Cuando sufrimos, puede que por fuera aparentemos estar «descansando en Dios», aceptando todo lo que Él nos da. Pero lo que luce como descanso, en realidad puede esconder una resignación espiritual peligrosa y mortal. La verdad es que hemos perdido la esperanza y hemos puesto el retrato de Jesús en el rostro de nuestra desesperación.

Después de la muerte de mi pequeño Paul, lo que a otros les pareció descanso era en realidad una máscara de resignación. Le había rogado a Dios que salvara la vida de mi bebé, pero igual murió mientras yo oraba. En los días que siguieron a su muerte, planeé su funeral, hablé de la bondad de Dios y dije palabras de sana teología: teología en la que creía. Dije que estaba descansando, confiando y manteniéndome firme en las promesas de Dios, pero por dentro, en realidad estaba alejando mi rostro de Él.

Estaba demasiado avergonzada para admitir ante los demás, e incluso ante mí misma, lo decepcionada que estaba de Dios, así que adormecí el dolor con trivialidades que quería creer mientras alejaba mi corazón del Señor. Mi una vez vibrante fe pronto se convirtió en apatía y falta de oración porque había perdido la esperanza de que Dios estuviera escuchando.

Meses después, desesperada, finalmente clamé a Dios de nuevo. No tenía ningún otro lugar adonde acudir. Dios me recibió en mi desaliento y me atrajo hacia Él. Sentí una nueva libertad al ser completamente abierta con Él, así que comencé a expresar mis temores, a escribir mis preguntas en un diario y a orar con los Salmos mientras procesaba mi dolor. Esta temporada de lucha con Dios en oración finalmente volvió a comprometer mi corazón. En lugar de respuestas, encontré descanso en Dios mismo y una paz más allá de mi propia comprensión. Mi viaje de lucha en oración en medio del sufrimiento es lo que finalmente me llevó de la resignación desesperada a la confianza verdadera.

La razón para luchar

Luchar en oración es clamar a Dios, pedir lo que necesitamos, sin retener nada. No es pelear con Dios, sino aferrarse a Él, esperar a que responda y negarse a soltarlo o a mirar hacia otro lado. Agustín escribió en sus Confesiones: «La mejor disposición para orar es la de estar desolado, abandonado, despojado de todo». Cuanto más desesperados estamos, más ferviente y específicamente oramos. Cuando vemos que solo Dios puede cambiar la situación que enfrentamos, caemos de rodillas, decididos a no rendirnos hasta que Él responda.

Cuando mi primer esposo abandonó a nuestra familia, le supliqué a Dios día y noche que se arrepintiera. Cuando me diagnosticaron síndrome pospoliomielítico, le supliqué a Dios que prolongara y aumentara mi fuerza. Cuando mi hija se volvía cada vez más rebelde durante la adolescencia, le pedí a Dios que cambiara su corazón. No solo pedía estas cosas. Suplicaba, a veces con el rostro en tierra, a menudo con lágrimas, varias veces al día. Nadie tenía que recordármelo. Estaba desesperada por la ayuda de Dios.

La Escritura constantemente apunta hacia este tipo de oración intensa, decidida y combativa. Jacob luchó con Dios toda la noche, declarando: «No te dejaré ir a menos que me bendigas», y su tenacidad le valió un nuevo nombre: Israel, que significa «él lucha con Dios» (Génesis 32:26-28). Ana con frecuencia clamaba amargamente al Señor pidiendo un niño; después de muchos años de infertilidad, Dios le dio un hijo (1 Samuel 1:9-20). David a menudo luchaba con Dios en oración, y sus salmos están llenos de peticiones urgentes y a menudo frenéticas que Dios respondió (Salmos 6, 22, 69).

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Jesús elogió la oración constante en su parábola de una viuda persistente que clamaba tenazmente a un juez injusto pidiéndole justicia contra su adversario (Lucas 18:1-8). Debido a sus continuos pedidos, a su voluntad de presionar hasta el punto de ser molesta, fue recompensada. Jesús concluyó su parábola diciendo: «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia». Dios nunca nos deja a un lado. Dios nunca se cansa de nuestras peticiones y nunca ignorará nuestras súplicas. Nuestro clamor siempre logra algo.

Piense en lo que significa llorar para los bebés. Es una respuesta natural a la necesidad. Los bebés que no gritan cuando tienen hambre o están mojados por lo general es porque han sido descuidados; han aprendido que sus sollozos son inútiles y no cambiarán nada. Pero cuando un bebé llora, ese llanto es una afirmación instintiva de que alguien responderá a sus necesidades. Este es el corazón detrás de la lucha en oración. Cuando luchamos, en nuestro dolor y nuestra necesidad, reconocemos que confiamos en que Dios nos escuchará y responderá a nuestro clamor.

Donde las cosas pueden salir mal

Tanto luchar en oración como descansar en oración pueden tener peligros inherentes. El problema está en luchar sin confianza y en descansar sin luchar. Cuando luchamos sin confianza, somos veraces con nosotros mismos sin reconocer la verdad de Dios. Y cuando descansamos sin luchar, somos veraces con Dios sin ser veraces con nosotros mismos. Ambos pueden conducir a la dureza del corazón.

Aunque el Señor nos invita a luchar en oración, esto no nos da derecho a exigir la respuesta que queremos, como si Dios estuviera en deuda y debiera cumplir nuestras órdenes. Cuando las personas oran con este tipo de mentalidad, la oración sin respuesta puede hacer que se alejen de Dios con ira y hostilidad, cuestionando la bondad, el poder o incluso la existencia de Dios. Sienten que su lucha es inútil y se alejan desilusionados.

Por el contrario, rehusarse a luchar con Dios en medio del sufrimiento, y en su lugar decir palabras piadosas, trivialidades religiosas y mostrar un falso gozo externo, a menudo puede ocultar un corazón que ha perdido la esperanza y está lejos de Dios. Este llamado «reposo en oración» también puede ser una excusa para la pereza espiritual, para oraciones breves y desapegadas, sin corazón ni vitalidad. Son las que Charles Spurgeon llamó «oraciones con la punta de los dedos» en El poder de la oración en la vida del creyente, oraciones que describe como «esos delicados toquecitos fugitivos a la puerta de la misericordia», peticiones que son más bien para exhibir o por obligación, sin ninguna expectativa de una respuesta.

Lo que esperamos de Dios puede ser la clave para discernir el verdadero descanso en oración del falso descanso. ¿Nuestro descanso nos aleja pasivamente de Dios porque hemos renunciado a toda esperanza de que Él responda? ¿O nuestro descanso nos acerca activamente a Él porque en el fondo sabemos que siempre responde con lo mejor, incluso si no lo entendemos? He experimentado ambos. Después de la muerte de Paul, mi «descanso» fue una fachada de desconfianza pasiva y desesperanza; pero después de que mi primer esposo se fue, mi descanso en Dios surgió de la confianza activa y la esperanza eterna.

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La razón para descansar

Mientras que el tipo de falso descanso que he descrito nos aleja de Dios, el verdadero descanso nos acerca a Él. Isaías 26:3 nos recuerda: «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado» (RVA-2015). El descanso requiere confiar activamente en Dios, manteniendo nuestras mentes en Él.

El verdadero descanso viene de Dios y se encuentra solo en él. «Solo en Dios reposa mi alma», declaró David (Salmo 62:1). Jesús nos insta a acercarnos a él y encontrar verdadero descanso para nuestras almas (Mateo 11:28-29). Descansar en Dios en oración trae paz sobrenatural y calma interior, pues tranquiliza nuestras almas ante Dios como un niño destetado en su presencia (Salmo 131:2).

La presencia de Dios es nuestro descanso. El Señor le dijo lo mismo a Moisés cuando estaba preocupado por el futuro: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éxodo 33:14). Cuando sabemos que el Señor está con nosotros, podemos dejar de preocuparnos por el presente o el futuro y podemos entrar en su descanso, confiando en que Él nos protegerá y proveerá para nosotros. Esta paz en la presencia del Señor es activa, no pasiva, y es la consecuencia que viene de elegir confiar, acercarse a Dios en oración y entregarse a su voluntad.

El verdadero descanso viene después de la lucha

La Escritura subraya que el verdadero descanso y la paz en medio del sufrimiento a menudo provienen de pedir y luchar en oración. En Filipenses 4:6-7, Pablo nos exhorta a no estar ansiosos, sino a orar por todo. Solo después de haber derramado nuestras peticiones ante el Señor, su paz sobrenatural nos rodeará. Pablo sabía esto por experiencia personal con el sufrimiento. En Segunda de Corintios 12:7-10, suplicó al Señor tres veces que le quitara el aguijón en la carne. Dios no le quitó el aguijón, pero le mostró a Pablo que su debilidad era una oportunidad para descansar y jactarse de la fuerza de Dios.

En Lamentaciones 3, Jeremías clamó a Dios al sentirse desolado, amargado y sin esperanza. Expresó una de las quejas más angustiosas y desesperadas de toda la Escritura, diciendo: «Edificó baluartes contra mí, y me rodeó de amargura y de trabajo … Aun cuando clamé y di voces, cerró los oídos a mi oración … Torció mis caminos, y me despedazó; me dejó desolado» (vv. 5, 8, 11, RVR1960). Pero cuando Jeremías recordó el carácter de Dios, se atrevió a esperar a que el amor y la misericordia de Dios lo liberaran. Declaró: «Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré» (vv. 22-24). Después de que Jeremías se lamentó y luchó en oración, descansó.

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Cuando luchamos en oración con fe, descubrimos los tesoros escondidos de la gracia de Dios. No es una fe débil lo que nos lleva a luchar y a pasar noches sin dormir en oración, sino una fe lo suficientemente fuerte como para creer que Dios mismo nos encontrará y nos responderá, que no es indiferente a nuestros gritos, sino que está moviendo cielo y tierra en respuesta a nuestras súplicas. En Getsemaní, los discípulos se durmieron, sin darse cuenta de lo que estaba por suceder. Su descanso nació de la ignorancia y la debilidad. Mientras tanto, Jesús luchaba con Dios, orando con tal agonía que su sudor era «como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lucas 22:44) mientras le pedía a su Padre que le librara del sufrimiento inminente. Después de pedir, Cristo aceptó voluntariamente la respuesta del Padre, confiando en que Dios haría lo mejor.

El descanso bíblico en el sufrimiento comienza con la lucha. No podemos entregarnos por completo a Dios en oración, descansando en él, sin primero participar en la lucha por la fe. Cuando luchamos en oración, confiamos en que Dios está logrando algo a través de nuestras oraciones, cambiándonos en el proceso, e invitándonos a un encuentro con Él que cambiará nuestra vida. Luchamos para que nuestras oraciones sean contestadas, y luchamos cuando nuestras peticiones de oración son denegadas, las cuales eventualmente darán paso al verdadero descanso en el Señor. Este descanso activo es lo que anhela nuestro corazón; como dijo Agustín: «Nos has hecho para ti, oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Vaneetha Rendall Risner es escritora y oradora. Su último libro es Walking Through Fire: A Memoir of Loss and Redemption.

Traducción por Iván Balarezo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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