Como evangélicos modernos, nos resulta tentador ver la idolatría como una reliquia del pasado antiguo. Al fin y al cabo, ¿quién aún se inclina ante becerros de oro o adora las imágenes de Nabucodonosor? En su libro “Here Are Your Gods”: Faithful Discipleship in Idolatrous Times [Aquí están tus dioses: el discipulado fiel en tiempos de idolatría], el estudioso de la Biblia y director internacional de Langham Partnership, Christopher J. H. Wright, resalta que la idolatría sigue presente, aunque a menudo actúe fuera de nuestra percepción consciente. Christopher Reese, escritor independiente y editor de The Worldview Bulletin, conversó con Wright acerca de la idolatría en el Antiguo Testamento y cómo resistir su encanto en tiempos modernos.

¿Cómo percibían los autores de las Escrituras a los dioses e ídolos paganos? ¿Creían que existían otras deidades?

En cierta forma, la respuesta es un drástico no. Si se compara con Yahweh, el SEÑOR, el único y verdadero Dios viviente, todos los otros supuestos dioses no son dioses en realidad. Esa es la enseñanza clara de los capítulos 40 al 55 del libro de Isaías, así como también de algunos de los salmos. Pero aun así, los otros “dioses” sin duda afectaron la vida personal, social, económica y política de todos aquellos que les rendían culto (ya sean paganos o israelitas). Sí, esos dioses existían, pero no como Dios, sino más bien como elaboraciones humanas a quienes las personas atribuían poder y autoridad.

Usted menciona que toda la idolatría humana se remonta a los sucesos descritos en Génesis 3. ¿Podría explicar esa conexión?

En el capítulo 3 de Génesis se describe un momento en el que los seres humanos deciden desconfiar de la bondad de Dios, poner en duda sus advertencias, desobedecer sus instrucciones, y definir por sí mismos lo que es bueno y malo. Una vez que los seres humanos deciden destronar a Dios, terminan por someterse a entidades, ya sean materiales o espirituales, dentro del orden de lo creado, o bien optan por declarar su propia autonomía moral.

Y como Pablo lo menciona claramente en Romanos 1, todo termina en lágrimas. La ruina personal y social que describe en ese capítulo no se refiere en sí al juicio de Dios por nuestro pecado, sino a los síntomas del juicio de Dios actuando en un mundo en el que él nos entrega a los ídolos que hemos elegido. Pablo indica que todo el pecado y el desorden humano proviene de este crucial desvío.

En el Antiguo Testamento, el pueblo de Dios enfrentó la tentación de caer en idolatría. ¿Es la misma tentación que los cristianos enfrentan actualmente?

Es evidente que damos distintos nombres a los ídolos. Pero es fácil encontrar similitudes si se examina la adoración a Baal en el Antiguo Testamento.

Baal era el dios de la fertilidad, tanto de las mujeres como de la tierra: ambos aspectos de los cuales dependían la riqueza y la importancia social. Y el culto a Baal implicaba el ritual de la prostitución sexual para asegurar dicha fertilidad. Es cierto que esto también conducía a la procreación de bebés, pero también tenían la opción de sacrificarlos para obtener un beneficio adicional. La sacralización del sexo y el sacrificio de bebés condujeron a una civilización tan depravada que Dios “vomitó” a sus habitantes (Levítico 18:25). Estos pecados siguen estando muy presentes en la actualidad, aun cuando tienden a adoptar distintas formas.

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Baal también era el dios de los negocios, el tipo de dios al que un rey codicioso como Acab y su esposa Jezabel, adoradora de Baal, podían invocar para pasar por alto las leyes dadas por Dios acerca del uso de la tierra y que protegían a los agricultores de Israel. Hoy en día no es difícil ver su ejemplo reflejado en la idolatría de la avaricia y la acumulación excesiva de riqueza, al igual que la creciente desigualdad y el despojo de los pobres.

El Antiguo Testamento expone la idolatría de la codicia, el sexo, la arrogancia y el abuso de poder político y económico; y hay muchas cosas que se repiten hasta en los tiempos modernos. Desde el libro de los Jueces en adelante se señalan las consecuencias de la idolatría con una repetición dolorosa. Es como si Dios dijera: “¿Aún no entienden?”.

¿Existen ídolos que los evangélicos sean más propensos a adorar?

Con frecuencia, la idolatría implica la perversión de algo que es bueno en sí mismo, como la familia, el trabajo, la belleza o el sexo. Incluso hay muchas cosas buenas en la historia y la identidad del cristianismo evangélico que están en peligro de convertirse en algo desagradable. La conciencia individual es un claro ejemplo. Lutero tenía razón al defender el derecho del individuo a defender su propia interpretación consciente de las Escrituras, aun cuando vaya en contra de la tradición de la Iglesia. Sin embargo, esto se ha convertido fácilmente en un tipo de tribalismo denominacional que ha dañado profundamente al protestantismo, o bien, en una forma de “individualismo estricto” que rechaza toda autoridad legítima.

O considere el caso de la autoridad de la Biblia. Esta fue una consigna de la Reforma, la cual debe ser ratificada. Sin embargo, con facilidad se convierte en una idolatría de mi interpretación de la Biblia (o la de mi denominación, la de mi pastor o la de mi bloguero favorito). La Biblia en sí misma puede ser utilizada como un arma para propósitos que van en contra de su propio mensaje original.

Luego también está la importancia de la sana doctrina. Por supuesto, tenemos que defender la verdad del Evangelio contra la falsa enseñanza. Pero los sistemas doctrinales pueden fácilmente convertirse en eslóganes idólatras. Incluso la verdad puede usarse como refugio para un comportamiento apóstata e idólatra, como cuando el pueblo de Jerusalén seguía proclamando “el templo del Señor”, creyendo que hacer esta declaración los mantendría a salvo a pesar de su perversa injusticia (Jeremías 7). Tristemente, es común que algunos evangélicos afirmen seguir una doctrina verdadera mientras viven vidas que no se asemejan a la vida de Cristo.

Usted sostiene que es muy probable que muchos países occidentales enfrentarán el juicio de Dios debido a sus historias de violencia, aumento de la pobreza, desigualdad social y otras transgresiones. ¿Debemos dar también cierto mérito al Occidente por sus contribuciones positivas, como el estado de derecho, los derechos humanos, la libertad de conciencia y la movilidad social?

Es cierto que debemos dar gracias a Dios por todo lo que usted menciona. ¿Pero el mérito debería otorgarse a “Occidente” como tal? En cierto modo, sí, porque muchos de esos logros se produjeron durante los siglos de auge y expansión mundial de los pueblos europeos. Aunque no siempre en su forma más pura, la constante impregnación de la fe cristiana en el continente fue el pilar que alimentó el desarrollo de estos ideales positivos. Lo irónico es que muchos secularistas occidentales ahora critican severamente el cristianismo basándose en estos mismos ideales, ignorando que en realidad surgieron de una cosmovisión claramente cristiana.

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A fin de cuentas, esta lista doble no causa asombro. Todas las personas son al mismo tiempo portadores de la imagen de Dios y pecadores caídos. Por lo tanto, todas las culturas reflejan la misma dualidad. Todas las grandes civilizaciones tienen grandes logros que dan testimonio de la dignidad de una creatividad humana que está arraigada en nuestro Dios Creador; pero también llevan las huellas de Satanás y de la rebelión humana.

Usted habla de que debemos orar por nuestros líderes políticos, pero también en contra de ellos. ¿En qué principios se basa para decidir qué sentido tomar en sus oraciones?

El principio para el primer tipo de oración es el mandato que Pablo menciona en 1 Timoteo 2:1-4 acerca de que debemos orar por los que están en autoridad. Los líderes políticos son seres humanos, pecadores como el resto de nosotros. Anhelamos su salvación tanto como la de cualquier otra persona (v. 4). Y, ya sea si eso sucede o no en la providencia de Dios, deseamos que gobiernen de tal manera que fomenten una sociedad estable en la que los cristianos puedan vivir en paz (v. 2).

Los principios para el segundo tipo de oración se ubican a lo largo de los Salmos y los libros de los Profetas. Cuando los profetas veían que las personas con poder político, económico o religioso eran injustas, corruptas o demasiado violentas, oraban y se pronunciaban en señal de protesta. Ellos vieron que los gobiernos aprobaban leyes que aumentaban la pobreza (Isaías 10:1-2). Veían tribunales llenos de jueces corruptos (Amós 5:10, 12). Vieron a los sacerdotes y profetas que no pedían rendición de cuentas a los gobernantes malvados (Jeremías 6:13-15; Ezequiel 22:26-29). Vieron que los ricos explotaban y pisoteaban a los pobres (Amós 2:6-7; Miqueas 3:1-3). Y le pidieron a Dios que reprendiera esa maldad en honor a su propia justicia.

Al tratarse de líderes perversos, oramos por su arrepentimiento y salvación, pero en contra de sus políticas y prácticas. La Biblia nos motiva a orar en ambos sentidos.

Traducción por Renzo Farfán

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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