Esta entrevista fue publicada originalmente en CT Pastors en julio de 2014.

En una reunión en Portland, Oregón, cientos de pastores locales se reunieron en el abarrotado auditorio de una iglesia para escuchar al veterano evangelista Luis Palau, quien compartió de la sabiduría que obtuvo durante toda una vida de predicación del Evangelio. El pastor Rick McKinley tenía preguntas para Palau, tanto sobre “soñar grandes sueños”, como sobre los difíciles detalles que una aspiración tan elevada conlleva en una cultura que se estremece ante el proselitismo.

McKinley: Hace veinticinco años, le oí predicar sobre “soñar grandes sueños”. En ese momento, usted iba a predicar el evangelio a la reina de Inglaterra, algo con lo que había soñado toda su vida. ¿Cómo está Dios haciendo crecer ese deseo en usted?

Palau: Sigo citando a los misioneros. ¿Sabe? Nos enseñaron que debemos predicar “al mundo entero”. Ese es un gran sueño. Pero probablemente la mitad del mundo todavía no ha escuchado Juan 3:16 bien explicado. Así que sigo esperando más oportunidades, más puertas abiertas, más posibilidades.

Ese sueño no está solo allá en Asia o en Europa, sino alrededor de nosotros aquí mismo. Llevo una carga de culpa por mi comunidad, como cualquier otra persona. Miro a mis vecinos y pienso: “A mucha de esta gente no le he dado claramente el evangelio. Saben quién soy por los periódicos y todo eso, pero hablamos de sus perros cuando los pasean por la calle. Asisto a una iglesia a una milla y media de mi casa, y sin embargo algunos de mis vecinos son dulces paganos”.

Así que mi sueño es que el Señor me siga usando en el área local. Es fácil exhortar a otros creyentes a hacerlo. Pero, ¿lo estoy haciendo yo? Así que lo hacemos, lo intentamos. En nuestro propio barrio, encendiendo nuestra propia iglesia.

Así que sigo soñando. En casa y en el extranjero. Desde mi punto de vista de evangelista de masas, el Señor no me ha dado las grandes ciudades. Sigo soñando con París. Tenemos que predicar en París. Tenemos que predicar en Pekín, pero su gobierno no nos deja. Pennsylvania... Miami.. hemos tenido uno o dos eventos allí, pero fueron mínimos.

¡Así que sigan soñando mientras que el Señor les dé vida! ¡Mantengan el fuego encendido!

A menudo, usted predica a grupos demográficos que no parecen responder a una simple invitación a la fe: los jóvenes, los urbanos. ¿Qué ha aprendido de toda una vida de llamados a creer en el evangelio?

Bueno, al principio comencé con cierta desconfianza hacia estos llamados e invitaciones. En mi iglesia local nunca daban una “invitación”. Sentían que era algo manipulador. ¿Sabe? De alguna manera, tenemos la idea de que la gente no quiere escucharlas.

Pero de hecho, muchos de ellos están esperando que alguien con humilde autoridad les diga: “Entrega tu vida a Cristo ahora. ¿No lo entiendes todo? No te preocupes. Lo entenderás después”.

Sí, los jóvenes, los urbanos. Pero también gente más dura. Uno de mis sueños cuando era niño era evangelizar a los presidentes, a los militares. Teníamos muchos dictadores en América Latina; todavía los hay en todo el mundo.

Solía pensar que estos tipos me aceptarían sólo porque había multitudes cada vez que yo venía. Pero luego fui a hablar con el presidente de Bolivia. Este tipo era un criminal. Un asesino. Era un derechista... bueno, ya sabes. Fui todo nervioso. Recuerdo haber hablado con él. Me dijo: “¿Así que eres un evangelista?” “Sí.” Dijo: “¿Qué vienes a decirme?” Pensé: “Bueno, él sabe lo que quiere hacer un evangelista”. Le dije: “Bueno, tengo buenas noticias para usted”. Él dijo: “¿De verdad?” Le dije: “Sí, señor. Tengo muy buenas noticias”. Dijo: “Bueno, mi hijo fue asesinado por los comunistas en la universidad. Los odio a muerte y estoy dispuesto a matar a cualquier comunista que me encuentre. Ellos mataron a mi hijo mayor. ¿Qué puede hacer Dios por mí?” Le dije: “Bueno, creo que Dios perdonará tu odio hacia los comunistas y te ayudará a perdonar a los asesinos de tu hijo”. Me dijo: “Nunca”, y lo juró. Le dije: “Él puede hacerlo por ti”. Él dijo: “No creo que esté preparado para eso”. Y de repente, comenzó a preguntarme qué era lo que yo creía que Jesucristo podía hacer por él. Él no recibió al Señor ese día, pero lo hizo la segunda vez que hablamos.

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En otra ocasión estaba con otro dictador, un militar de cierto país. No mencionaré cuál. Y me dijo: “Palau, ¿puedo hablar contigo en privado?”. Yo estaba a punto de decirle lo mismo. Así que pidió a todo el mundo que saliera de la sala, a mis hombres y a sus secretarios y a todos los demás que estaban alrededor. Y me dijo: “Palau”, con su uniforme militar y todo. Me dijo: “Palau, todo el mundo se cuadra y me llama ‘Mi General, Mi General’. Me tienen miedo. Pero, por dentro, soy un niño asustado de doce años”. Y dijo: “¿Qué me puedes decir?”. ¡Ja! Dios me dio las Cuatro Leyes Espirituales. Por cierto, no me avergüenzo de las Cuatro Leyes, así que no me acuses solo porque no las entiendes. Creo que es el evangelio dicho de forma rápida. Él recibió al Señor.

Otro presidente, también un dictador. Alguien de poder que probablemente odiaba mis entrañas… bueno, alguien le convenció de que tenía que verme. Tuvimos un desayuno presidencial de oración, y después de eso él dijo: “Ven a verme”. Así que me imaginé que el Espíritu Santo estaba trabajando en él. (Para entonces, yo ya me estaba convenciendo de que incluso estos dictadores duros tienen agujeros abiertos en el alma). Me dijo: “Palau, en el desayuno dijiste que Dios perdonaría todos nuestros pecados por la sangre de Cristo. Él nunca podría limpiarme”. Le dije: “Claro que puede”. ¡Ja! Pensé, aquí vamos... Quiero decir, aquí hay un asesino, y estoy discutiendo con él. Y le dije: “¿Por qué dices que nunca te perdonará?” Él dijo: “Palau, he cometido crímenes terribles. He matado a mucha gente. Tengo las manos manchadas de sangre. Dios puede perdonar a mi madre. Puede perdonar a mi abuela. Pero a mí no me puede perdonar. Palau, si yo te contara, no estarías aquí a solas conmigo”. Le dije: “Me alegro de estar aquí a solas”. Y le di las Cuatro Leyes.

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Hombre, yo soy un gran creyente de aquello de que Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida, pero eres un pecador y no puedes tener plenamente ese amor y ese plan a menos que conozcas la Cruz y la Resurrección. Y siempre he recordado lo que dijo Spurgeon: “Predicar a Cristo sin su Cruz es traicionarlo con un beso”. Y por eso siempre hay que predicar la Cruz y la Sangre. Pero nos da miedo hablar de ello normalmente. El tipo, ¡pff!..., cayó de rodillas. Puse mi brazo alrededor de él. Dicen que no hay que hacer eso con los peces gordos. Me importa un bledo. Lo rodeé con mi brazo y le dije: “Señor, General, haga esta oración”. Y se convirtió en el acto.

Más tarde, un misionero me trajo noticias de él: “Dile a Palau que estoy caminando con Dios”. Y eso me convenció de que si eres un pastor, una persona de Dios, entonces la gente, incluso la gente de las altas esferas, espera que estés allí para decirles algo. No estás ahí para matar el tiempo. No estás ahí para pedir permiso para salir al aire. ¡Así que simplemente dales el evangelio! Te sorprendería saber cuántos de ellos están listos.

Así que la cosa es esta. Nosotros los cristianos, especialmente los anglosajones, tenemos esta noción de que sabemos lo que el otro está pensando antes de siquiera empezar a hablar con él. Realmente no es así. El Espíritu Santo dijo que convencería al mundo de pecado, de justicia y de juicio. ¿Usted lo cree? Yo lo creo.

¿Puede dar algunos consejos prácticos para los pastores?

Por supuesto. Primero, use su propia historia. Mi historia es muy sencilla. Yo era hijo de un hombre de negocios y una madre muy religiosa. Ella se convirtió. Me llevaron a la iglesia cuando era pequeño. Fui a la escuela dominical. Fui al campamento. En el campamento, un misionero me guió a los pies de Cristo. Todavía no había matado a nadie. Todavía no me había emborrachado. No había hecho ninguna de esas cosas malas, pero recibí a Cristo. Cuento mi historia para que la gente se dé cuenta de que la conversión es personal.

Lo primero que se hace en un mensaje evangelístico, en especial en un día especial como la Pascua, es decir: “Hoy es un día especial, y al final de mi mensaje les voy a dar una invitación para que conozcan al Señor Jesucristo resucitado por ustedes mismos. Y si llegas a conocerlo, ni te imaginas, nunca serás el mismo”. Entonces, presentas el evangelio. Durante el mensaje, especialmente cuando te sientas inclinado a dar una invitación fuerte, sigue recordándoles: “Dentro de veinte minutos, cuando dé la invitación para que abras tu corazón a Cristo, hazlo. Y el Señor entrará en tu vida”. Y sigue con el sermón. Otros diez minutos, hazlo de nuevo y di: “Al final de este mensaje, te voy a dar la oportunidad de rendirte a este Señor Jesucristo resucitado, que está aquí hoy esperando entrar en tu vida”. Y al final, haz la invitación. Conéctala con tu historia.

Es algo muy sencillo, en realidad. George Whitefield lo dijo tan bien como nosotros podemos decirlo ahora, 350 años después: “Deja que Jesucristo entre en tu vida. Él se convertirá en tu gobernante. Él implantará el reino en ti. Deja que entre. Ven. Ven. Ven”.

¿Estás preocupado porque no quieres exagerar? No hay peligro de eso en la iglesia anglosajona en América en estos días. Nadie exagera. Tenemos que darle a la gente una clara oportunidad de recibir a Cristo el Salvador. Te sorprendería saber cuánta gente responderá al evangelio.

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Puse esto a prueba durante la Pascua que acaba de pasar, aquí en la cínica y posmoderna ciudad de Portland. Lo apreciaron. Incluso hice que se levantaran y dijeran: “Creo”. Eso es algo muy importante, porque mucha gente convertida en nuestro contexto se avergüenza de ello. No pueden negar que han experimentado al Señor, pero también están como: ¿Estás bromeando? Pero mucha gente respondió. Se pusieron de pie. Y creo que apreciaron la claridad.

Eso es maravilloso. La mayoría de nosotros los predicadores tenemos miedo de que si damos una invitación, nadie vendrá al frente y nadie levantará la mano. Pensamos: “Oh, no tengo la unción”, o “El Espíritu Santo está enojado conmigo”, o “¿Por qué nadie dio su vida a Cristo?”. Todos lo sentimos, incluso yo. Pero la responsabilidad de salvar no es tuya. No eres tú; es Jesucristo llamando a la gente a sí mismo.

Simplemente no te preocupes por eso. Invítalos a Cristo. Diferentes personas lo hacen de manera diferente. El método no es lo importante. Es el Espíritu Santo el que actúa. Eso es lo que realmente cuenta.

Es obvio que esto te toca el corazón. ¡Te emocionas con solo hablar de ello! ¿Cuál es esa área donde el Espíritu Santo te sigue tocando, aun cuando ya tienes ochenta años?

Las almas sin Cristo están perdidas. Eso me toca. ¿Sabes? Y cuando tengo tantas vidas cambiadas y bendecidas, eso es lo único que me importa.

Tal vez algunas personas tienen el don de evangelismo. Tal vez por eso parece más fácil que el Espíritu Santo los use. Pero al pastor, la Biblia le dice, como a Timoteo: “Haz la obra de un evangelista”. Puede que no tengas el don de evangelismo, pero haz la obra de un evangelista. Da una invitación.

Mantén tu corazón mirando a la gente. Cuando me siento en una cafetería o en cualquier restaurante, miro a la gente. Trato de mantener mi corazón tierno mirando a la gente y pensando en ellos, ¿sabes?

La salvación es la cosa más asombrosa del mundo. Cuando piensas: “Dios me acaba de usar para llevar a una persona del reino de las tinieblas al reino de la luz; del infierno al cielo; de la soledad al Espíritu Santo, no hay nada como eso. Pero hay que mantener un corazón tierno. Es necesario seguir viéndolos, seguir soñando.

Leadership Journal agradece a Kevin Palau y a la Asociación Luis Palau por compartir esta conversación con nuestros lectores.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

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