Las noticias han sido implacablemente desalentadoras desde comienzos del año pasado. Cualquier destello de luz se desvanecía sin más en medio de un número creciente de muertes por la pandemia, la depresión por el distanciamiento social, la violencia racial, la discordia política e incluso los vórtices polares. Con todo lo que hemos sufrido, resulta difícil atreverse a encontrar deleite alguno.

En una entrevista para el New York Times, el destacado sociólogo y columnista Zeynep Tufekci atribuyó [enlace en inglés] este pesimismo colectivo actual en parte al hecho de que tanto los medios de comunicación como los encargados de la salud pública fallaron al no sonar la alarma de la pandemia con anticipación. Las noticias ambiguas que llegaban de Wuhan, reiteradas por la Organización Mundial de la Salud, dieron a entender que no había transmisión del coronavirus entre humanos, a pesar de que la evidencia demostraba lo contrario. La intención era evitar una reacción exagerada y no incitar al pánico. El resquemor persistente por ese error ha avivado una melancolía continua y, recientemente, una minimización de los descubrimientos positivos, ya sea el descenso de las tasas de infección o la maravilla del desarrollo de la vacuna.

Las primeras predicciones [enlace en inglés] anunciaban que las vacunas tardarían entre doce y dieciocho meses en aparecer, con un objetivo modesto de un cincuenta por ciento de eficacia contra la infección. Aproximadamente un año después, no se ha logrado desarrollar una, sino cuando menos cuatro vacunas, algunas con un 95 por ciento de eficacia, un logro sin precedentes en la historia de la medicina. Esta Pascua llegó trayendo consigo una luz mucho más brillante. La mayoría de las iglesias aún no se reúnen libremente para los cultos, pero la seguridad de las vacunas y la esperada inmunidad de rebaño significan que volver a reunirnos es ahora una realidad imaginable.

No obstante, en vez de celebrar este notable logro de la humanidad, Tufekci señaló que los medios y los encargados de la salud pública se están moviendo con mucha cautela por temor a volver a desinformar. Así que se centraron en dar a conocer acerca de la amenaza de las nuevas variantes del virus, la necesidad de continuar utilizando mascarillas y la preocupación por lo desconocido, en vez de informar del impresionante hecho que sí sabemos: que las vacunas contra el COVID-19 son una defensa casi perfecta para no morir de la enfermedad.

Por supuesto, al final todos moriremos, pero es aquí donde no se deben minimizar las sorprendentes noticias de la Pascua. “Yo soy la resurrección y la vida”, dijo Jesús. “El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11:25-26, NVI). La versión parafraseada de The Message, en inglés, inserta un “al final” en este versículo para aclarar que Jesús no quería decir que no moriríamos en la tierra. Sin embargo, la vida eterna no está reservada solamente para el cielo. Pablo dejó claro que tenemos una vida nueva ahora (Romanos 6:4; Gálatas 2:20).

Los discípulos de Jesús creyeron con alegría estas buenas nuevas hasta que la situación se puso difícil. El arresto y el juicio de Jesús les causaron pánico, y huyeron para salvar sus vidas. Incluso después de su resurrección, los discípulos seguían reunidos en la clandestinidad, y restaron importancia al reporte de las mujeres que encontraron la tumba vacía, tachándolo de “tontería” (Lucas 24:11). Increíblemente, su falta de fe persistió incluso cuando el mismo Jesús resucitado se les apareció en persona (vv. 36-37). La resignación y la desesperanza, al menos, coinciden con la lúgubre realidad. Los humanos solemos minimizar las buenas noticias como un modo de protegernos contra la decepción.

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Según la investigación de Pew Research [enlaces en inglés], tres de cada diez estadounidenses (el 28 %) afirmaron el pasado mes de enero tener una fe más fuerte a causa de la pandemia. El informe no distingue entre religiones, ni indica cuántos estadounidenses ya tenían una fe que fortalecer. Pero, si los estudios actuales sirven como indicativo, más de un setenta por ciento de los estadounidenses dicen ser cristianos, lo cual significa que hay muchos cuya fe no se ha fortalecido debido a la pandemia.

La fortaleza en medio de la adversidad es una marca del discipulado cristiano, si bien es cierto que la adversidad persistente también puede amenazar la fe cuando continúa incrementando en severidad. El discípulo Tomás, tras haberse perdido la primera aparición del Jesús resucitado, es conocido por haberse negado a creer a menos que pudiera verlo por él mismo. Jesús apareció de nuevo y entonces, como mensaje para el resto de nosotros, dijo: “Dichosos los que no han visto y sin embargo creen” (Juan 20:24-29).

Sabiendo que sus discípulos seguirían batallando con la incredulidad y, por extensión, también el resto de nosotros, Jesús sopló sobre ellos el Espíritu Santo (v. 22). Es el Espíritu Santo quien le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios (Romanos 8:16), y que “en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros” (v. 18).

Al ser voluntario en una residencia de ancianos, recibí mi vacuna a comienzos de la cuaresma. Hice fila con muchas personas que esperaban con ansia regresar a la vida anterior. Salí por las puertas de la clínica no solo con inmunidad, sino con cierta sensación de ligereza y valor. No solo estaba dispuesto a recuperar mi vida anterior, sino que sentí la fuerza para amar, servir y deleitarme en la nueva vida, sin importar los problemas que vengan.

Si tal es el caso con meras vacunas, ¿cuánto más con el Espíritu Santo que nos asegura una vida eterna?

Daniel Harrell es editor ejecutivo de Christianity Today.

Traducción por Noa Alarcón

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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