Sabía muy bien que ir a Facebook para pedir consejo era una decisión azarosa. Mi esposa y yo estábamos cansados de las facturas de los mecánicos y estábamos buscando comprar un vehículo nuevo (usado). La búsqueda en línea de automóviles de bajo kilometraje, en buen estado y dentro de nuestro rango de precios resultó difícil, pero pensé que había encontrado una buena opción. El vehículo tenía unos 15 años, pero parecía que su único propietario lo había conducido muy poco. Estaba en muy buen estado y parecía una ganga. Había solo un problema: era un BMW.

Pensé: ¿Soy el tipo de persona que conduciría un BMW? Confieso que mi primera preocupación fue lo que pudieran pensar los demás. Entonces, fui a Facebook y pregunté: «¿Alguno de ustedes piensa que es problemático que alguien en mi posición conduzca un automóvil como este?». Me preocupaba que pudiera parecer inmodesto o incluso hipócrita que un profesor de seminario y predicador del evangelio fuera visto conduciendo un automóvil así.

Me aseguré de mencionar algunos detalles a manera de justificación (que no era nuevo, que no era caro y cosas por el estilo). La mayoría de mis amigos dijeron que no tendrían ningún problema en que yo condujera uno. Curiosamente, en un comentario alguien dijo que el mismo hecho de que estuviera preguntando significaba que probablemente implicaría una violación de mi propia conciencia. Y otro comentario agregó que verme conducir un BMW en el campus donde soy profesor de Ministerio Pastoral «sería una piedra de tropiezo» para él.

Al final, mi esposa y yo optamos por seguir buscando, principalmente debido a las advertencias que recibimos sobre las costosas reparaciones de los modelos BMW más antiguos, que era precisamente lo que estábamos tratando de evitar en primer lugar. Pero la experiencia me hizo pensar en la visión de los cristianos sobre el dinero y la percepción, correcta o incorrecta, de la extravagancia y la prosperidad.

Nuestra complicada relación con la prosperidad

El evangelicalismo es un mercado conflictivo cuando hablamos de prosperidad. Por un lado, nuestras megaiglesias suburbanas (no conocidas exactamente por su mesura o escasez arquitectónica) continúan creciendo y reproduciéndose, a la vez que apoyamos la versión de nuestra propia subcultura de influentes en internet y gurús de la autoayuda al incrementar la popularidad de sus canales, las ventas de sus libros y el lucro de sus marcas.

Por otro lado, también disfrutamos burlarnos de la obsesión de algunas de estas personas por la imagen y sus demostraciones de lujo descaradas. La cuenta de Instagram «PreachersNSneakers» (que presenta fotos de reconocidos portavoces cristianos luciendo costosos zapatos deportivos, supuestamente con el propósito de exponer su inapropiada extravagancia) es solo un ejemplo. Y, por supuesto, muchos evangélicos consideran al amplio elenco de personajes del movimiento de «salud y riqueza» como una fuente siempre confiable para el sarcasmo y la crítica.

Los estadounidenses están obsesionados con el dinero y están obsesionados con aquellos de quienes se cree que tienen demasiado. Y los cristianos estadounidenses no son una excepción. Quizás hay una doble mentalidad en juego aquí.

Para ser claros, el evangelio de la prosperidad (una teología de una subcultura protestante representada en gran parte por, pero no limitada a, creyentes pentecostales y carismáticos que postula que las bendiciones financieras y la salud física son la voluntad de Dios para los fieles) es una plaga particularmente perniciosa en el mundo, especialmente ahora que ha sido totalmente exportada y representa una afrenta global al verdadero cristianismo.

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Y los problemas que conlleva no son meramente teológicos. El movimiento del evangelio de la prosperidad explota a los pobres y a muchos otros de maneras implícitas y explícitas que a menudo cruzan completamente a la categoría de abuso espiritual.

Cuando combinamos esta epidemia religiosa muy real con preocupaciones más amplias (pero también muy reales) sobre la justicia social, las disparidades de ingresos, las desventajas económicas y cosas similares, el problema del dinero en el evangelicalismo tiene total sentido. La teología de la prosperidad (también conocida como de «salud y riqueza» o «nómbralo y decláralo por fe», etc.) convierte los mandamientos de Dios en fórmulas, y la obediencia fiel en una especie de magia. El evangelio de la prosperidad tuerce los conceptos bíblicos en una mezcla contradictoria de superstición y pragmatismo. Esta heterodoxia debería rechazarse en su totalidad.

Pero, ¿qué pasa si nuestra preocupación legítima y nuestro celo honesto contra el evangelio de la prosperidad ha creado una política de desolación con respecto al dinero y las bendiciones materiales que es problemática en sí misma?

El equilibrio bíblico de la riqueza

¿Se debe pensar en las provisiones de Dios solo en términos puramente espirituales, es decir, debemos rechazar cualquier prosperidad material como si no fuera una de las bendiciones de Dios? ¿Podría nuestra reacción a los errores del evangelio de la prosperidad hacernos perder de vista la verdad bíblica sobre la provisión de Dios?

La Biblia, por supuesto, dice muchas cosas sobre el dinero y las posesiones materiales, pero el pensamiento cristiano sobre el tema en estos días parece ser algo selectivo. Por ejemplo, todos sabemos que el amor al dinero es una idolatría que conduce a la ruina (Eclesiastés 5:10; Mateo 6:24; 1 Timoteo 6:10; Hebreos 13:5). Pablo menciona el amor al dinero en la misma lista de inmoralidades vergonzosas en la que aparecen el abuso y la brutalidad (2 Timoteo 3:2-5). Jesús también advierte constantemente sobre las riquezas. Los ricos, al parecer, están en una desventaja significativa cuando se trata de percibir la gloria de Cristo y las riquezas eternas del reino (Marcos 10:25).

Pero la Biblia también tiene muchas cosas positivas que decir acerca de la riqueza: no sobre el amor por ella o que debamos encontrar satisfacción en ella, obviamente, sino simplemente sobre el hecho de lo que es. En el Antiguo Testamento, en particular, encontramos amplia evidencia de que la provisión financiera y material se considera parte de las bendiciones de Dios. La literatura sapiencial en especial parece considerar (a menudo) la riqueza como el resultado de una buena mayordomía, trabajo arduo y diligencia fiel. Proverbios 12:27 es solo un ejemplo: «El perezoso no atrapa presa, pero el diligente ya posee una gran riqueza» (NVI). Muy a menudo, las riquezas también se consideran, de manera metafórica, como recompensa por la fidelidad (Salmo 112:3; Proverbios 14:24; Isaías 60:5).

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Job es un ejemplo obvio de un hombre muy rico que, sin embargo, es considerado justo (Job 1:1-3). Después de haber pasado por su inimaginable sufrimiento, su restauración incluyó la recompensa del doble de su fortuna anterior. Esto viene de la mano del mismo Señor (42:10).

En el Nuevo Testamento, donde las advertencias sobre las riquezas parecen surgir con mayor urgencia, sin embargo, encontramos personas ricas que apoyan el ministerio de Cristo y sus discípulos. José de Arimatea, quien poseía una tumba familiar que ofreció para colocar el cuerpo de Jesús crucificado y es identificado como «un hombre rico» en Mateo 27:57, es solo un ejemplo. Un grupo de mujeres también apoyó económicamente el ministerio de Cristo con su abundancia (Lucas 8:3). Y Lidia y otros benefactores adinerados ayudaron a patrocinar los esfuerzos misioneros apostólicos de la iglesia primitiva.

El problema con el evangelio de la prosperidad, entonces, parece no tener que ver con la prosperidad en sí misma. La disfunción espiritual de esta teología tiene que ver principalmente con el pragmatismo, una transformación de los principios bíblicos en fórmulas dudosas para la riqueza y la acumulación. Una cosa es pensar en las riquezas y las posesiones materiales como las bendiciones de Dios. Otra cosa es pensar en estos como una deuda de Dios por nuestra fidelidad (o considerar la falta de riquezas como un indicador de infidelidad).

Ciertamente, el lenguaje de la recompensa en las Escrituras puede complicar el pensamiento aquí. Cuando nos encontramos con versículos sobre pedir y recibir, debemos tener cuidado de no malinterpretarlos como si se tratara de una realización individualista o de sacarlos de sus contextos espirituales y del reino. De manera similar, los pasajes sobre la siembra y la cosecha o el rendimiento de las inversiones a menudo se prestan a una aplicación financiera o personal inmediata, cuando su principal objetivo es a menudo el interés espiritual, las recompensas celestiales o la mayordomía de las almas.

Podemos saber que las finanzas no son una recompensa automática o confiable por la fidelidad, ¡simplemente porque hay demasiados fieles pobres en las Escrituras! Podemos y debemos repudiar cualquier teología que postule que de alguna forma [Dios] le debe bienes materiales a alguien. Y podemos y debemos repudiar cualquier visión de los bienes materiales que promueva la codicia, la envidia, la vanidad y la inmodestia, sin mencionar la tacañería o la explotación de los pobres. El potencial del pecado no está en el dinero en sí, sino en lo que pensamos sobre él y en lo que podemos hacer con él.

¿Cómo la pobreza de pensamiento afecta a nuestras iglesias?

Como líderes de la iglesia, nuestra visión del dinero (especialmente lo que hablamos de él), tiene profundas implicaciones para nuestro discipulado personal y la cultura de discipulado de nuestras iglesias. ¿Qué podríamos perder, por ejemplo, si al rechazar el evangelio de la prosperidad, involuntariamente creamos una especie de vergüenza por recibir tal provisión?

Sin darnos cuenta, podríamos desincentivar la generosidad entre aquellos entre nosotros que tienen más que otros. Si mantener la riqueza es en sí mismo considerado codicioso o pecaminoso, podemos estar enviando el mensaje a los más ricos entre nosotros que la iglesia y su misión no son el lugar para invertir esas riquezas, y que su mayordomía debe canalizarse en otra parte.

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Considere: ¿Qué piensan nuestros feligreses que cuentan con más recursos cuando creamos categorías de pecado no bíblicas en torno al dinero y las posesiones? ¿Podrían sentir que no son bienvenidos? ¿O tal vez sentirse avergonzados o incluso alienados de los valores de la iglesia? Si cultivamos un estigma malsano en torno a la riqueza, nuestros miembros más ricos pueden tener dudas sobre el apoyo financiero de la iglesia, optando en cambio por apoyar organizaciones benéficas y organizaciones que reciben alegremente su gozosa generosidad.

O incluso pueden apartarse de la iglesia por completo. Si una iglesia opera con una cultura de la vergüenza en torno al dinero, irónicamente puede promover la autocomplacencia y el interés propio en los feligreses más ricos que no están comprometidos, creando profundos impactos perjudiciales en el apoyo a las misiones y las necesidades de los ministerios de benevolencia.

Piense también en aquellos que están en las zonas de bajos ingresos donde las empresas exitosas traen sus recursos, creando empleos y otros efectos en cascada del mejoramiento social. Al avergonzar la riqueza, la iglesia puede estar confundiendo a los empresarios en ciernes y desactivando el tipo de pasión que puede tener mejoras sistémicas y duraderas en los contextos que más las necesitan.

Además, presentar una visión del dinero o las posesiones materiales como pecaminosas se acerca [peligrosamente] a una especie de gnosticismo que va en contra de la espiritualidad del mundo real de las Escrituras.

En cambio, es mucho mejor hablar del dinero como herramienta. Las herramientas pueden ayudar o dañar. Muchas personas en nuestro mundo se han visto perjudicadas por el pensamiento deformado y el uso demoníaco de esta herramienta. Pero muchos otros se han visto beneficiados. Tomando prestada una frase de Martín Lutero, tengamos mucho cuidado entonces con la sobrecorrección, de tal forma que no nos caigamos del otro lado del caballo.

El problema evangélico con el dinero puede remediarse con un cuidadoso llamado bíblico a la vigilancia y el equilibrio, a la gracia y la claridad. Los pastores deben recordarles a sus congregaciones (¡y a sí mismos!) sobre los peligros de las riquezas y las vulnerabilidades endémicas de quienes disfrutan más de las provisiones materiales que otros. A medida que transita por el interés propio y una especie de legalismo pragmático, el evangelio de la prosperidad siempre está al acecho a las puertas de nuestro corazón, por lo que debemos enseñar la verdad bíblica y fomentar la sabiduría bíblica en estos asuntos en todo momento.

Pero no debemos representar el ahora cliché que cita mal el versículo de Primera de Timoteo 6:10, que dice que «… el dinero es la raíz de toda clase de males». Debemos animar una mentalidad sobria y una generosidad incondicional. Debemos animar a los que tienen mucho a que recuerden de todas las maneras posibles a los que tienen poco. Recordar a los pobres es parte de nuestra fidelidad al evangelio (Gálatas 2:10). De hecho, dice que todo buen regalo viene de Dios. Nada debe ser rechazado si se puede recibir con acción de gracias. No deshonremos al Dador al considerar cualquiera de sus bendiciones como inaceptable.

Jared C. Wilson es profesor asistente de ministerio pastoral en el Midwestern Baptist Theological Seminary [Seminario Teológico Bautista del Medio Oeste], director del Centro de Entrenamiento Pastoral en la Iglesia Bautista Liberty y coanfitrión del podcast The Art of Pastoring de CT.

Traducción por Sergio Salazar

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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