Nuestros hermosos, imperfectos antepasados Cristianos

Como sureña, tengo que luchar con el legado manchado de mis antepasados; como creyente, también tengo que hacer lo mismo.
Nuestros hermosos, imperfectos antepasados Cristianos

Soy tejana de séptima generación que tiene antepasados a lo largo de todo el sur. Cuando pienso en el sur, veo las manos de mi abuela, nudosas por la artritis—manos que recogieron y descascararon nueces nativas y amaestraron el rodillo de amasar. Me imagino los pies polvorientos de mi bisabuelo al caminar de Arkansas a la Costa del Golfo en busca de tierra barata, un muchacho estirando a una vaca lechera. Me imagino encinos perennes norteamericanos y pinos altos, la Isla Jekyll y las Montañas Blue Ridge, Walker Percy y Flannery O’Connor, bourbon y ocra frita.

También pienso en mis antepasados de Mississippi—cultivadores de algodón que tenían esclavos. Pienso en el cementerio donde mis padres serán sepultados, y que según el dicho popular, amos y esclavos están sepultados lado a lado. Pienso en Jesse Washington, un adolescente que en 1916 fue linchado a una hora de distancia de mi domicilio. Pienso en la segregación, Jim Crow, y la discriminación. Esto, también es parte de mi cultura y mi historia, aun es parte de mí, mi sangre, y mis parientes.

Ambos, el Norte y el Sur, practicaron la injusticia racial, pero en el Sur el legado es inevitable. Casi tan pronto tengan conocimiento suficiente para razonar, los niños anglosajones confrontan esta complejidad: los que fueron antes que nosotros que hicieron atrocidades también nos dieron la vida. Sus legados de bondad y maldad están entrelazados.

En el centro del amplio y antiguo debate sobre la Bandera Confederada en lugares públicos de EU existe una pregunta más profunda: ¿Cómo respondemos a la maldad en nuestra historia?

En vista de siglos de racismo sistemático, algunos sureños han respondido con algo como culto a los antepasados, una idolatría del pasado que nos hace apáticos y defensivos. La lealtad hacia los que fueron antes que nosotros es exaltada sobre el amar hacia los que se encuentran a nuestro alrededor.

Clarence Jordan, erudito y cofundador de Koinonia Farm Intentional Community en Americus, Georgia, censuró este culto falso. Una vez, después de que Jordan predicó sobre el ministerio de reconciliación racial, una anciana lo rechazó: “Quiero que sepas que mi abuelo peleó en la Guerra Civil, y yo nunca creeré una palabra que tú digas.” Jordan, que también es sureño, le contestó, “Muy bien, señora, supongo que usted debe decidir si seguir a su abuelito o a Jesús.”

Es una elección que todos confrontamos, de dondequiera que seamos, ya que todos heredamos legados culturales y familiares empañados por el pecado. Pero si el falso evangelio de algunos es dar culto a los antepasados, el evangelio falso de otros es “progreso.” Nosotros los urbanitas móviles podemos ridiculizar nuestra herencia del todo. Seguros en nuestro amplio criterio de superioridad, nosotros adoptamos un determinismo cultural que con suficiencia califica a todos con el lado “correcto” o “equívoco” de la historia.

Podríamos esperar evitar las complicaciones de una historia vergonzosa a través de ver a la iglesia como nuestra verdadera familia. Al final de todo, Jesús escandalizó a los israelitas al elevar la lealtad a la familia de Dios sobre nuestras familias biológicas. Él proclamó que nuestra familia verdadera se compone de los que obedecen a Dios—la comunidad de creyentes, la iglesia.

Sin embargo el aceptar a la iglesia no nos rescata de un legado dolorosamente contradictorio. Nos ubica en mero en medio de uno.

Presuntuosidad cronológica

Nuestra herencia cristiana incluye inmensa belleza, santidad, y gracia, además de inmensa violencia, fracaso, y pecado.

Las manos de los creyentes que fueron antes que nosotros han bendecido al pobre, construido catedrales y universidades, trabajado para abolir la esclavitud y asegurar la dignidad de la mujer, acogido a los niños abandonados y transmitido la fe de generación a generación en casi todas las culturas y lugares. Y también estas mismas manos tienen sangre en ellas. Están manchadas con la violencia de las Cruzadas, la tortura y la Inquisición, con los horrores del colonialismo, la esclavitud, el abuso de niños, y la persecución de minorías.

Cuando se confronta con el pecado en la iglesia, los cristianos pueden toparse con la forma de pensar incorrecta tanto de tradicionalistas como de progresistas.

Por un lado, somos tentados a retocar a los santos del pasado, glorificar la tradición de la iglesia, y añoramos un pasado místico, no adulterado. En su libro The Anglican Way, Thomas McKenzie dice que conoció a un sacerdote ortodoxo que fanfarroneó que bajo ninguna circunstancia su iglesia se modernizaría. Simpatizo con este punto de vista. Pero la iglesia no es infalible, ni tampoco puede permanecer detenida en el tiempo. Hay algunas ocasiones cuando, para poder ser más fiel a las Sagradas Escrituras, debemos arrepentirnos, reformarnos—aún modernizarnos—en nuestro pensamiento y adoración. Menospreciamos el evangelio cuando ocultamos las perversidades y debilidades de nuestros héroes y tradiciones. (Esta tentación no es exclusiva a los grupos litúrgicos; he conocido creyentes de la iglesia no litúrgica, a evangélicos, y creyentes reformados que idealizan a los líderes históricos y sus hechos con el mismo fervor como lo hacen sus hermanos de la iglesia que practican la liturgia.)

Por otro lado, somos tentados a descartar la tradición religiosa completamente, ocupándonos en lo que C.S. Lewis famosamente describió como “presuntuosidad cronológica.” Cuando mi esposo estaba sacando su doctorado, él enseñó un curso de historia de la iglesia a los estudiantes de divinidad. Un día después de su clase, mencionó que los estudiantes parecían estar desinteresados. “¿Por qué?” le pregunté. Para hacerlo corto, fue porque juzgaron a Juan Calvino un homófobo, a Agustín de Hipona un sexista, y a Arrio una voz marginada. Los estudiantes habían tomado sus inquietudes contemporáneas particulares—sobre la inclusión y la equidad—y las impusieron sobre todos lo que vivieron antes que ellos. Muy fácilmente podrían deconstruir, y rechazar, a casi todo líder en la historia de la iglesia.

Si bien podríamos debatir si sus precisas acusaciones eran exactas, no necesitamos debatir que el valor de la historia de la iglesia requiere una disposición de aprender de los pecadores. Por ejemplo, Agustín de Hipona, obispo en el quinto siglo en África del Norte y tal vez la persona teológica más importante del Occidente. Él ha formado indeleblemente nuestro entendimiento de la Trinidad, la salvación, y la gracia. Él amó profundamente a Dios y a la gente a su alrededor, escribiendo conmovedores homenajes a sus amigos y fomentando una generosidad radical hacia los pobres. Aun así, vio a las mujeres como inferiores al hombre, escribiendo que las mujeres como mujeres, en su personificación femenina, no llevan completamente la imagen de Dios, aunque participamos en la imagen de Dios en nuestra humanidad general. Después de su conversión, regresó a la madre de su hijo a su tierra natal, con el corazón roto, y sintiéndose rechazada.

Nosotros, los creyentes del siglo 21 podemos acusar a Agustín de misoginia. Sin embargo, dentro del contexto de su día, Agustín trataba a las mujeres con mayor dignidad que como lo hacían sus contemporáneos. Él enseñó que, en la Resurrección, las mujeres serán igual que los hombres ante Dios. Él trataba a las mujeres con respeto—a su madre y a un puñado de mujeres con las que tenía correspondencia teológica y pastoral. Y aunque él rechazó a la madre de su hijo, sufrió por hacerlo, lamentando que ella fue “arrancada de su lado,” dejándolo “herido y sangrando.”

El estatus de Agustín como gigante teológico no le excusa de su sexismo y misoginia en su época o la nuestra. Sin embargo sus puntos de vista sobre las mujeres no reducen sus contribuciones a la iglesia. Yo tengo una deuda inconcebible de gratitud hacia Agustín, principalmente por su enseñanza sobre el pecado y la gracia, sin la cual probablemente yo no sería cristiana.

Personas malas buenas/buenas malas

Parados en el arroyo cenagoso de la historia de la iglesia, recordamos que nosotros, también, estamos ciegos al mal que hay dentro de nosotros y a nuestro alrededor. En el tiempo de Agustín, la misoginia era el agua donde él nadaba, dondequiera e invisible. Lewis escribió que el antídoto para la presuntuosidad cronológica es darnos cuenta que nuestro momento presente tiene su propia miopía e ilusiones. Estas “son las que tienen más probabilidad de estar ocultas en esas suposiciones generalizadas que se encuentran tan arraigadas en el tiempo que nadie osa atacarlas o siente necesario defenderlas.”

Los pecados muy abrazados en nuestra época son los que tanto la derecha como la izquierda cultural toman como atributos; son invisibles e intrínsecos a nuestro estilo de vida. Nos es difícil suponer lo que puedan ser—así como misoginia era una categoría que Agustín no se podía haber imaginado. Sin embargo al escuchar voces fuera de la cultura occidental—voces de los países en desarrollo, por ejemplo—nos dan ideas sobre la maldad bien arraigada en nuestro medio: la idolatría del consumismo, del individualismo, y de la autonomía personal.

Martín Lutero—cuyo legado claramente tiene altibajos—declaró que todos nosotros, en Cristo, somos llamados correctamente santos y pecadores. Mi hija de cinco años pasó por una etapa donde todos eran una “persona buena” o “mala”—princesas y brujas, superhéroes y sus archienemigos, celebridades, amigos, aun extraños. Un día me preguntó, “¿Mamá, eres tú una persona buena o mala?” Le respondí con el evangelio: que Dios nos creó a su imagen; que hemos caído en pecado, idolatría, y egolatría; y que Jesús, a través de su vida, muerte, y resurrección, nos declaró justos y nos hace nuevas personas. Desde entonces, mi hija se refería a nuestra familia como “personas malas buenas/buenas malas.”

Este punto de vista sobre la humanidad, arraigado en el evangelio, es lo que nos permite ver directamente y arrepentirnos del mal en nuestra herencia eclesiástica y nacional. Y sin embargo, también nos permite reconocer que no tenemos otra opción sino aprender de las voces del pasado que son a la misma vez pecadoras y santas. El evangelio nos permite honestamente confrontar el mal en la historia de la iglesia, y a personificar las buenas nuevas que Dios usa aun a los pecadores—viles e imperfectos, confusos y en conflicto, personas malas buenas/buenas malas—para gloriarse a sí mismo.

El desafío de Clarence Jordan permanece:la manera de Jesús y la manera de nuestros abuelitos (y aun de líderes cristianos) serán, a veces, distintas. Y sin embargo, el seguir a Jesús nos permite estar agradecidos tanto por los antepasados de nuestra familia como de la iglesia. En sus legados contradictorios, no tan sólo percibimos nuestras propias imperfecciones, pero también percibimos aquello por lo cual Cristo murió y que redimirá.

A los cristianos ortodoxos hoy se les acusa cada vez más de estar en la “parte equívoca de la historia.” Sin duda, habrá mucho sobre nosotros digno de crítica. Pero no nos debemos inquietar sobre las opiniones imaginadas de nuestros descendientes. No podemos controlar, y no es nuestro trabajo suponer, cómo generaciones futuras a 100, 500, 1,000 años de hoy nos juzgarán.

Antes bien, nuestro llamado de siempre sigue siendo a ser fieles a las Sagradas Escrituras y al evangelio que hemos recibido, en nuestro propio lugar y momento en el tiempo. Nuestra esperanza mutua—la esperanza de las personas en el pasado, presente, y futuro—es que el Señor, la única verdadera “buena persona” y el Redentor de la historia, preservará a su iglesia, a través y a pesar de nosotros.

Tish Harrison Warren es sacerdote de la Iglesia Anglicana de Norte América y trabaja con InterVarsity Graduate and Faculty Ministries en la Universidad de Texas—Austin. Es autora de un próximo libro de InterVarsity Press. Vea TishHarrisonWarren.com.

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