“La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.” -Génesis 4:10 (LBLA)

Nosotros en Christianity Today amamos profundamente a la iglesia. Servir a la novia de Cristo, hacer crecer su amor por Dios y contar la historia de su obra redentora y transformadora en el mundo es el corazón mismo de lo que hacemos. No nos deleitamos en la historia de su pecado, pero no podemos amar bien a nuestros hermanos y hermanas si no podemos contar la verdad de su historia. Y no podemos contar la verdad de su historia si no podemos confesar nuestra participación en ella. La Biblia es honesta acerca de los defectos y errores incluso de las personas más notables y, por lo tanto, debemos seguir su ejemplo.

Dos pecados originales han plagado a esta nación desde su formación: la destrucción de sus habitantes nativos y la institución de la esclavitud. Ambos surgieron de la incapacidad de ver a personas de otras razas como iguales. Como bien lo dijo el obispo Claude Alexander, el racismo estaba en el líquido amniótico del que nació nuestra nación. Había un virus presente en el medio ambiente que nutrió el desarrollo de nuestro país, nuestra cultura y nuestra gente. El virus del racismo infectó nuestra iglesia; nuestra Constitución y nuestras leyes; y nuestras actitudes e ideologías. Y nunca lo hemos derrotado por completo.

Los primeros esclavos llegaron a estas costas antes que los peregrinos, antes de que hubiera un Massachusetts o un Connecticut. La esclavitud se había desarrollado durante 113 años para el año en que George Washington nació, y durante 157 años para cuando se escribió la Declaración de Independencia. Nueve de nuestros primeros presidentes eran dueños de esclavos. La esclavitud significó que esposos y esposas, padres e hijos, fueran separados violentamente y nunca se volvieran a ver. Hombres blancos violaban repetidamente a cientos de miles de niñas y mujeres negras. En el libro American Slavery As It Is, publicado en 1839 por Theodore Weld y Angelina Grimké con un registro exhaustivo de fuentes documentales, se describe que los esclavos:

Son con frecuencia azotados con gran severidad, frotados con pimienta roja en su carne lacerada, o bien con salmuera caliente, trementina o aguarrás, vertidos sobre las heridas para aumentar la tortura; que a menudo son desnudados, con la espalda y las extremidades cortadas con cuchillos, magulladas y destrozadas por cientos de golpes con palos... que a menudo son cazados por sabuesos y derribados como bestias, a veces siendo desgarrados en pedazos por los perros; que a menudo son suspendidos por los brazos y azotados y golpeados hasta que se desmayan, y a veces cuando despiertan son golpeados de nuevo hasta que se vuelven a desmayar o a veces hasta que mueren; que sus orejas a menudo son cortadas, sus ojos noqueados, sus huesos rotos, su carne marcada con hierros calientes; que son mutilados o quemados hasta la muerte a fuego lento.

Esta es la institución que perduró sobre el suelo estadounidense durante casi 250 años. Nos estremecemos cuando pensamos no sólo en el tormento físico, sino en el sufrimiento social, en la sensación de humillación y abandono, y en el hecho de que la sociedad blanca alrededor de los esclavos era a menudo sorda a sus gritos y no los veía como humanos y dignos de amor. Y aún nos sorprendemos por la profunda herida que esto dejaría en la conciencia colectiva de una nación. En el periodo histórico conocido como Antebellum, la esclavitud fue uno de los motores más poderosos de la creación de riqueza en la historia de nuestro pueblo. Generó un gran capital económico y cultural, lo que significó comunidades prósperas, nuevas oportunidades para el empleo y la inversión, y la creación de instituciones educativas que apoyaron la investigación y la innovación, y que crearon nuevos niveles de calidad de vida. Sin embargo, dejó a los afroamericanos completamente desolados.

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Sólo alrededor del 42 por ciento de los cristianos de raza blanca creen que la historia de la esclavitud sigue afectando a los afroamericanos en la actualidad; sin embargo, la esclavitud era un síntoma del virus, no el virus en sí. Incluso después de la abolición de la esclavitud, la ideología que se había formado alrededor de la misma y que la sustentó por tanto tiempo, perduró. El síntoma pasó. El virus persistió por mutación.

El colapso de la Reconstrucción y el ascenso de la política de segregación racial conocida como Jim Crow impusieron una nueva etapa de opresión en el Sur hasta 1965. Dado que los propietarios de las plantaciones todavía necesitaban mano de obra barata después de la Guerra Civil, estos explotaban a sus aparceros y agricultores inquilinos, y a menudo los trataban tan brutalmente como antes. Los linchamientos aterrorizaban a las familias de raza negra y aplicaron un régimen de dominación y control, mientras que los legisladores sureños encontraban formas cada vez más creativas para evitar que los negros votaran, o se defendieran a sí mismos y a sus propiedades. En el norte también, especialmente cuando un gran número de negros huyeron de la opresión del sur buscando trabajo en fábricas de las ciudades del norte, la discriminación sistemática en los mercados de la vivienda y del trabajo, hizo prácticamente imposible que los afroamericanos obtuvieran financiamiento para lograr la propiedad de una vivienda, o que acumularan alguna clase de riqueza generacional.

Muchas políticas progresistas sólo profundizaron la brecha social y económica entre negros y blancos. Las leyes de seguridad social en la era del New Deal excluyeron efectivamente a la gran mayoría de los negros de la asistencia federal para la jubilación, y el proyecto de ley GI fue completamente ineficaz para lograr que pudieran obtener propiedades, y sólo escasamente eficaz en financiar la educación universitaria para los veteranos de raza negra que regresaban de la guerra. Las políticas establecidas y los prejuicios sociales orillaron a los negros a vivir en barrios de pobreza cada vez más profunda y de la cual muy pocos podían salir. Los jóvenes crecían en ambientes llenos de violencia y delincuencia, desempleo, descomposición familiar, adicción y desesperanza, y no podían asegurar una educación de calidad, un hogar u oportunidades justas en el mercado laboral. Todo esto por no mencionar el colapso del sistema de justicia penal estadounidense en la segunda mitad del siglo XX, que llevó al comienzo de una etapa de encarcelamiento excesivo, y a enfrentamientos cada vez más violentos entre los departamentos encargados de hacer cumplir la ley y las comunidades a las que sirven.

Otros han contado esta historia con mayor detalle. Nosotros creemos que es importante seguir contándola en las páginas de Christianity Today. El resultado de la historia es una brecha catastrófica en la distribución de las riquezas: La mediana del patrimonio neto de las familias negras en los Estados Unidos hoy en día es una décima parte del patrimonio neto medio de las familias blancas. El 62% de los niños negros nacidos entre 1955 y 1970 fueron criados en barrios pobres, en comparación con el 4% de los niños blancos durante el mismo periodo. Los resultados para la generación nacida entre 1985 y 2000 fueron aún peores, con un 66% de los niños negros criados en barrios pobres, en comparación con el 6% de los niños blancos.

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La única manera de explicar la historia anterior es la persistencia de los prejuicios raciales y su consagración dentro del aparato de gobierno. Permítame tomar prestada una metáfora de la académica Wendy Doniger y aplicarla de forma distinta. Dos exploradores entran en una cueva repleta de las telarañas más elaboradas. Uno de ellos no puede localizar una araña, y por lo tanto se niega a creer que existe. Ves las telarañas, responde el otro: La araña está implícita. El prejuicio racial es la araña implícita que ha tejido la red de políticas, prácticas, desigualdades y abusos que han limitado a los estadounidenses negros durante cuatrocientos años.

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¿Qué papel desempeñó la iglesia?

Por supuesto, algunos cristianos de raza blanca se esforzaron considerablemente y se arriesgaron mucho para abolir la esclavitud, y muchos derramaron su sangre en la guerra que emancipó a los esclavos en los estados del sur. Cuando es correctamente interpretada, la Biblia como centro de la iglesia ha sido una fuerza enorme, no sólo para la redención de los pecadores, sino también para el avance de la justicia y la caridad. Pero las excepciones fueron muy pocas. Una multitud de comunidades cristianas, incluidas comunidades evangélicas, guardaron silencio frente a la esclavitud o incluso fueron cómplices de ella.

De hecho, el término "complicidad" no es lo suficientemente fuerte. Aunque lo lamentamos muy profundamente como personas que amamos la iglesia, puede ser que el pecado más monstruoso de la iglesia blanca en Estados Unidos fue dar forma a una teología de superioridad racial con el objetivo de legitimar e incluso alentar la institución de la esclavitud. Muchos cristianos blancos argumentaron que la esclavitud no sólo era permisible, sino beneficiosa, en la medida en que llevaba el Evangelio y la cultura a un pueblo ignorante. Incluso en vísperas de la Guerra Civil, algunos predicadores espolearon la causa secesionista argumentando que era parte de la “confianza providencial” de Dios en los estados del sur “conservar y perpetuar la institución de la esclavitud doméstica tal como existe ahora”. Como Dios había ordenado la jerarquía racial, ¿quiénes eramos nosotros para revocarla?

Muchos de los mismos ministros que defendieron la esclavitud en el sur en la época del Antebellum también defendieron los sistemas racistas que siguieron después de la Guerra Civil. Muchas denominaciones protestantes se dividieron a medida que sus ramas sureñas defendían la esclavitud y la supremacía blanca antes y después de la guerra. Hubo ministros cristianos y líderes laicos que participaron en linchamientos, en el Ku Klux Klan y en la defensa de la segregación. Aunque un número cada vez mayor de evangélicos apoyó el movimiento por los derechos civiles, muchos evangélicos, con sólidas creencias en el individualismo, estaban mal equipados para reconocer y desmantelar las formas en que las desigualdades raciales se habían sistematizado en el gobierno y el mercado.

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Incluso después de que la institución de la esclavitud flaqueó, la teología perduró. Pronunció la aprobación divina sobre el sesgo racial y racionalizó innumerables medios para hacer cumplir los prejuicios contra los afroamericanos. Bryan Stevenson lo argumenta bien:“El gran mal de la esclavitud estadounidense no era la servidumbre involuntaria; era la ficción de que los negros no eran tan buenos como los blancos y no eran iguales a los blancos; que eran menos evolucionados, menos humanos, menos capaces, menos dignos, y merecían menos que los blancos”. Las iglesias blancas no sólo eran cómplices de escribir esta ficción: le dieron la firma de Dios.

El nombre de Phalaris no es muy recordado en el siglo XXI, pero en la antiguedad clásica era infame. Phalaris, el tirano de Agrigentum en la isla de Sicilia, es conocido por un espantoso instrumento de tortura: un toro de bronce, ahuecado en el interior y colocado sobre fuego. Mientras las víctimas eran forzadas a entrar en el toro y asadas vivas, las fosas nasales del toro convertían los gritos de los moribundos en gemidos sonoros que llenaban el palacio de música. Podías haber sido convidado a una fiesta sin saber que tu entretenimiento venía de la agonía de otros.

Las generaciones de hoy pueden decir que nosotros no inventamos el toro de la injusticia racial. Pero nos hemos beneficiado de ella. La resiliencia, la creatividad, la industria y la fe indomable de los afroamericanos a pesar de todo lo que han sufrido no es nada menos que milagrosa. Todos nos hemos beneficiado, no sólo de su trabajo, sino también de sus innovaciones y emprendimiento, su arte y música, sus películas, poesía y libros, sus himnos y su predicación. La transformación del sufrimiento negro en abundancia económica para Estados Unidos, así como su arte, pasión y genialidad, ha enriquecido nuestra fiesta en el palacio. Tal vez podamos decir con toda honestidad que nosotros no sabíamos lo que nuestros hermanos y hermanas estaban sufriendo. Ahora sí sabemos. Así que ahora sólo queda una cosa por hacer: bajar los trinches y sacar a nuestros hermanos y hermanas del vientre del toro.

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Estas son realidades dolorosas en un mundo complejo. Estados Unidos ha sido una fuerza extraordinaria para el bien, un poderoso defensor de la democracia, los derechos humanos y las oportunidades económicas. Los ideales que defiende han sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y la opresión, y sus tecnologías, innovaciones y arte han cambiado la vida de prácticamente todas las personas del planeta. Del mismo modo, la iglesia estadounidense ha avanzado la causa del evangelio de Jesucristo de innumerables maneras, ya sea enviando misioneros, traduciendo la Biblia o apoyando y albergando ministerios que llevan luz y vida a todos los rincones del mundo; sin embargo, históricamente y con demasiada frecuencia, el evangelismo estadounidense ha guardado silencio, ha sido cómplice e incluso ha sido un defensor de la desigualdad racial. Como escribió Alexander Solzhenitsyn, “La línea que separa el bien y el mal no pasa a través de los estados, ni entre las clases, ni entre los partidos políticos, sino justo por en medio de todo corazón humano, y a través de todos los corazones humanos.”

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Entonces, ¿cómo debemos responder?

Dos narrativas bíblicas han estado en nuestras mentes. El primero (de Hechos 10) se refiere al apóstol Pedro, que creía que como judío no debía asociarse con personas de otras naciones. Judío y gentil, él pensaba, deben permanecer divididos. Sin embargo, Dios le muestra en una visión que no debe llamar inmundo lo que Dios ha purificado. Entra en la casa de un gentil llamado Cornelio, predica el Evangelio y Dios libera su Espíritu Santo. Este es un momento decisivo en la difusión del Evangelio a los no judíos, cuando Pedro reconoció que lo que él pensaba que era justo era realmente injusto.

Del mismo modo, es hora de que los evangélicos blancos confesemos que no hemos tomado el pecado del racismo con la gravedad y seriedad que merece. El profundo dolor y la ira por la muerte de George Floyd es acerca de mucho más que la brutalidad policial. Se trata de una sociedad y una cultura que permitieron el abuso y la opresión de los afroamericanos una y otra vez. Hemos sido parte de esa sociedad y cultura, y a veces hemos sido los últimos en unirnos a la lucha por la justicia racial. El propio registro de Christianity Today en este sentido es mixto. En general, los neo evangélicos creían que era suficiente predicar el mensaje de salvación y confiar en que la justicia seguiría por inercia. Pero no lo ha hecho. Lo que pensábamos que era justo, era injusto en realidad. Nos arrepentimos de nuestro pecado.

Pero el arrepentimiento no es suficiente. La otra narrativa bíblica que viene a la mente es la historia de un recaudador de impuestos en Jericó. Zaqueo era un colaborador de la autoridad romana, y al añadir sus propias tarifas de extorsión, saqueó la riqueza de sus vecinos y se enriqueció. Jesús lo encontró y conmocionó a la multitud al ir a su casa. La salvación llegó a la casa de Zaqueo ese día. Proclamó: "Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea" (Lucas 19:8).

Zaqueo no había diseñado personalmente el injusto sistema fiscal romano. Pero tampoco lo había denunciado; él había participado en él y se había beneficiado del mismo. Así que Zaqueo no solo se arrepintió de sus acciones: hizo restitución. Estableció lo que podríamos llamar un “fondo de Zaqueo” para restaurar lo que pertenecía a sus vecinos. ¿Estamos dispuestos a hacer lo mismo? Las vidas de los negros importan. Importan tanto que Jesús sacrificó todo por ellos. ¿Estamos dispuestos a sacrificarnos también?

Tal vez el país no está listo para hacer reparaciones. Pero la historia de la injusticia racial exige una respuesta personal y corporativa. Quizá la iglesia pueda liderar el camino en la restitución bíblica. Sé que existe un “fondo de Zaqueo” en Atlanta, donde los cristianos que creen que los afroamericanos han sido sometidos a cuatro siglos de injusticia y saqueo, están empezando a hacer su humilde parte para hacer restitución. Un comité mayoritariamente negro asigna los fondos para apoyar a líderes negros en ascenso, ya sea dentro de la iglesia como en el mercado. No será suficiente, pero será algo. ¿Y si hubiera fondos de Zaqueo en cada ciudad y los creyentes dieran sacrificialmente, para que nuestros hermanos y hermanas pudieran ser restaurados y para que nuestros vecinos pudieran ver una vez más el amor de Cristo que venció al mundo?

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Tenemos esperanza. Creemos en el Dios que trae restauración donde hay quebranto y vida donde hay muerte. Creemos que el amor es más fuerte que la muerte. Hemos servido en iglesias de todos los colores, y hemos visto al Espíritu de Jesús obrando.

La novia de Cristo es hermosa, y puede superar esta plaga. Hagamos nuestra parte.

Timothy Dalrymple es el presidente y CEO de Christianity Today.

Traducido por Livia Giselle Seidel

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