Mi padre murió en octubre del año pasado. Su primer aniversario luctuoso fue aún más doloroso que el mismo día de su muerte. Supongo que es porque, cuando sucedió, me sumergí de inmediato en diversas actividades (la redacción de un obituario, la preparación de un elogio y todo lo que conlleva un funeral). Un año después, ninguna de esas cosas estuvieron presentes: simplemente el hecho de que se había ido. Con toda la reflexión que he llevado a cabo durante el tiempo que ha pasado desde su partida, me he dado cuenta de una cosa de la que nunca me había percatado antes: mi padre me enseñó a amar a los exevangélicos.

«Exevangélico» es el término general para referirse a las personas que se han alejado desilusionadas y, en ocasiones incluso traumatizadas, del cristianismo evangélico estadounidense. La palabra es realmente resbaladiza porque puede incluir a todos: desde los feligreses ortodoxos comprometidos que simplemente ya no usan la palabra evangélico a causa de todas las tonterías que han visto suceder bajo ese nombre, hasta aquellos que realmente se han apartado de la fe por completo.

Uno de los días más difíciles de mi vida fue cuando, a la edad de 21 años, tuve que decirle a mi padre que pensaba que Dios me estaba llamando al ministerio cristiano. Supongo que se sintió cómo se sentiría decirles a los padres de uno que uno ha sido arrestado o que uno ha decidido ejercitar sus dones en la cocina de metanfetaminas. Lo sentí de esa forma porque sabía que mi padre no lo aprobaría.

A diferencia de algunas personas que he conocido, no fue porque mi padre estuviera en contra de la iglesia o la religión; él no lo estaba. Y no fue porque me estuviera presionando de alguna manera para que «tuviera éxito» de tal manera que consiguiera ganar mucho dinero. Él nunca hizo eso. Cuando finalmente me armé de valor para contárselo a mi padre (creo que la noche anterior a que lo anunciara en mi iglesia), respondió mejor de lo que pensé. Dijo: «Desearía que no lo hicieras; no quiero verte herido».

Mi papá era hijo de un pastor.

Con los años, la región de los Estados Unidos comúnmente conocida como «El cinturón de la Biblia» se convirtió en una fuente de consternación y crisis espiritual; pero no sucedió lo mismo con la iglesia. Para mí, mi iglesia significaba un hogar, un sentido de pertenencia y aceptación. Si en algún momento huelo algo similar al olor del vestíbulo de mi iglesia o al salón de una escuela dominical, o esas galletas de la escuela bíblica de vacaciones, inmediatamente me calmo. Cada vez que los escucho, los himnos que cantamos juntos semana tras semana, tras semana, traen a mi mente cualquiera que sea la palabra para llamar algo opuesto al trauma. Pero yo no había crecido en una casa propiedad de la iglesia: mi padre sí.

Su padre fue su héroe. Aunque mi abuelo murió cuando yo tenía cinco años, siempre crecí en torno a su reputación. Había sido pastor de mi iglesia local; la mayoría de las personas que me enseñaron en la escuela dominical o que dirigieron mi grupo de jóvenes o que cantaron en nuestro coro habían sido guiadas a Cristo por él o bautizadas por él o casadas por él. Todos lo veneraban, y ninguno de ellos más que mi padre. Sin embargo, él era el subtexto de la conflictiva relación de mi padre con la iglesia.

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Esa noche, hablando de mi llamado al ministerio, mi padre dijo: «Voy a decir esto esta única vez, y luego nunca lo volveré a decir. Te apoyaré completamente, lo que sea que decidas hacer. Pero desearía que no lo hicieras. Simplemente no quiero que te lastimen de la forma en que lastimaron a mi papá».

La desilusión de mi padre con la iglesia nunca pareció encajar conmigo. Mi abuelo no parecía haber sido «herido» por nadie. Escuché sus sermones en casete y escuché a las personas a mi alrededor hablar sobre él. En todo caso, parecía entusiasta y lleno de energía. Pero mi padre no estaba hablando de un gran problema, sino de mil y un pequeños problemas. Él había observado de cerca el darwinismo y el maquiavelismo que pueden ocurrir incluso en las congregaciones más pequeñas. No estoy seguro de que tales cosas hayan siquiera afectado a mi abuelo. Pero tenía un hijo que estaba mirando.

Mi papá cumplió su palabra. Nunca dijo una palabra más sobre el hecho de que deseaba que no lo hiciera. Nunca. Siempre estaba allí si yo predicaba en cualquier lugar cercano a él. Estuvo allí para mi ordenación. Cuando hubo múltiples oportunidades para decir: «¿No te lo advertí?», nunca lo hizo, ni una sola vez.

Pero de lo que me doy cuenta ahora es que juzgué duro a mi padre por lo que vi como una espiritualidad deficiente: yo no sabía lo que era experimentar lo que él había experimentado.

Él a menudo iba a la iglesia (por largos períodos de tiempo) pero su asistencia a menudo disminuía y luego desaparecía. La única vez que discutí con mi padre —literalmente, la única vez— fue cuando siendo un adulto joven hice un comentario sarcástico sobre su irregular asistencia a la iglesia. Digamos que no estaba contento, y me di cuenta de que había una razón por la que nunca había entablado un debate con mi padre antes (o desde entonces). Pero recuerdo que en esa discusión él dijo algo como: «Tú no has visto lo que yo he visto». Y, de hecho, tenía razón.

Cuando ya era un adulto, le pregunté a mi abuela por qué había insistido en que estuviera con ella en la iglesia cada vez que las puertas estaban abiertas: escuela dominical, servicios de adoración, reuniones de capacitación, eventos de los Embajadores Reales, reuniones de oración de los miércoles por la noche, etc. Ella dijo: «Quería que fueras cristiano». Le pregunté por qué también había insistido en que nos saltáramos la reunión del miércoles por la noche una vez por mes, explicando simplemente: «No hay iglesia esta noche; es una reunión de negocios». Ella dijo: «Porque quería que fueras cristiano». Ella no quería que yo viera el tipo de carnalidad que podría estallar en una reunión de negocios de una congregación bautista.

Mi papá, sin embargo, nunca tuvo esa opción. Las reuniones de negocios venían a él. Estaban en su sala de estar, en la mesa de su cocina, y sabía que en cualquier momento una reunión de negocios que saliera mal podría resultar en la pérdida de su hogar, sus amigos y su escuela, y terminar en un lugar completamente nuevo. Quizás incluso más que eso. Él pudo ver al hombre al que veneraba cercenado por las críticas y aún con una sonrisa en su rostro, solo para verlo después en las habitaciones del hospital de esas mismas personas, y finalmente pararse sobre sus ataúdes para recitar palabras de consuelo cuando morían. Yo nunca tuve que ver eso.

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Nunca pensé en todo eso sino hasta que mi hijo de 15 años le preguntó a mi esposa a principios del 2021 si yo había tenido un fracaso moral tras haber escuchado de las acusaciones que me llamaron «liberal» por no apoyar a un político que creo que no es apto, «teórico crítico de la raza» por decir que los afroamericanos están diciendo la verdad cuando dicen que la injusticia racial sigue siendo un problema, y que debo estar siendo financiado por George Soros porque creo que el sistema de inmigración debe arreglarse.

Invité a mi hijo a que me acompañara a una de esas «reuniones de negocios» en las que leían sus quejas contra mí. Cuando salimos, dije: «¿Qué te pareció?» Dijo: «Toda esa asamblea estaba tan enojada y fue tan estúpida. ¿Por qué queremos ser parte de eso?».

No tuve una buena respuesta. Pero las resoluciones que hice en ese momento, mientras lo miraba a los ojos, incluyeron dos cosas. La primera fue que mi hijo nunca tendría que volver a preguntar si su padre había fallado moralmente a causa de las maquinaciones de tales personas. Y la segunda, fue que me iba a asegurar, en la medida de lo posible, de que mis hijos nunca tuvieran que ver la iglesia de la forma en que mi padre tuvo que verla.

Solo en los últimos meses me di cuenta de cómo, a pesar del hecho de que amaba y veneraba a mi padre, en este punto en particular yo lo había juzgado de más. Atribuí a una espiritualidad deficiente lo que, en su mayor parte, era en realidad resultado del dolor. No es que mi padre tuviera una baja percepción de la iglesia: era que tenía en alta estima a su papá.

Apenas la semana pasada, tuve múltiples conversaciones con personas que crecieron en iglesias evangélicas, algunas de las cuales habían estado muy comprometidas y dedicadas. Y habían sido heridos. Vieron a su iglesia volverse contra ellos porque nunca adoptarían como parte de las Escrituras alguna ideología política o culto a la personalidad. Algunos habían visto a personas en las que confiaban resultar ser personas fraudulentas o incluso depredadores.

Ninguno de ellos se marchó porque quisiera ganarse el favor de las «élites» o porque quisieran rebelarse. En todo caso, la postura de muchas de estas personas no era la del hijo pródigo en el lejano país, sino más bien la del padre, esperando en el camino a un pródigo al que amaban y querían abrazar de nuevo: su iglesia.

Mi consejo para ellos fue diferente a mi consejo para muchos de ustedes. A ellos les hablé de los peligros del cinismo y de cómo distinguir entre el fracaso de una institución y el fracaso de aquel que se adora por esa institución.

A uno le dije: «Si miras a Jesús y los Evangelios y decides que no puedes seguirle, eso es una cosa. Pero sería una gran lástima evitar siquiera mirar las afirmaciones del evangelio porque quieres evitar a toda costa lo que una iglesia que te lastimó dijo que creía. Y más aún cuando su problema es que no parecían creer lo que dijeron que creían. Y más aún cuando Jesús mismo te advirtió (en Mateo 24 y Marcos 13 y Apocalipsis 1–3 y por medio de su Espíritu repetidamente en las cartas de Pablo, Pedro, Juan y Judas) que tales cosas sucederían, y sucederían en su nombre».

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Pero a ustedes (a nosotros) les aconsejaría: Creamos en Jesús lo suficiente como para soportar con paciencia a los heridos, especialmente a los heridos por la iglesia. No asumamos que, en todos los casos, aquellos que están decepcionados, enojados o a punto de alejarse lo hacen porque tienen una visión deficiente del mundo, o porque quieren perseguir la inmoralidad. Hay algunas personas para las que ese es el caso en todas las épocas.

Pero muchos, tal vez la mayoría de ellos, no son Judas que buscan huir de noche, sino más bien son Simón Pedro, a la orilla del mar, preguntando: «¿A quién iremos?» (Juan 6:68, NVI). Muchos de ellos, como el mismo Pedro, concluirán: «Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (vv. 68–69). A muchos de ellos Jesús les dirá, como le dijo a Pedro: «Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos» (Lucas 22:32).

No confundamos el dolor con la rebelión, el trauma con la infidelidad o el corazón roto con el alma vacía. Solo podemos convencer a las personas de que no abandonen a la iglesia si nosotros igualmente nos resistimos a abandonarlas a ellas.

Jesús no necesita que hagamos relaciones públicas por sus 99 ovejas que todavía están pastando; necesita que vayamos a buscar a la que se perdió en el bosque. En algún momento u otro, todos somos esa oveja. Y contaremos con una iglesia que nos ame lo suficiente como para enviar a alguien detrás de nosotros, no a intimidarnos y avergonzarnos, sino con paciencia y amor. Y es incluso posible que el que venga a ayudarte en tu momento más oscuro, sea ahora mismo un exevangélico.

Mientras tanto, tengamos amor por los exevangélicos. Tengamos el tipo de comunidad que pueda contrarrestar las reuniones de negocios.

Tomó 50 años, pero mi papá me enseñó esa lección.

Russell Moore dirige el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción por Sergio Salazar.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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