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Domingo: Grandeza y Gracia

Lectura de hoy: Mateo 1:1-17

Durante el Adviento, mientras buscamos encontrarnos con Cristo y adorarlo, a menudo lo buscamos en la estrella brillante que llevó a los magos al milagro del pesebre. Buscamos a Cristo en los regalos de oro, incienso y mirra; lo buscamos en la hueste celestial de ángeles cantando frente a los pastores que cuidaban de sus rebaños en medio de la noche.

No es frecuente que busquemos a Jesús en su genealogía. Allí vemos la mención de grandes hombres como Abraham, el padre de nuestra fe, o el rey David, el guerrero y adorador. Sin embargo, la genealogía del Mesías destaca no solo la grandeza, sino también la gracia. Su linaje nombra no solo a los líderes, sino también a personas innobles: Tamar, una mujer impura; Rut, una moabita; y Rahab, una prostituta.

Una genealogía no es solo una lista de nombres para repasar superficialmente y dar vuelta a la página. Las genealogías incluyen paradojas que apuntan a un Dios de lo imposible. Un Dios que tenía en mente que nuestro Mesías procediera de un linaje de reinos y coronas, así como de criminales y marginados.

La genealogía de “Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham” no solo nos invita a reflexionar sobre el hecho de que Dios eligió las personas, lugares y tramas más inesperados para llevar a cabo sus planes para su pueblo, sino que también nos proporciona un registro de promesas y profecías que surgen del corazón de un Dios fiel que cumplió el futuro que Él mismo predijo. Más que un simple resumen lleno de nombres, la genealogía de Jesús en el evangelio de Mateo revela la profecía cumplida de un Mesías que “brotará del tronco de Isaí” (Isaías 11:1, NVI), así como el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham de que a través de él “todas las naciones del mundo serían bendecidas” y que su descendencia sería “multiplicada como las estrellas en el cielo” (Génesis 22:17-18).

Así que le invito a apoyarse sobre esta lista de nombres. Permita que le guíe a una vida santa mientras perseveramos en el tiempo y espacio en el que vivimos, entre el nacimiento de Cristo y su regreso. Permita que le recuerde que podemos confiar en la Palabra de Dios y en su promesa de cumplir sus propósitos de bien en nuestras vidas y, en última instancia, también en este mundo, por más improbable que parezca. Así que le invito a permanecer en el linaje de Cristo, alabando a Dios por todo lo que ha hecho, mientras aguarda lleno de expectativa y con esperanza vehemente todo lo que está por venir.

—Rachel Kang

Lunes: Espere

Lectura de hoy: Lucas 1:5–25

En una sociedad que opera de forma instantánea, en la que podemos ordenar algo en línea y recibirlo una hora más tarde, a menudo nos cuesta esperar. Sin embargo, como dijo Simone Weil: "Esperar pacientemente y a la expectativa es la base de la vida espiritual".

Zacarías y su esposa Elisabet habían estado esperando durante mucho tiempo. “Pero no tenían hijos, porque Elisabet era estéril; y los dos eran de edad avanzada” (Lucas 1:7). Zacarías significa “aquel a quien el Señor recuerda”. Hay una dolorosa ironía aquí, porque aunque su nombre significa “el Señor recuerda”, en todos sus largos años de espera, probablemente él sintió como si el Señor lo hubiera olvidado.

Pero en Lucas 1:5–25, todo cambia. El ángel Gabriel se le aparece a Zacarías y le dice: Tendrás un hijo. Esta noticia es tan increíble y tan impactante, que la respuesta de Zacarías es: Eso es imposible. Es difícil para Zacarías creer que realmente va a suceder. Y como no lo cree, Zacarías padece un caso de “laringitis angelical” durante los siguientes nueve meses hasta el nacimiento de su hijo.

La historia de Zacarías y Elisabet nos recuerda que la oración es una respuesta fiel en los tiempos de espera. Gabriel le dijo a Zacarías: “Ha sido escuchada tu oración” (v. 13). Esta declaración nos da una idea acerca de cómo vivieron Zacarías y Elisabet durante sus largos años de decepción: perseverando en la oración. Oraron incluso cuando las cosas no sucedieron como esperaban. Se aferraron a Dios, incluso en medio de la desgracia social, la desilusión y la desesperanza.

Pero, por supuesto, su espera no fue perfecta. Considere el versículo 20: “... como no creíste en mis palabras, las cuales se cumplirán a su debido tiempo...” (énfasis añadido). Aunque a Zacarías le faltó fe, Dios aún realizó el milagro. El Adviento nos recuerda que aunque nuestra fe no siempre es fuerte, Dios es fiel y cumplirá la promesa de su regreso. Podemos dudar, deprimirnos, desanimarnos o querer darnos por vencidos, pero en su gracia, Dios regresará.

La historia de Zacarías y Elisabet es hermosa y frustrante: es hermosa porque su larga espera termina con la respuesta a su oración, pero también es frustrante porque sabemos que no todas nuestras oraciones son respondidas de la misma manera. Esta es la complejidad del Adviento: la coexistencia del sufrimiento humano y la gracia divina. Ya sea en esta vida o en la venidera, sabemos que Dios hará todas las cosas nuevas. Así, junto con Zacarías y Elisabet, esperemos.

—Rich Villodas

Este artículo es una adaptación de un sermón que Rich Villodas predicó el 8 de diciembre de 2019. Usado con permiso.

Martes: Parte de la historia

Lectura de hoy: Lucas 1:26–38

María es increíblemente famosa hoy en día, pero hubo una época en que era completamente desconocida. Ella era solo una campesina adolescente de Nazaret, un poblado que, según algunos eruditos, pudo haber tenido menos de 100 habitantes. Como sus congéneres, probablemente María era analfabeta. Dada su condición de vida, se habría esperado que se casara humildemente con un joven pobre de clase trabajadora. Su familia probablemente habría pasado hambre a menudo al no tener lo suficiente para llegar a fin de mes.

Cuando el Dios del universo decidió elegir a su madre, no se acercó a una mujer joven con grandes riquezas y reconocido estatus social. En cambio, Dios se acercó a una campesina analfabeta de un pueblo muy pequeño. La genealogía de Jesús (Mateo 1:1-17) nos muestra que no tenemos que ser de una raza en particular o pertenecer a determinado grupo social para ser parte de la historia de Dios. Y cuando miramos a María, vemos que no tenemos que ser ricos, ni venir de una gran ciudad, ni ser muy educados o importantes en la sociedad. Podemos ser personas ordinarias y, sin embargo, ser parte de esta historia eterna.

¿Cuál es la única calificación que Dios requiere? Cuando el ángel Gabriel se acercó a María y le dijo: Estás a punto de convertirte en la madre del Hijo de Dios, María abrió su corazón y dijo: Sí, que el Señor haga conmigo como me has dicho. Para formar parte de esta historia y experimentar a Dios dando a luz su vida en nosotros, todo lo que necesitamos es un . Necesitamos dar nuestro consentimiento para que el Espíritu Santo de Dios obre dentro de nosotros.

Recientemente, he estado orando algo llamado “La oración de bienvenida”. Oro de esta forma: Espíritu Santo, acepto tu obra en mí y hoy rindo delante de ti mi deseo de seguridad, afecto, estima, poder y control. Esta fue la esencia del sí de María a Dios. Dejó ir su seguridad, afecto, estima, poder y control. Como resultado, su reputación quedaría en duda por el resto de su vida. Un día vería a su Hijo burlado, escupido, golpeado y clavado en una cruz romana. Sentiría como si una espada le atravesara el alma (Lucas 2:35). Sin embargo, ella dijo .

Que nosotros, como María, oremos: “Espíritu Santo, digo sí a tu obra en mí”. Que la vida de Dios nazca en nosotros. Que nosotros también desempeñemos nuestro papel en la grandiosa y eterna historia de Dios.

—Ken Shigematsu

Este artículo es una adaptación de un sermón que Ken Shigematsu predicó el 25 de diciembre de 2019. Usado con permiso.

Miércoles: Esperanza cuando el futuro se desmorona

Lectura de hoy: Mateo 1:18-24

¿Qué esperaba José en la vida? No sabemos mucho sobre este carpintero que vivió hace tanto tiempo. Mateo nos dice que era justo y fiel. Vemos de primera mano que era compasivo y que deseaba proteger a María incluso cuando su futuro parecía derrumbarse. José supo sacrificarse por el deber, convirtiéndose en esposo de María y padre de Jesús en circunstancias inquietantes. Más tarde huyó a Egipto, dejando atrás su familia, su hogar y su trabajo para proteger al pequeño niño que no era suyo (Mateo 2:13-15).

Recibimos un vistazo de José en sus decisiones, pero desearía que supiéramos más. ¿Qué significaron para él las extrañas noticias del ángel y cómo le dio sentido a todo? ¿Anhelaba José tener un matrimonio y una familia? ¿Anhelaba a María, o los padres de ambos habían negociado el compromiso matrimonial? Cuando se enteró por primera vez de su embarazo, ¿estaba desconsolado?, ¿enojado?, ¿o frustrado por los retrasos y trámites que iba a tener que enfrentar para divorciarse de ella?

Nunca sabremos con certeza qué esperaba José de la vida, pero ciertamente no era esto: una prometida embarazada, un hijo por nacer que no era suyo y toda una vida de chismes y calumnias por venir. ¿Quién creería la historia del ángel? ¿La creería usted? ¿La creyó él?

Quizás no la creyó del todo. La mayoría de nosotros no lo haríamos, no podríamos por mucho que quisiéramos. Los bebés se concebían entonces de la misma manera que ahora. Quizás José luchó y oró como lo hizo otro padre que aparece también en la Biblia: “Creo; ¡ayuda mi incredulidad!" (Marcos 9:24, RVR1960).

Independientemente de lo que José esperaba de la vida, el matrimonio y la paternidad, sabemos que se le dio un ascenso más empinado de lo que esperaba. Y, sin embargo, dio un paso adelante. José puso la mira en una esperanza de largo plazo, confiando en que Dios demostraría ser fiel y veraz, y en que una redención futura sería lo suficientemente poderosa como para ser mayor que todo el sufrimiento, la oscuridad y su amarga decepción temporal.

Llamaron al hijo de María, Jesús, un nombre común, con fe en que también llevaba otro nombre, Emanuel, y creyendo que esta escandalosa historia de nacimiento sería redimida por el escándalo divino: "Dios con nosotros". José apostó su vida, su familia, su futuro y su identidad por la posibilidad de que Dios fuera fiel; por la posibilidad de que este niño común, esta fuente de tanta conmoción inicial en la vida de José, fuera de hecho la esperanza del mundo.

—Catherine McNiel

Jueves: Una canción de misericordia y justicia

Lectura de hoy: Lucas 1:39–56

En Lucas 1:39–56, María deja su pueblo natal para ir a visitar a su pariente Elisabet. Cuando llega, se entera de que Elisabet también está embarazada. Y cuando Elisabet ve a María, el bebé dentro de su vientre salta de alegría. Elisabet dice: "Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres" (v. 42, NTV). Ella afirma y confirma las palabras que Dios le había enviado a María.

Y a causa de la alegría de este encuentro, María comienza a cantar. Estalla con exuberancia y regocijo, y canta sobre la bondad y la misericordia de Dios, diciendo: “Él muestra misericordia de generación en generación a todos los que le temen” (v. 50), y: “Ayudó a su siervo Israel y no se olvidó de ser misericordioso” (v. 54).

Solemos pensar en la misericordia de una manera limitada, de forma similar al alivio que se brinda a alguien que está sufriendo. Pero en las Escrituras, la misericordia es mucho más profunda y va mucho más allá que eso. Sí, habla de compasión, pero también habla de la lealtad y el incansable amor de Dios por su pueblo.

El canto de María es también un canto de justicia: "¡Su brazo poderoso ha hecho cosas tremendas! Dispersó a los orgullosos y a los altaneros. A príncipes derrocó de sus tronos y exaltó a los humildes. Al hambriento llenó de cosas buenas y a los ricos despidió con las manos vacías” (vv. 51–53). En su canción, María esencialmente está anunciando: Ya viene la justicia de Dios.

La justicia, bíblicamente hablando, consiste en Dios tomando todo lo que está mal en el mundo y corrigiéndolo. En el reino de Dios, las cosas funcionan al revés: los más pequeños son los más grandes y los últimos son los primeros. La justicia de Dios toma lo que está roto y lo hace pleno. En el Adviento, una temporada de anhelo y expectativa, esperamos que Dios arregle las cosas. Y este es un tema clave en la canción de María: Señor, arregla las cosas.

La canción de María nos recuerda que no hay pecado tan profundo que pueda superar la profundidad de la misericordia de Dios. La buena noticia del Adviento es que Dios ha venido y vendrá de nuevo en la persona de Jesús, y ofrece misericordia que va mucho más allá que nuestro pecado. La canción de María también nos recuerda que no hay nada tan malo en el mundo que la justicia de Dios no pueda arreglar algún día. Es por eso que cantamos: por la misericordia de Dios y por la justicia de Dios. Por eso esperamos a que Jesús regrese, porque cuando Él venga, Él hará todas las cosas nuevas.

—Rich Villodas

Este artículo es una adaptación de un sermón que Rich Villodas predicó el 5 de diciembre de 2019. Usado con permiso.

Viernes: La luz y el Rey

Lectura de hoy: Isaías 9:2–7, 40:1–5; Lucas 1:57–80, 3:1–6

Zacarías y Elisabet llamaron a su bebé, Juan, que significa “Dios es misericordioso y nos ha mostrado favor”. Lleno del Espíritu Santo, Zacarías profetizó sobre su hijo: “... irás delante del Señor para prepararle el camino. Darás a conocer a su pueblo la salvación mediante el perdón de sus pecados, gracias a la entrañable misericordia de nuestro Dios. Así nos visitará desde el cielo el sol naciente, para dar luz a los que viven en tinieblas, en la más terrible oscuridad...” (Lucas 1:76–79, NVI).

Cuando observamos la vida adulta de Juan el Bautista, vemos que justamente eso hace. Lucas registra:

Juan recorría toda la región del Jordán predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados. Así está escrito en el libro del profeta Isaías: «Voz de uno que grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, háganle sendas derechas. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina será allanada. Los caminos torcidos se enderezarán, las sendas escabrosas quedarán llanas. Y todo mortal verá la salvación de Dios”» (Lucas 3:3-6).

Las ideas que encontramos en el libro de Isaías sobre dar nueva forma a valles, colinas y caminos para preparar el camino, en el mundo antiguo estaban asociadas con la llegada de la realeza. Y, de hecho, el ministerio de Juan se centró en una sola cosa: declarar que un Rey estaba en camino.

La profecía de Zacarías sobre su recién nacido incluye una paráfrasis de otro pasaje de Isaías: “El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que vivían en densas tinieblas la luz ha resplandecido” (9:2). La gente que escuchó a Zacarías profetizar estas palabras habría sabido exactamente de qué se trataba este pasaje de Isaías: la promesa de un Rey venidero. Es parte del mismo pasaje familiar que declara: “Porque nos ha nacido un niño... Gobernará sobre el trono de David” (vv. 6–7).

Esto nos ofrece una inmensa esperanza. Por mucho que nos guste creer que podemos crear la paz y el gozo que tanto anhelamos a través de nuestros propios esfuerzos, la historia de Juan el Bautista y las palabras de Zacarías e Isaías declaran enfáticamente que la paz y el gozo que todo ser humano anhela no serán posibles sino hasta la llegada del Rey. Juan el Bautista literalmente dio su vida para proclamar esta verdad; para ayudar a la gente a ver que una luz estaba a punto de atravesar la oscuridad.

—Jay Y. Kim

Este artículo es una adaptación de un sermón que Jay Y. Kim predicó el 9 de diciembre de 2018. Usado con permiso.

Sábado: Un Dios al que podemos tocar

Lectura de hoy: Lucas 2:1-7

Se decía que los dioses del mundo antiguo vivían fuera del tiempo y el espacio, en un plano diferente al de nuestra existencia mortal. Un plano inalcanzable. En la tierra, con la esperanza de vislumbrar la divinidad, los antiguos establecieron lugares sagrados —un árbol, una montaña, un templo o una ciudad— que, según creían, existían en ambas esferas, como si se trataran de ventanas al cielo. La gente viajaba a estos lugares santos en días santos, creyendo que lo divino y lo mundano casi se traslapaban en un momento sublime.

Lucas se esfuerza por comunicar que esta historia, este Dios y esta mezcla de divinidad y humanidad son completamente diferentes. El Creador estaba llegando aquí, a nuestro mundo fangoso, polvoriento, físico, emocional, hermoso y terrible. Como si se tratara de una partera que anota cuidadosamente la hora y el lugar de nacimiento, Lucas aclara que el nacimiento de Dios interrumpe un evento en particular: el censo romano, en un lugar en particular: la ciudad de Belén, en una familia en particular: la casa de David. Jesús nace en la historia, de una mujer específica, exactamente aquí y exactamente ahora. Podríamos pasar por alto estos detalles locales, pero para los lectores gentiles, la declaración de Lucas sería discordante.

En esta noche, Dios no viene como los dioses de antaño, en una nube o una tormenta, con poder intocable que apenas si puede vislumbrarse a través de un espejo sagrado. No, Dios cae en los brazos de su madre, llegando a esta tierra como lo hacemos todos. Durante meses lo llevó en su vientre; durante horas lo parió con dolor, sangre y lucha, pujando hasta que Dios mismo nació en la tierra, entre nosotros; un bebé vulnerable, arrugado y mojado. Agotado por el esfuerzo, ahora duerme, pero despertará pronto, llorando y hambriento.

Esta es la increíble noticia de Lucas: el Dios verdadero se acercó a nosotros física y tangiblemente, de una manera que podemos ver con nuestros ojos y tocar con nuestras manos. Dios llegó a un pueblo en el que podemos caminar, durante un año que podemos recordar. La divinidad se encarnó en el vientre de una madre, irrumpiendo en un matrimonio, una noche y un pueblo, como sucede con cualquier otro nacimiento. Ya no es necesario encontrarnos con Dios en lugares sagrados y en esferas espirituales. Ahora podemos hacerlo aquí, en la tierra, en nuestras familias, en carne y hueso.

Esta es una idea impactante, incluso para nosotros tantos siglos después. Ya no existe una separación entre lo sagrado y lo mundano. Es en nuestra desordenada vida diaria donde se encuentra Dios, donde Dios está obrando. Este es un Dios al que podemos tocar.

—Catherine McNiel

Colaboradores:

Image: Photos courtesy of contributors.

Rachel Kang es escritora de prosa, poesía y otras piezas, y creadora de Indelible Ink Writers, una comunidad de creativos en línea.

Jay Y. Kim es pastor principal de enseñanza en la iglesia WestGate, profesor residente en Vintage Faith Church y autor de Analog Church. Vive con su familia en Silicon Valley.

Catherine McNiel es escritora y oradora. Es autora de All Shall Be Well y Long Days of Small Things.

Ken Shigematsu es pastor principal de la Décima Iglesia de Vancouver, Columbia Británica en Canadá. Es autor de God in My Everything y Survival Guide for the Soul.

Rich Villodas es pastor principal de New Life Fellowship, una iglesia multirracial en Queens, Nueva York. Es autor de The Deeply Formed Life.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

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