Recientemente, los cristianos se han remontado, tanto en sus pensamientos como en las redes sociales, a la Iglesia primitiva en lo que respecta a la soltería y la sexualidad. Gran parte de la conversación se centra en las prácticas espirituales del celibato en el pasado y en las afirmaciones sobre lo que los primeros líderes de la Iglesia enseñaban sobre la soltería.

Algunos sugieren [enlaces en inglés] que los primeros líderes de la iglesia «derribaron» con entusiasmo la centralidad del matrimonio dentro de la iglesia. Otros sostienen que la forma en que entendemos hoy el «don de la soltería» es un legado directo de los apóstoles y de los primeros siglos de la Iglesia.

Como amante de la historia, teóloga práctica y mujer cristiana que nunca se ha casado, quizás no esté de acuerdo con todas las suposiciones, pero me alegra profundamente que se haya revitalizado el debate sobre cómo podemos ver las antiguas ideas sobre la soltería bajo una nueva luz. Después de todo, la historia de la Iglesia es nuestra historia, y esa era antigua está llena de ideas fascinantes (y también de enigmas) sobre la soltería, muchas de las cuales siguen siendo relevantes para los debates sobre la fe y la vida de la Iglesia en la actualidad.

Las lecciones que podemos aprender de la Iglesia antigua sobre la soltería son muchas y poderosas, pero no son ni simples ni sencillas. De hecho, los líderes de la Iglesia primitiva no nos ofrecen un relato único sobre la soltería. Sin embargo, cuando examinamos la historia cristiana del celibato en sus propios términos, la conversación arroja algo mucho más complejo e interesante.

Entonces, ¿cómo podemos acercarnos a este pasado con honestidad?

En primer lugar, una metodología histórica adecuada implica observar los detalles y matices del pasado, en lugar de simplemente pintarlo a grandes rasgos.

Debemos tener en cuenta que lo que conocemos como la época de la Iglesia primitiva abarcó casi 500 años y múltiples continentes. Durante ese tiempo y espacio, hubo una gran diversidad de pensamiento respecto a la soltería cristiana. Hubo muchos acuerdos, pero también fuertes desacuerdos.

Por ejemplo, consideremos la respuesta al exmonje del siglo IV, Joviniano, quien se atrevió a sugerir que «las vírgenes, las viudas y las mujeres casadas que han pasado una vez por el lavatorio de Cristo (...) tienen el mismo mérito». Esta afirmación de igualdad de los cristianos en Cristo, independientemente de su estado civil, contribuyó a que Joviniano fuera declarado hereje en múltiples sínodos de la Iglesia primitiva a lo largo de su vida.

También inspiró numerosas y largas críticas por parte de autores patrísticos, como el padre de la iglesia primitiva Jerónimo (quien instó «al lector que no se perturbe si se ve obligado a leer la nauseabunda basura de Joviniano») e incluso san Agustín (quien agradeció que la iglesia «se opusiera a este monstruo de forma muy consistente y enérgica» y quien tomó medidas «con toda la capacidad que el Señor le dió» para impedir que Joviniano «difundiera secretamente venenos»).

O bien, consideremos que la vida de los cristianos solteros en el área oriental del imperio era notablemente diferente a la del área occidental. Durante más o menos medio milenio, cada región desarrolló sus propias justificaciones teológicas y expresiones prácticas de la soltería cristiana.

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Estos son solo dos ejemplos de cómo la comprensión de la Iglesia primitiva de lo que hoy llamamos soltería era realmente compleja y nada sencilla.

En segundo lugar, involucrarse con el pasado depende de un firme compromiso con la comprensión del dinamismo de la historia.

En la reciente repopularización evangélica del término «celibato», las discusiones contemporáneas a menudo definen el celibato como un compromiso con un tipo particular de soltería muy específico, de por vida, y tal vez formalizado.

Algunos de los que hacen esta afirmación consideran que ese tipo de celibato es un legado directo de la práctica histórica antigua. Sin embargo, en su contexto original, la palabra «celibato», procedente del término latino caelebs, significaba simplemente «no casado», que es el equivalente funcional de nuestro término soltero.

Más aún, antes de que se establecieran las comunidades monásticas (que es lo que solemos tener en mente cuando pensamos en el celibato hoy en día), había una gran variedad de individuos solteros que incluían maestros itinerantes, habitantes solitarios del desierto, miembros de sectas ascéticas, sacerdotes célibes, vírgenes que permanecían en casa, viudas y viudos, y más.

Las primeras expresiones de la vida cristiana soltera no solo eran mucho más variadas, sino que algunas de ellas se consideraban teológicamente problemáticas.

Un ejemplo son los encratitas, una secta cristiana del siglo II que hacía hincapié en la autodisciplina a través de la práctica de no comer carne, no beber vino y, sobre todo, no tener relaciones sexuales. Una de las piedras angulares del encratismo era su rechazo total al matrimonio.

El movimiento fue popular durante un tiempo, pero a principios del siglo III, algunos de los primeros padres de la Iglesia, como Ireneo y Clemente de Alejandría, se opusieron activamente a los encratitas. Sostuvieron que prohibir el matrimonio (y el sexo dentro de él) era herético. Como señaló David Hunter en su libro Marriage, Celibacy, and Heresy in Ancient Christianity [Matrimonio, celibato y herejía en el cristianismo antiguo], «la “ortodoxia” cristiana implicaba ahora la aceptación del matrimonio y el repudio del encratismo radical».

Por muy incómodo que sea esto para nosotros como lectores modernos de la historia, simplemente no hubo un enfoque inequívoco o una práctica singular del «celibato» dentro de la iglesia primitiva.

En tercer lugar, involucrarse con el pasado requiere una cuidadosa exploración de la continuidad y la discontinuidad históricas.

Debemos reconocer que el contexto cultural actual de la soltería es notablemente diferente al de la iglesia primitiva. Por ejemplo, los cristianos solteros de hoy tienen un grado de autonomía personal en sus decisiones sobre cuándo, por qué y con quién casarse. Esta independencia matrimonial habría sido inimaginable para nuestros pares de la antigüedad. Para ellos, el matrimonio era esencialmente una construcción social y una necesidad económica, a menudo iniciada por sus mayores u otros miembros de la familia, sea que les gustara o no el acuerdo.

De hecho, la mayoría de los cristianos solteros de los primeros siglos no eran adultos vírgenes «nunca casados», sino más bien maridos y esposas que habían enviudado. En otras palabras, ¡el estado célibe de larga duración surgió en gran medida de matrimonios anteriores!

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Incluso cuando empezaron a desarrollarse prácticas más formalizadas de celibato consagrado, la elección de comprometerse con esa vida se consideraba un lujo poco frecuente y a veces incluso autoindulgente. Este privilegio solo estaba al alcance de las élites sociales y económicas que podían permitirse dar la espalda a las expectativas de sus familias.

Aunque podríamos tener la tentación de trazar una línea recta entre la soltería de ahora y la del pasado, hay mucha más discontinuidad que continuidad. Por supuesto, esto no significa que el pasado no pueda proporcionar ninguna perspectiva potencial para el presente.

Pero sí sugiere que muchas de las cuestiones a las que se enfrentan los creyentes de hoy no son las mismas a las que se enfrentaban nuestros antiguos hermanos cristianos. Y como lectores prudentes de la historia, debemos tener cuidado de no superponer con arrogancia nuestras preocupaciones actuales sobre las prácticas del pasado.

Por último, abordar el pasado en sus propios términos significa que debemos ser completamente honestos sobre nuestras motivaciones.

Cuando hablamos hoy de la soltería cristiana, debemos ser sinceros ─tanto con nosotros mismos como con los demás─ sobre cuál es nuestro propósito al apelar al pasado. ¿Buscamos simplemente encontrar aliados históricos convenientes para reforzar nuestras convicciones preexistentes?

En su libro Theology as Retrieval [La teología como recuperación], los autores David Buschart y Kent Eilers llaman a este instinto defectuoso retracción o reducción. Esta estrategia está motivada por el deseo de fortificar en última instancia las trincheras que ya hemos cavado y en las que hemos plantado firmemente nuestros pies y nuestra bandera.

O quizás, ¿estamos tan desilusionados con la situación de la soltería en la iglesia en el presente que queremos empezar de cero? En otras palabras, ¿deberíamos depositar todo el pasado en el presente? Esto es lo que Buschart y Eilers llamarían repristinación. Se trata de una visión nostálgica del pasado a través de una lente de color rosa.

¿Qué debemos hacer entonces? Si no debemos utilizar el pasado para retraer o reducir nuestro presente, ni repristinar el pasado en nuestro presente, entonces ¿de qué nos sirve la historia, especialmente cuando se trata de pensar en la soltería dentro de la vida y la comunidad cristianas?

Nuestra motivación para comprender cómo pensaban nuestros antepasados sobre la soltería cristiana en relación con Dios y con los demás debería ser lo que los historiadores llaman ressourcement [volver a la fuente], es decir, el esfuerzo por estudiar nuestra historia con el firme compromiso de comprenderla realmente en sus propios términos. Es decir, deberíamos ver el pasado como un rico recurso al cual podemos recurrir para entender, vivir y celebrar la soltería en el presente.

Pero algo no menos importante es el hecho de que este enfoque significa un compromiso para discernir activamente la historia de la Iglesia de acuerdo con otra norma completamente diferente, que no está basada en términos humanos, sino en los términos que Dios mismo ha definido a través de las Escrituras.

Las prácticas históricas del celibato monástico pueden ser relevantes para la forma en que podemos pensar en «vivir» la soltería cristiana en comunidad hoy en día. De hecho, los escritos de muchos de los primeros padres de la Iglesia elevaron el valor de la soltería de una manera que hoy nos parece absolutamente maravillosa (¡y desconocida!).

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Pero antes de que podamos apreciar el pasado como un recurso para el presente, debemos hacer un exhaustivo estudio bíblico. Al considerar si debemos adoptar ciertas conclusiones o aplicar principios espirituales del pasado, debemos examinar cada perspectiva a la luz de la Palabra de Dios.

En primer lugar, honramos la enseñanza de las Escrituras de que el cuerpo de Cristo, experimentado dentro de nuestras comunidades eclesiásticas locales, es nuestra principal fuente de identidad familiar (1 Corintios 12:12). De la misma manera, nos resistimos a cualquier interpretación generalizada de que los primeros cristianos rechazaban por completo la importancia del matrimonio (porque no lo hacían).

Por último, debemos buscar entender cómo y por qué los antiguos creyentes pensaban como lo hacían, y si sus conclusiones están respaldadas por las Escrituras.

En muchos comentarios modernos sobre el «don de celibato» (1 Corintios 7:7), hay quienes defienden una única interpretación de un pasaje concreto de las Escrituras como «la forma en que siempre ha sido interpretado». Pero para ser genuinos en nuestro esfuerzo por considerar la historia como un recurso importante, debemos asegurarnos de que realmente siempre fue interpretado de esa forma o que solo ha sido interpretado de esa manera.

Y cuando se trata del «don de celibato», a menudo no había una única interpretación estándar. Pero aun en los momentos o lugares en los que la hubo, debemos estar convencidos a partir de la Palabra de Dios de que tanto los lectores antiguos como los modernos lo hayan entendido correctamente.

Como historiadores, sabemos que la historia es un recurso valioso. Sin embargo, como cristianos, finalmente solo tenemos un recurso inestimable. Y al final, es solo a través de la lente de la Escritura, interpretada por el Espíritu de Dios, que podemos discernir cómo y por qué la historia de la soltería en la iglesia realmente tiene importancia y es relevante en nuestro contexto actual.

Danielle Treweek es autora teológica, conferencista y directora fundadora de Single Minded. Su investigación de posgrado sobre la soltería será publicada por InterVarsity Press en 2022.

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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