Cuando comencé a liderar un estudio bíblico en mi iglesia, tuve la abrumadora tarea de escoger el primer libro que íbamos a estudiar. No recuerdo exactamente por qué escogí Jeremías, pero sí recuerdo bien la cara que puso una compañera del seminario cuando se lo dije. “Vas a tener que advertirles que es un libro bastante difícil”, me dijo.

Así que cuando anuncié que pasaríamos los siguientes seis meses en Jeremías (porque ese es el tiempo que lleva estudiar cincuenta y dos densos capítulos), dije algo que había escuchado decir a muchos maestros bíblicos antes de mí: “Sé que es un libro aburrido, pero vamos a aprender algo”. Creo que estaba tratando de bajar sus expectativas… o las mías, quizá. Reduje las expectativas al mínimo para que si el libro de Jeremías cautivaba su atención aunque fuera un poco, yo pudiera calificar la experiencia como un éxito.

Pero, echando la vista atrás, me arrepiento de haberlo dicho. No es verdad. Jeremías no es aburrido. La Biblia no es aburrida. Incluso las partes que la gente siempre dice que son aburridas son en realidad raras, fascinantes y dignas de asombro. Si lo permitimos, capturarán totalmente nuestra atención.

Hay libros en la Biblia que tienen la mala reputación de ser tediosos. Sabemos que debemos pensar que Levítico es importante o que los profetas siguen teniendo aplicación hoy en día, pero también sabemos que todo el mundo asentirá con nosotros si admitimos que pensamos que son “un poco difíciles de navegar”.

Después de años de escuela dominical y grupos de jóvenes, las partes de las Escrituras a las que había etiquetado como “aburridas” llegaron a la sorprendente cantidad de su totalidad. Está Números, que empieza con un censo; y Crónicas, que parece que solo está repitiendo Reyes; y al final está Apocalipsis, que todo el mundo “sabe” que es simplemente extraño. En mi iglesia todo el mundo está de acuerdo en que toda la Biblia está inspirada por Dios, pero nadie te juzgaría por quedarte solo con los evangelios, los salmos y las epístolas.

Cuando leí la Biblia entera de tapa a tapa por primera vez en el bachillerato, me sentí ligeramente escandalizada. ¿Por qué nadie me había dicho que había tanta intriga, drama, belleza y bondad en estos libros supuestamente “aburridos”?

Al principio de su famosa conferencia de 1917 “El extraño nuevo mundo dentro de la Biblia”, el teólogo Karl Barth pregunta: “¿Qué hay dentro de la Biblia? ¿Qué clase de casa es esta de la cual la Biblia es la puerta? ¿Qué clase de país se extiende ante nuestros ojos cuando abrimos la Biblia?”.

Estas preguntas eran desconocidas para los distintos grupos de jóvenes en los que crecí. Nos hacíamos preguntas como: “¿Qué significa la Biblia para mi vida?”, o “¿Cuál de estas reglas tengo que seguir?”. Y la verdad es que esos largos pasajes “aburridos” de las Escrituras no tienen ninguna intención de responder esta clase de preguntas. Su verdad y su belleza no siempre se pueden traducir de forma sencilla en afirmaciones proposicionales, y el modo en que afectan al lector fiel no siempre se puede articular como una “forma de ponerlo en práctica”.

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Muchos de nosotros los evangélicos somos más pragmáticos de lo que deberíamos, y llevamos con orgullo “el alta estima que tenemos de las Escrituras” como una insignia. Sin embargo, negamos esa realidad a la hora de manejar los pasajes raros, difíciles o aburridos. Cuando todo debe reducirse a un principio moral que pueda ponerse en práctica, relacionarse de forma directa con la expiación sustitutiva o resumir la manera de “llegar al cielo”, tiene sentido pensar que largas porciones de las Escrituras nos parezcan en última instancia innecesarias.

Barth continúa su conferencia describiendo al lector de las Escrituras como un viajero que llega a un nuevo mundo: uno que llega a vivir con Abraham en Harán y escucha el llamado a una nueva tierra, uno que vaga con Moisés por las tierras salvajes, uno que escucha con Elías la suave y tranquila voz de Dios, uno que sigue a un Jesús que hablaba con “autoridad persuasiva” y observa el “eco” de su vida en aquella banda suya de torpes seguidores. Pero no puedes entrar en este nuevo mundo a menos que esperes encontrarlo. Si buscas historias aburridas e irrelevantes, las encontrarás. Si buscas el extraño nuevo mundo de Dios, también lo encontrarás. Como escribe Barth: “los hambrientos se sienten satisfechos por la Palabra, y para los satisfechos es empalago antes de siquiera haberla abierto”.

Cuando comencé el seminario, a menudo me advirtieron que necesitaba asegurarme de que mi fe no se convirtiera en algo “seco y académico”. Es extraño que lo que realmente ocurrió fue que me enamoré más profundamente de aquellas partes supuestamente “secas y académicas” de las Escrituras. Recibí incontables recursos para hacer preguntas inquisitivas, y tareas que me permitieron sumergirme en los detalles de las historias más extrañas.

Yo pensaba que la historia de Sodoma y Gomorra no tenía nada que decirle a mi iglesia de clase media de las afueras de la ciudad; en cambio, nos llamó a recordar que nuestras comunidades son juzgadas por cómo tratan a los extranjeros. Me sentía turbada por las extrañas imágenes de Apocalipsis; en cambio, descubrí una vibrante descripción del reino de Dios frente a los imperios del mundo. En el seminario aprendí que cada vez que indagaba en un pasaje de las Escrituras encontraba algo más bello y cautivador de lo que me había atrevido a esperar.

Pero no se necesita una biblioteca teológica completa para encontrar interesantes las historias “aburridas”. Las descripciones detalladas del tabernáculo captan la atención de los artistas, los dramas familiares de Génesis son tan enrevesados como una telenovela, y las especificaciones de las leyes y los festivales del Antiguo Testamento son tan exhaustivas como una novela fantástica que expone las costumbres de un mundo extraño.

Las Escrituras son historia, drama y arte. Y, lo más importante, es la sencilla y sorprendente historia de Dios redimiendo su creación. Pero si en nuestra forma de simplificar o sistematizar terminamos relegando porciones enteras de las Escrituras a aburridas irrelevancias, entonces hemos perdido la trama de un Dios que elige revelarse a sí mismo en la forma de una historia cautivadora.

Tal vez nuestra mayor herramienta para el estudio bíblico es la expectativa bien cultivada, nacida de la fe y sostenida por la práctica, de que incluso en las partes “aburridas” habrá belleza, verdad y bondad, porque eso mismo es Dios.

Traducción por Noa Alarcón

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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