Una vez, Chris Rock compartió [enlaces en inglés] en una entrevista la forma en la que desarrolla nuevo material de comedia. Como muchos comediantes ya establecidos, aparece en pequeños clubs de comedia y sube al escenario con cinco o diez minutos de chistes, desarrollando uno o dos a la vez, y después une aquellos que funcionan en su siguiente gira.

Rock sabe que es posible que la audiencia reaccione tanto al hecho de que se trate de Chris Rock, como a los chistes en sí. Por eso, cuando hace estas apariciones no planeadas, cuenta los chistes mostrando lo menos posible de su personalidad. Quiere creer que «se podrían hacer detrás de una cortina», dijo. Si estos funcionan, sabe que una vez que los refuerce con su personaje sobre el escenario, serán mortales.

A menudo pensaba en esto mientras trabajaba en el pódcast de CT The Rise and Fall of Mars Hill [El ascenso y caída de Mars Hill]. Es la historia de la megaiglesia de Seattle que subió al estrellato a principios de los 2000, atrajo a 15 000 personas en 15 locaciones, y finalmente cerró sus puertas después de que su fundador, Mark Driscoll, renunciara en 2014. De muchas maneras, Mars Hill era un caso aparte. De muchas otras importantes maneras, no lo era.

Driscoll era un comunicador y un provocador excepcionalmente dotado, pero el fenómeno del pastor celebridad ahora es endémico en las megaiglesias. Mars Hill innovó en el uso de la música, la producción de video, la tecnología y las redes sociales, pero aquello en lo que fue pionera ha sido ampliamente adoptado y hoy define en gran medida a las iglesias influyentes.

Las herramientas de la tecnología y la celebridad que construyeron Mars Hill continúan expandiéndose y siguen siendo una tentación tanto en las pequeñas como en las grandes congregaciones. No hemos aprendido la lección de que estas herramientas conformaban una frágil arquitectura: la iglesia no pudo sobrevivir a la salida de Driscoll.

El hecho de que estas herramientas sean tan seductoras es comprensible. Le ponen un broche al ministerio del mismo modo que Chris Rock lo hace con su —poco eclesiástico— personaje. Y, aunque la tecnología no es necesariamente malvada —la imprenta llevó la Biblia, el Libro de Oración Común y los himnarios a miles de millones de personas comunes—, tampoco es neutral. Puede penetrar en nuestros cuerpos y nuestra imaginación de tal manera que socave un mensaje del Evangelio que consiste en morir a nosotros mismos y humildemente poner las necesidades de los demás por delante de las nuestras.

Así pues, incorporamos los videos que magnifican la imagen para proyectar a pastores y a líderes de alabanza exuberantes, sin preguntarnos nunca qué otros mensajes puede estar comunicando una tecnología que se utiliza mayormente en conciertos de rock y mítines políticos. Importamos subwoofers que nos hacen vibrar el pecho y máquinas de humo. En el escenario, los líderes leen en teléfonos inteligentes y tabletas. Los ministerios de alabanza distribuyen guías de estilo para la ropa que deben llevar puesta los miembros de la banda sobre el escenario (no me lo estoy inventando), y nos reunimos en entornos sin ventanas, climatizados, que detienen el tiempo igual que los cines o los casinos.

En ese contexto, si la mayoría de líderes cristianos que tenemos a la vista son hombres y mujeres jóvenes, carismáticos y de dentadura perfecta, ¿qué ocurre cuando nos encontramos con alguien modesto, de voz suave y que no tiene madera para brillar en Instagram? ¿Alguien que no posee ni la presencia de la celebridad ni una impactante historia de conversión? ¿Alguien con la clase de autoridad espiritual que confundió al mundo del primer siglo, cuando Jesús no demandó poder ni lo demostró poniéndose al mando?

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Me temo que nos pasaría de largo. Puede que incluso lo rechazáramos y lo condenáramos directamente. Quizá ya lo hayamos hecho.

Driscoll a menudo decía que odiaba escuchar a la mayoría de los predicadores porque eran aburridos y no conseguían enganchar a su público. En cambio, aprendía de los cómicos de stand-up, incluyendo a Chris Rock. Resultó ser, sin embargo, que se le escapó aplicar la ética más profunda del oficio de Rock: que la sustancia del material era más importante que la presentación. Se supone que debía funcionar sin él.

Chip Stam, quien fue mi mentor hasta su muerte en 2011, me dijo: «Un creyente maduro se edifica fácilmente». Quería decir que, si los cristianos se encontraban en un lugar donde se predicaba la Palabra de Dios, se alababa a Jesús y el Espíritu estaba presente en los corazones de su gente, entonces ellos saldrían animados, aun si la experiencia resultara superficial, ruidosa, silenciosa o desconocida.

He llegado a pensar en esto como una invitación a la «mera iglesia», una postura que reconoce que las cosas más significativas de una reunión de iglesia son aquellas que pueden soportar el derrumbamiento de una iglesia o de una civilización: como ya ha ocurrido.

En medio de las secuelas de una década de derrumbamiento moral de parte de varios líderes cristianos, ¿qué sucedería si la iglesia renovara su compromiso con algo como esta visión de una mera iglesia? Si en vez de manufacturar experiencias de reuniones dominicales con una gran producción, nos reuniéramos alrededor de la Palabra y el Espíritu, la confesión y la seguridad, el pan y el vino.

Puede que parezca una época desértica, pero la iglesia ya ha superado cosas así antes. Espero —y creo— que lo podemos hacer de nuevo.

Mike Cosper es el director de pódcast de CT.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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