultado de la promesa de "justicia restaurativa" en vez de "retributiva" para los que confesaran sus crímenes.

Segundo, se temía que el compromiso del acuerdo con la restitución de las tierras de las víctimas del desplazamiento forzoso abriría la puerta al “Castrochavismo”, un neologismo para dictaduras comunistas latinoamericanas al estilo de Cuba y Venezuela. Este término fue popularizado por el expresidente Uribe y demostró ser eficaz en 2018 cuando Iván Duque derrotó a Gustavo Petro (previamente un líder de la guerrilla M-19 y miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991).

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Tercero, políticos de derecha convencieron a los evangélicos de que un voto a favor del Acuerdo de Paz era una afirmación de los derechos LGBTI. Este juego de manos fue especialmente engañoso.

El Acuerdo de Paz justamente condena la victimización de numerosos grupos vulnerables en el conflicto y exige su protección en el futuro. (Reiteradamente enumera los siguientes grupos: mujeres, niños, adolescentes, adultos mayores, personas discapacitadas, grupos indígenas, campesinos, afrocolombianos, palenqueros, población Rom, la comunidad LGBTI y grupos religiosos minoritarios, entre otros). Tales referencias a la comunidad LGBTI en el acuerdo naturalmente fueron suficientes para despertar la preocupación de algunos evangélicos.

Sin embargo, el gobierno de Santos (2010-2018) cometió un error de cálculo fatal al nombrar a la exsenadora Gina Parody como Ministra de Educación y líder de la campaña por el referendo de la paz. La legisladora lesbiana fue un agente clave en la promoción de lo que se denominó “la ideología del género” en los colegios, una postura que galvanizó a los protestantes en su contra y, por extensión, contra el referendo.

Después de ser rechazado en el plebiscito, el Acuerdo de Paz fue revisado en diálogo con los miembros de la oposición y entonces fue aprobado por el Congreso colombiano (en vez de por votación popular). La nación entonces entró en un periodo de “posconflicto”. Pero la aclamación internacional que Santos recibió no bastó para ganar el sentimiento nacional.

En 2018, Duque fue elegido presidente, tras haber cultivado el voto evangélico y pentecostal. Duque se presentó a sí mismo como defensor de la libertad religiosa (en oposición al supuesto “Castrochavismo” y la “ideología de género” de sus adversarios), y como un líder fuerte, en la misma línea del expresidente Uribe, quien rehusó a prosternarse ante grupos guerrilleros.

La victoria de Duque resultó rápidamente en la removilización de un sector de fuerzas desmovilizadas de las FARC, y en el abandono de las negociaciones de paz por el grupo guerrillero ELN. De manera similar, grupos paramilitares de derecha, tales como el Clan del Golfo, intensificaron sus actividades, respondiendo al vacío de poder dejado por las FARC y muy posiblemente envalentonados por la victoria de Duque.

La violencia y la división de la nación continúan hasta el día de hoy, de modo que es difícil siquiera mencionar la palabra “posconflicto” sin ironía.

Aunque algunos evangélicos colombianos son campeones de la paz y del desarme, otros fueron oponentes claves del proceso de paz, y ciertamente no existe una perspectiva “protestante” única frente a la violencia en Colombia. Los días en que la experiencia de persecución inspiró la solidaridad evangélica han quedado atrás. Al contrario, las redes sociales colombianas revelan —y empeoran— una profunda polarización entre grupos protestantes.

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El temor y el reduccionismo ponen en peligro el testimonio cristiano

Muchos creyentes que conozco aquí en Colombia realmente me recuerdan a Jesús, por razón de su testimonio fiel y de sus cicatrices literales (Gal. 6:17); sin embargo, el cuerpo de Cristo en Colombia está sucumbiendo ante la autolesión de maneras que se parecen bastante a mi tierra natal, los Estados Unidos.

Con horror, observo cómo algunos cristianos en ambos países hipotecan sus testimonios por razones similares: el reduccionismo y el temor.

Numerosos evangélicos colombianos han caído en la trampa de reducir el cristianismo a un par de temas morales a los cuales dan prioridad sobre todos los demás: la ideología de género y el aborto. Como se indicó arriba, aunque los derechos LGBTI fueron meramente periféricos en el referendo de paz —el cual se enfocó primariamente en la restitución de tierras para los campesinos, el cese de la violencia, la protección de las mujeres y la búsqueda tanto de la verdad como de la justicia en los casos de violaciones contra los derechos humanos— la homosexualidad y “la impunidad” fueron más decisivas para el voto evangélico que el cuidado del campesino empobrecido o el fin de la violencia.

De manera similar, en los EE. UU., el santo grial de obtener una silla adicional en la Corte Suprema sigue siendo el factor determinante para muchos evangélicos, a expensas de otros temas éticos que también deben concernir a los cristianos (aunque grupos como “Pro-Life Evangelicals for Biden” ya están cuestionando semejante razonamiento).

Sin embargo, si los creyentes en América del Norte o del Sur deciden que la importancia indudable de dos asuntos morales justifica la tibieza frente a numerosos temas éticos importantes para Dios —la pobreza, los refugiados, la sostenibilidad ecológica, la injusticia racial, la violencia y la corrupción— entonces hemos optado, tal vez sin darnos cuenta, por subordinar las Escrituras a una tergiversación del “cristianismo” diseñada para encajar con un partido político en particular. Sin embargo, el Reino de Dios no se puede confundir con ninguna afiliación política.

Finalmente, el temor ha sido un arma poderosa en la batalla para cooptar a los evangélicos, tanto en Colombia como en los EE. UU. El espectro del “Castrochavismo” y “la ideología del género” encendió el activismo electoral de las iglesias colombianas. Asimismo, el temor al “socialismo” en los EE. UU. y la preocupación por el ocaso de la hegemonía cultural del cristianismo blanco han servido en gran medida para movilizar políticamente a los evangélicos.

El temor es la razón por la que Jerry Falwell, Jr. pudo tuitear sin ironía: "Los cristianos tienen que dejar de elegir ‘tipos amables’. Quizás sirven como grandes líderes cristianos, pero los EE. UU. necesitan peleadores callejeros" como el presidente Trump. El temor es la razón por la que Eric Trump se atrevió a declarar que su padre “literalmente salvó al cristianismo”, arguyendo: “Existe una guerra total contra la fe en este país, desde el otro lado”. El presidente Trump se presenta como un hombre fuerte que salvará a los fieles. Así, Eric Metaxas celebró la recuperación rápida del presidente de su enfermedad por COVID-19 al tuitear “¿Quién como él? Si yo fuera uno de sus detractores, creo que me daría por vencido justo ahora”. Aparentemente, Metaxas quería aludir a Éxodo 15:11 o al Salmo 113:5 —lo cual sería blasfemia, ya que aquellos textos hablan de Jehová—, pero es desconcertante notar las similitudes con Apocalipsis 13:3-4.

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Poniendo a un lado la exégesis de Twitter, estos comentarios revelan hasta qué punto los creyentes permitimos que el temor nos impulse a buscar la salvación en los brazos de líderes políticos poco parecidos a Cristo. Este no es un error que cometería un creyente como el pastor Marcos en las montañas de Córdoba; cada día, él pone la fidelidad al Evangelio por encima de su propia seguridad, prosperidad y temor.

En Colombia, y en los EE. UU., hay razones cristianas contundentes para ser miembros de los partidos liberales o conservadores. Nosotros los cristianos debemos tener fuertes convicciones sobre la libertad religiosa, la justicia racial, el desarrollo económico, el sistema de salud, la violencia, la migración, la educación, los niños no nacidos y los adultos mayores.

Los cristianos no podemos continuar siendo seducidos por políticos que manipulan nuestro temor y nuestra vanidad, y que nos convencen de reducir nuestra fe a un par de temas morales en conjunto con una cierta dominancia cultural.

Fuimos instruidos a ser prudentes como serpientes e inocentes como palomas (Mateo 10:16). Por el contrario, temo que en ambas naciones nos toman por tontos; tontos que son cada vez menos cristianos.

Christopher M. Hays es profesor de Nuevo Testamento en la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia en Medellín, donde también dirige el proyecto Fe y Desplazamiento, el cual es posible gracias al apoyo de la Templeton World Charity Foundation, Inc. Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no necesariamente reflejan la perspectiva de la Templeton World Charity Foundation, Inc., ni de la Fundación Universitaria Seminario Bíblico de Colombia.

Editado en español por Noa Alarcón y Livia Giselle Seidel

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