Después del horror de la Segunda Guerra Mundial, la actitud a nivel global con respecto a las cuestiones raciales comenzó a cambiar radicalmente, y líderes tanto seculares como religiosos hicieron un llamado para defender los derechos civiles, así como para poner fin al dominio de la raza blanca. Aunque los historiadores suelen relatar el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos con escasa referencia a los acontecimientos en el resto del mundo, los líderes religiosos y laicos de la época entendieron los derechos civiles estadounidenses como parte de una iniciativa más amplia contra el racismo a nivel mundial.

La ideología de la superioridad étnica tuvo una fuerte presencia en todo el mundo occidental, y el dominio blanco en las colonias era considerado una expresión de la visión racista del mundo. En 1942, un grupo de líderes protestantes comenzó a reclamar la igualdad «de otras razas en nuestra propia tierra y en otras» [enlaces en inglés]. En 1947, dos años después del fin de la guerra, el teólogo luterano Otto Frederick Nolde elaboró una serie de ensayos en los que abogaba por la igualdad racial en el mundo e instaba a la Iglesia a liderar la causa:

El evangelio cristiano concierne a todos los hombres, independientemente de su raza, lengua o color de piel. (...) No existe ningún argumento cristiano que apoye la supuesta superioridad intrínseca de una raza por sobre las demás. Los derechos de todos los pueblos de todas las tierras deben ser reconocidos y salvaguardados. La cooperación internacional es necesaria para crear las condiciones en las que estas libertades puedan hacerse realidad.

El llamado a la igualdad racial formaba parte de un movimiento mundial que exigía la libertad para «todos los pueblos de todas las tierras». En 1948, la comunidad global adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), un acontecimiento decisivo en la batalla global contra el racismo. Los misioneros protestantes estadounidenses ejercieron una gran influencia en el lenguaje de la DUDH y se convirtieron en firmes defensores de la libertad religiosa, así como de los derechos humanos a nivel global. La actitud había comenzado a cambiar en el mundo occidental y los misioneros estaban ayudando a liderar el camino. W. E. B. Du Bois, quien quizás es más conocido como activista de los derechos civiles en Estados Unidos, es considerado más bien como una voz profética que reclamaba el fin del racismo global y la opresión por parte de la raza blanca. A pesar de que era ateo, Du Bois trabajó junto a los misioneros occidentales en la adopción de la DUDH en 1948 y expresó su creencia de que los misioneros occidentales tenían un importante papel que desempeñar para poner fin al racismo mundial.

Sin embargo, el racismo siguió siendo un pecado aceptable después de la Segunda Guerra Mundial, incluso entre muchos cristianos evangélicos. El problema de la segregación racial continuó siendo un problema entre algunas sociedades misioneras cristianas durante la primera mitad del siglo XX.

Durante mis estudios de doctorado, examiné la organización que se convirtió en la mayor agencia misionera protestante de ese siglo en el continente africano. En la década de 1950, la organización se vio inmersa en una gran confusión sobre cómo abordar la cuestión de la integración racial. Los ejecutivos se resistieron a la sugerencia por parte de algunos de sus misioneros de aceptar a los «evangélicos de color» como miembros de pleno derecho de la comunidad misionera. Los funcionarios de la oficina central se preguntaban en voz alta (sobre todo en reuniones a puerta cerrada) cómo abordarían la cuestión de la igualdad de remuneración, así como los problemas que surgirían cuando los hijos de los misioneros negros estadounidenses quisieran asistir a la escuela con los hijos de sus colegas blancos. Las autoridades misioneras sugirieron que tal vez podrían crear estaciones misioneras separadas que «fueran atendidas enteramente por personas negras» en África.

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De este modo, algunos misioneros estaban trabajando para lograr un cambio en las actitudes racistas en el extranjero, mientras que otros se enfrentaban a ese tipo de actitudes en sus propias filas. Sin embargo, pude notar algo más mientras estudiaba incansablemente aquellos polvorientos archivos: esas mismas actitudes cambiantes sobre los derechos humanos en el mundo y el dominio de la raza blanca se convirtieron en una crisis para algunos misioneros y sociedades misioneras, aun cuando intentaban seguir centrados en su labor principal que era la proclamación del Evangelio.

Por ejemplo, la obra misionera con la que más me familiaricé se vio obligada a reubicarse debido al aumento del nacionalismo y cierta aprehensión en contra de las personas de raza blanca en la década de 1950, durante la Rebelión del Mau Mau (alrededor de 1952–56). Los cambios que se produjeron en el continente africano crearon una presión política para «africanizar» todas las esferas de la sociedad, incluida la iglesia. En la década que siguió a la independencia de Kenia de Gran Bretaña (el proceso comenzó aproximadamente en 1958 y la independencia se anunció en 1963), la obra misionera —cuyo personal estaba conformado únicamente por personas de raza blanca— se resistió inicialmente a la presión de los líderes eclesiásticos africanos a fin de que traspasaran pacíficamente sus propiedades y su poder. A pesar de recibir garantías de lo contrario, los misioneros temían que se les presionara a abandonar el país, lo cual pondría fin a su labor.

La obra misionera finalmente renunció a su autoridad en la década de 1970 después de que los líderes de la iglesia africana amenazaran con una toma de posesión hostil, aunque no fue sino hasta 1980 que se produjo un traspaso completo debido a las exigencias de un incansable obispo de la iglesia africana, que se cansó de lo que llamó una «mentalidad de la estaciones misioneras». (Se refería al hecho de que los misioneros no se «integraran» plenamente en la iglesia africana). El control extranjero por parte de las personas de raza blanca —ya sea de las sociedades misioneras, de la iglesia o del país— no iba en sintonía con la época. Incluso las organizaciones misioneras que no habían asimilado del todo los cambios que trajo la descolonización se vieron obligadas a adaptarse.

Es importante que los cristianos occidentales que participan en las misiones mundiales comprendan que la supremacía blanca en todas sus formas ha sido rechazada por el mundo no occidental. A finales del siglo XX, los misioneros que servían en el mundo no occidental eran muy conscientes de este estado de ánimo global. En todo el continente africano, durante la segunda mitad del siglo XX, las colonias se rebelaron contra sus amos occidentales, animadas por la lucha por la libertad humana y el fin del racismo global. A medida que las antiguas colonias se independizaban, los misioneros occidentales de diversas denominaciones, tanto católicos como protestantes, se vieron obligados a renunciar a la autoridad eclesiástica.

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La transición «de misión a iglesia» (denominada «devolución») en varias denominaciones fue a menudo tensa y desigual. Las voces progresistas dentro de los círculos misioneros exigían la devolución lo antes posible. Max Warren (1904–77), que fue vicario de la iglesia Holy Trinity, en Cambridge, de 1936 a 1942, y secretario general de la Church Missionary Society de 1942 a 1963, fue especialmente persuasivo a la hora de convencer a la comunidad misionera mundial de que se ajustara a los cambios que se estaban produciendo en el mundo durante el proceso de descolonización.

En la mayoría de los casos, los misioneros y las sociedades misioneras respondieron con presteza, preparando a los líderes locales para ocupar puestos de autoridad lo antes posible, a menudo debido a la preocupación de que se vieran obligados a abandonar el país por los nuevos regímenes gubernamentales que podrían ser hostiles con los occidentales (como sucedió en China en 1949 y en el Congo Belga en 1960).

En las nuevas naciones independientes en las que las sociedades misioneras recibieron autorización para continuar su labor, los misioneros a veces se sentían obligados a ceder el control eclesial por temor a ser percibidos como antigubernamentales o incluso racistas. Las condiciones en Sudáfrica eran aún más complejas, ya que la Iglesia y el Estado a menudo traslapaban sus funciones en las esferas pública y privada, y las tensiones raciales continuaron mucho más allá del fin del apartheid (1994), extendiéndose hasta la actualidad. Para el año 1950, en China e India la mayoría de los misioneros occidentales ya habían sido presionados para regresar a su país de origen debido a la actitud antioccidental, y las sociedades misioneras no tuvieron más remedio que ceder la dirección de la iglesia a los líderes nativos. En América Latina, aunque las naciones habían gozado de la libertad política por más de cien años, a mediados del siglo XX las frustraciones aumentaron a causa del elitismo demostrado por la jerarquía eclesiástica.

Los líderes cristianos, tanto católicos como protestantes, expresaron su solidaridad con los pobres y los oprimidos mediante la adopción de la teología de la liberación entre los años 1950 y 1990. Esta forma de teología, basada en la historia del libro de Éxodo, sostenía que Dios está obrando para cumplir la misión de liberar a su pueblo, no solo espiritual, sino también políticamente. La retórica de la teología de la liberación era a menudo antioccidental, y algunas de las críticas de los teólogos de la liberación eran dirigidas en contra de los misioneros occidentales, puesto que los percibían como neocolonialistas. Desde la década de 1940 hasta la de 1990, las sociedades misioneras occidentales se vieron presionadas a adaptarse a los rápidos cambios que estaban teniendo lugar en el mundo a su alrededor. El «dominio blanco» en todas sus formas estaba siendo rechazado en África, Asia y América Latina.

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Durante mi año sabático en Kenia en 2006, aprendí sobre el crecimiento del cristianismo en el mundo no occidental, y también sobre las actitudes de los cristianos no occidentales hacia los misioneros occidentales. Un proyecto de investigación que llevé a cabo durante mi estancia en Kenia demostró que los africanos no solo estaban resentidos por el legado de control y racismo de Occidente (esto no me sorprendió), sino que también creían que las sociedades misioneras habían mostrado actitudes de superioridad cultural y racial. Muchos africanos creían que la reticencia de los misioneros occidentales a brindar una preparación ministerial adecuada a los líderes locales había puesto de manifiesto una presunción de superioridad racial y cultural.

Mientras daba clases en el departamento de historia de la iglesia en la Evangelical School of Theology de Nairobi ese año, un pastor de Ukambani (cerca de Machakos, Kenia) pasó por mi casa una noche para entregar una copia de la obra maestra literaria Muntu, de Joe de Graft. La obra africana fue puesta en escena en 1975 en la reunión del Consejo Mundial de Iglesias en Nairobi y en la actualidad es considerada un clásico de la literatura africana.

En la obra, el Pueblo del Agua llega al lugar donde los hijos de África se están peleando entre sí sobre cómo gobernar sus propios asuntos. El primer «Hombre del Agua» es un misionero cristiano que ha llegado a África para hacer conversos, el segundo es un comerciante que establece una tienda de compra y venta, el tercero es un colono blanco en busca de tierras, y el cuarto es un administrador colonial con planes de construir una vía de ferrocarril para exportar oro.

Los Hombres del Agua blandían mosquetes, e incluso el misionero demostró ser un excelente tirador. El pastor africano que me entregó la obra me explicó que la obra de Graft me ayudaría a entender la mentalidad de muchos africanos, especialmente de los que tenían estudios universitarios. Los cristianos africanos, según aprendería después, recuerdan que el misionero occidental había llegado junto con el invasor, el comerciante y el administrador colonial, a menudo en los mismos barcos. Los cristianos más perspicaces, me informó este pastor, interpretaban que el misionero tenía otros objetivos. Sin embargo, continuó, era importante que entendiera que había surgido una nueva generación de líderes africanos que no estaban dispuestos a tolerar nada que se pareciera a la superioridad occidental. Lo que este pastor intentaba mostrarme era que el fin del dominio blanco en las naciones no occidentales significaba también el fin de cualquier atisbo de dominio blanco en la iglesia africana.

Los cristianos de África, Asia y América Latina quieren (y merecen) trabajar con la iglesia del mundo occidental como iguales en el Evangelio por la causa de las misiones globales. Los líderes de las iglesias del mundo no occidental son muy conscientes de la historia de subyugación que ellos y sus antepasados han sufrido. No quieren que la iglesia occidental los ignore, los pase por alto, los desprecie o los trate con condescendencia, ni que llegue a su país a realizar el trabajo de forma independiente, como si no existiera ya una iglesia africana, asiática o latinoamericana. Quieren que la iglesia occidental sirva junto con ellos compartiendo el mismo testimonio. También desean ser reconocidos, respetados y escuchados por los líderes de la iglesia occidental. Quieren que los cristianos occidentales entiendan primero sus necesidades y luego vengan a servir junto a ellos.

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Es fácil confundir la hospitalidad ofrecida por los pueblos del mundo no occidental a los visitantes occidentales con un servilismo voluntario. Sin embargo, resulta fundamental comprender que la actitud hacia los norteamericanos y los europeos ha cambiado durante el siglo XX, y que incluso los anfitriones hospitalarios son conscientes de la larga historia de superioridad cultural y racial.

El obispo Oscar Muriu es un influyente líder cristiano en el continente africano que también se ha convertido en mi amigo personal. He recibido su amable hospitalidad en muchas ocasiones, y ha sido huésped en mi casa en más de una ocasión. Hemos tenido muchas discusiones francas durante buenas comidas. En un intercambio reciente, le pedí su consejo sobre un asunto relacionado con las misiones, y opinó (otra vez) sobre «todos los blancos de Occidente... que sueñan [con las misiones] en los otros dos tercios del mundo».

Nuestros hermanos quieren que los occidentales nos involucremos en la obra misionera, pero no quieren ser ignorados, ¡especialmente si estamos planeando iniciativas misioneras en su propio territorio! Como dijo el activista y fotoperiodista keniano Boniface Mwangi en un artículo de opinión publicado en 2015 en The New York Times: «Si quieres venir a ayudarme, primero pregúntame qué es lo que quiero... luego podemos trabajar juntos». La «carga del hombre blanco» no es salvar al mundo; más bien, es responsabilidad de toda la iglesia llevar todo el evangelio a todo el mundo.

Adaptado de World Christianity and the Unfinished Task, por F. Lionel Young III. Utilizado con permiso de Wipf and Stock Publishers, www.wipfandstock.com.

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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