Al crecer, estaba enojada con Dios. Para mí, era desalmado o distante, si es que siquiera existía. De cualquier forma, no quería tener nada que ver con él.

Mi historia comienza en India, donde contraje polio antes de recibir la vacuna cuando era bebé. Por error, los médicos me dieron cortisona para bajar mi fiebre alta, permitiendo que el virus se extendiera por todo mi cuerpo, lo que me dejó paralizada en cuestión de días. Los médicos alentaron a mis padres a salir de la India en busca de mejor atención médica, así que nos mudamos a Inglaterra y luego a Canadá. Mi primera cirugía fue a los dos años y pasé por un total de 21 cirugías importantes durante mi niñez. No aprendí a caminar sino hasta que tenía siete años.

Lo que en aquel entonces era el Hospital Shriners para Niños Lisiados en Montreal fue para mí como un segundo hogar. Mis estancias allí se extendieron durante meses en varias ocasiones, una de las cuales se extendió por nueve meses, en los que estuve en una escayola de yeso corporal. Aproximadamente una docena de otras niñas vivían en la misma sección del hospital. Solo podíamos ver a nuestras familias los fines de semana durante las breves horas de visita.

Sin padres alrededor para guiarnos, crecimos solas, inventando nuestras propias reglas y suposiciones sobre la vida. Aprendimos a hacer lo que nos pidieran las enfermeras, todo con tal de no recibir comida fría, el último baño de esponja, o que nos dejaran de hablar. Como no había nadie que escuchara nuestras quejas, todas aprendimos a reprimir nuestros sentimientos y a hacer lo que se nos decía.

Una oportunidad a Dios

Recuerdo vívidamente a mi amiga Belva, una de las pocas chicas de la sala que podía moverse y que jugaba a las Barbies conmigo en mi cama. Un día se enfermó y permaneció así durante algunas semanas. Luego, desapareció de repente. Al día siguiente, sacaron sus cosas de su mesita de noche y rehicieron su cama. Cuando pregunté dónde estaba Belva, me dijeron con dureza que me ocupara de mis propios asuntos. Nadie volvió a mencionarla. Quizás era demasiado joven para entender lo que había sucedido, pero la pérdida me endureció por dentro.

La vida fuera del hospital era aún más dura. Los niños se burlaban de mi pronunciada cojera, imitando mi forma de caminar. Mis compañeros de clase me acosaban con frecuencia. Una vez, un grupo de niños me arrojó piedras hasta que me derribaron mientras me llamaban “lisiada”. Me acostumbré a esa palabra.

En cuarto grado, finalmente hice una buena amiga. Una tarde, accidentalmente la escuché hablar con la maestra sobre mí. “¿Tengo que quedarme con Vaneetha en la excursión?” Ella susurró. “No quiero empujarla en la silla de ruedas o caminar lentamente con ella todo el día. ¿No puede alguien más ser su amigo por una vez?”

Después de eso, procuré mantener mi distancia de los demás, hasta que descubrí A Christmas Carol [Un cuento de Navidad] de Charles Dickens y noté cómo todos amaban a Tiny Tim, el pobre chico “lisiado”. Cuando estaba alegre y sin quejas, la gente me elogiaba, al igual que a Tiny Tim. Muy pronto se convirtió en el nuevo rostro de mi personaje. La gente empezó a verme como una niña dulce y valiente, con excepción de mi hermana, la única persona a la que sometía a sarcasmo mordaz y comentarios despectivos. Ella sola soportó la peor parte de mi ira y amargura.

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En la escuela secundaria, comencé a asistir a las reuniones de la Comunidad de Atletas Cristianos [Fellowship of Christian Athletes, FCA por sus siglas en inglés] porque todos los chicos populares estaban allí. Una amiga y yo nos sentábamos en la parte de atrás y hablábamos de los chicos. A ninguna de las dos le importaba mucho Dios. Pero un fin de semana ella se fue de retiro y cuando regresó, me dijo emocionada que Dios era real. Indiferente, le pedí que dejara de hablar de Dios.

Pero mi petición no logró mucho. Ella continuó diciéndome lo que estaba aprendiendo acerca de Dios y me preguntaba qué pensaba sobre las reuniones de la FCA. No me importaban los mensajes, apenas si prestaba atención, pero sí me preocupaba que ella se estaba volviendo más popular que yo. Y me preguntaba por qué todos hablaban de Dios como si lo conocieran. Así que una noche, mientras me dormía, simplemente dije: “Dios, si eres real, por favor muéstramelo”.

A la mañana siguiente, me desperté y decidí darle una oportunidad a este Dios. Al abrir la Biblia por mi cuenta por primera vez, comencé a leer Levítico, preguntándome qué importancia podría tener ese libro para alguien.

Antes de cerrar la Biblia, le hice una pregunta a Dios: “¿Por qué? ¿Por qué me pasó esto a mí, si es que eres real y se supone que eres bueno?”. Volví a abrir la Biblia al azar en Juan 9 y leí: “A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: —Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres? —Ni él pecó, ni sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida” (vv. 1-3, NVI).

Me senté en mi cama, sorprendida. Los discípulos estaban haciendo las mismas preguntas que yo. Pero Jesús cambió el enfoque de quién tenía la culpa al propósito para el que servía, lo que significaba que la ceguera del hombre era un privilegio, no un castigo. Parecía que Dios me estaba animando a aceptar mi discapacidad como una oportunidad para que Él mostrara sus obras.

La Biblia finalmente tenía sentido, así que seguí leyendo, ansiosa por ver si había algo más que pudiera ser relevante para mí. La historia de Lázaro me intrigó, y Juan 12:43 trajo mi pecado a la luz cuando Jesús dijo que los fariseos “preferían recibir honores de los hombres más que de parte de Dios”. Jesús estaba hablando de mí: la alabanza que recibía con mi acto de Tiny Tim me llenaba el alma. Todo el mundo pensaba que yo era amable y afable.

Pero Dios veía más allá de mi angelical exterior. Me sentí conocida, comprendida y amada incondicionalmente, una combinación que me consoló y a la vez me aterrorizó. Sobrecogida por la emoción y el sentimiento, me arrodillé al lado de mi cama y entregué mi vida a Cristo. Tenía 16 años.

Verdadera sanación

No le conté a mi familia sobre mi conversión porque pensé que no lo entenderían. Aunque había crecido en una familia que iba a la iglesia, nunca había hablado de mis dudas o mi enojo con Dios con nadie, así que asumí que nadie lo sabía.

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Fue un momento conmovedor cuando, dos años después, mi madre me pidió que diera mi testimonio a la clase de escuela dominical que ella estaba enseñando. Mientras hablaba, las lágrimas corrían por su rostro, y luego me dijo tres cosas que nunca olvidaré. Primero, ella y mi hermana sabían que había entregado mi vida a Cristo porque yo había cambiado radicalmente. Mi hermana lo notó primero, al ver que mis bromas crueles fueron reemplazadas por amabilidad genuina.

En segundo lugar, mi madre me dijo que cuando contraje polio estaba devastada y se culpaba a sí misma. Preguntándose qué había hecho mal, encontró gran consuelo en ese mismo relato de Juan sobre el hombre ciego de nacimiento.

Y por último, recordó que durante un período de desesperación acerca de mi futuro, sintió que Dios le dijo que me sanaría a los 16 años. Había asumido que esto implicaría una curación física milagrosa, pero mi testimonio le había recordado que la verdadera sanación viene a través de conocer a Cristo.

Esa mañana cuando lo conocí, en realidad no entendí completamente todo lo que Dios me había mostrado. Pero la convicción de que Dios puede usar mi sufrimiento para su gloria me ha sostenido desde entonces. Como adulta, he soportado la pérdida de un hijo pequeño después de que un médico le retiró el medicamento que lo mantenía con vida. Mi salud ha seguido deteriorándose con síndrome pospoliomielítico, el cual podría dejarme tetrapléjica. Perdí un matrimonio de 20 años cuando mi primer esposo me dejó por otra persona.

Aunque le supliqué a Dios que me quitara estas pruebas, Él me ha dado algo inconmensurablemente mayor: el tesoro de su presencia. Con cada dolor en el corazón, Él se acerca aún más, usando mi debilidad para mostrar su fuerza.

Vaneetha Rendall Risner es una escritora que vive en Raleigh, Carolina del Norte. Es la autora de Walking Through Fire: A Memoir of Loss and Redemption.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

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